Juicio y conciencia para amar sin juzgar

El experto hipnoterapeuta Robert Schwartz de UCDM nos orienta para entender el Juicio y conciencia para amar sin juzgar y poder liberar nuestra alma.

ROBERT SCHWARTZ

EL JUICIO

La función de la evolución humana es liberarte del juicio.

Al igual que la conciencia de víctima, el juicio resuena en una frecuencia muy baja. Genera separación, la separación produce miedo y el miedo es la causa de la mayoría de los problemas de nuestro mundo. El cambio actual en la conciencia humana es, en parte, un regreso a la Unidad o conciencia de unión, nuestro estado natural en nuestro Hogar no físico. No podemos regresar a esta conciencia de Unidad si juzgamos y, por lo tanto, estamos separados unos de otros. La conciencia de la planificación prenatal hace más fácil que nos liberemos de juzgar a otros, porque de esa manera llegaremos a comprender que todo plan de vida surge del amor y se basa en la sabiduría.

La sociedad establece juicios particularmente severos para las personas que sufren determinadas experiencias, como la falta de vivienda, el alcoholismo, la adicción a las drogas o ciertas enfermedades: Tiene que hacer algo, Realmente no lo intenta, Es débil, Debe esforzarse por mejorar su situación... Enjuiciar a alguien que padece sida es especialmente inclemente: Debió de haber sido una libertina, Se lo merece, El sida es la manera en que Dios castiga a los homosexuales por ser así... Sin embargo, en realidad estas experiencias son planeadas antes de nacer y se trata de planes valientes, planes que muchas personas no se atreverían a emprender. Cuando comprendemos la planificación prenatal, nuestros juicios desaparecen y son reemplazados por un respeto y una admiración constantes por las valerosas almas que se enfrentan a tales desafíos.

A pesar de ello, el juicio podría ser una herramienta útil para adquirir conocimientos sobre tu plan de vida. Pregúntate: ¿Qué rasgo juzgo con mayor severidad en las personas que forman parte de mi vida?. Luego: ¿Qué es lo opuesto a este rasgo?. Probablemente adolecías en una vida anterior –y es posible que también ahora, hasta cierto punto– del rasgo que has juzgado en otra persona. Todo juicio a otros es en realidad un juicio a ti mismo. Si no tuvieras el rasgo que juzgas, serías incapaz de reconocerlo en otra persona, o no lo juzgarías si lo vieras.

Dado que lo que experimentamos fuera de nosotros mismos siempre es una proyección de nuestra realidad interior, no nos es posible evitar juzgar a otras personas hasta que dejamos de juzgarnos completamente a nosotros mismos. El hecho de pronunciar palabras y realizar acciones que no impliquen juicios no quiere decir que no estemos juzgando. El único indicador verdadero de la ausencia de juicio es cómo nos experimentamos a nosotros mismos, ya que es así como experimentamos realmente a los demás.

Debemos tener cuidado, asimismo, de no juzgar al juicio. Aunque a ninguno de nosotros le gusta que lo juzguen, decidimos, por una buena razón, encarnar en un momento de la evolución humana en que el juicio es común. En pocas palabras, el juicio es un poderoso maestro, y algunos aprendemos mejor al experimentarlo sobre nosotros mismos.

Esa experiencia es un medio muy eficaz para desarrollar empatía, compasión, independencia emocional y muchas otras virtudes divinas. Las vidas que planeamos antes de nacer son oportunidades para adquirir y expresar tales virtudes.

JUICIO Y CONCIENCIA

No juzgar a los demás, es mantener el corazón abierto al amor.

¿Qué significa tener amor y compasión por otra persona? ¿Podéis ver que el potencial de negatividad también existe en vosotros? ¿Podéis dejar de juzgar al tirano y sentir compasión por su dolor y su situación? Esto no implica condonar sus actos. Implica sentir empatía, aceptación y amor incondicional.

Jesús no es realmente una autoridad lejana por encima de nosotros. Quiere ser nuestro amigo, alguien en quien podamos confiar y ante quien podamos abrirnos, porque nunca nos juzga, aunque es muy directo y franco. Siempre pide que seamos realmente honestos con nosotros mismos, que mire los miedos directamente a los ojos y no los oculte con teorías y divagaciones. Es severo en cierto modo, pero lo es de una manera muy afectuosa. El hace darnos cuenta de qué es realmente el amor. El amor no es necesariamente agradable y reconfortante; a menudo nos pide que salgamos de nuestra zona de comodidad, que seamos valientes y vulnerables.

La conciencia de víctima es una falsa creencia que se ha convertido en parte de nuestra manera limitada y habitual de pensar. Produce unos beneficios secundarios muy tentadores: se trata de una forma de ganarnos la compasión de otros, un medio de establecer lazos afectivos con otras personas que también creen que son víctimas. Esto no debe juzgarse, porque resulta fácil creer lo que nos han enseñado y es muy natural desear el apoyo de otras personas. Mi intención no es juzgar la decisión de percibirnos a nosotros mismos como víctimas, sino aclarar que es una elección. La otra opción consiste en recordar nuestra identidad y poder como expresiones de las almas eternas que planearon las vidas que ahora llevamos, saber que somos creadores, y no víctimas, de nuestras propias experiencias. Esta conciencia eleva al mundo entero.

JUZGAR Y AMAR

¿Seréis capaces de abrir vuestro corazón a vosotros mismos y a vuestro propio ser, así como a otras personas y a su dolor? ¿Entraréis en la expansión de la compasión y empezaréis a ver con mayor amplitud la mente que juzga? Comenzad por saber lo siguiente: No tengo que creer en todo lo que pienso. El solo hecho de que la mente tenga este pensamiento de resentimiento o de ira contra mí mismo no quiere decir que me vea en la necesidad de involucrarme en la historia. Al hacerlo, tendrás más compasión y amor.

Nosotros, vosotros, todos elegimos tener una vida física. Nadie decide por nosotros; por ello, nadie juzga si es nuestro derecho ocupar una forma o un espacio físico en el planeta. Tratad de comprender y aceptar mejor a vuestros semejantes, así como el hilo común que nos une a todos.

El cuidador está llamado a expresar su generosidad, paciencia y compasión hacia sí mismo y hacia aquella persona que lo necesita. Amar no significa que nunca habrá resentimiento. Esta conciencia ocasiona un profundo perdón y, por lo tanto, compasión hacia nosotros mismos. Si te haces cargo de un ser querido discapacitado y te juzgas por sentir resentimiento o ira, pregúntate lo que le dirías a un buen amigo en circunstancias similares. Seguramente, que es una persona llena de amor que está dando mucho de sí misma, que está mostrando una gran dedicación y que se está esforzando todo lo que puede. Le recordarías a tu amigo que es humano. Solo podemos darles a otros lo que nos damos a nosotros mismos. Si buscas darle generosidad, paciencia y compasión a un ser querido que requiere cuidados, antes proporciónatelas a ti mismo. De esa manera fluirán con facilidad de ti a los demás.

No podemos dejar de juzgar a otras personas hasta que dejamos de juzgarnos a nosotros mismos. Cuando somos conscientes del juicio a nosotros mismos, podemos sanarlo. Por el contrario, cuando negamos su existencia, seguimos juzgando a los demás, porque lo que se niega no puede ser sanado, sino que seguramente será proyectado. De la misma manera, si juzgas a otra persona, con toda seguridad haces el mismo juicio acerca de ti.

No obstante, este juicio inherente a la experiencia del cuidado es una de sus atracciones principales para un alma que va a encarnar. La sanación constituye una motivación muy importante para planificar un desafío vital. Si en otras encarnaciones te juzgaste a ti mismo o a otras personas, y si antes de nacer deseas sanar tus juicios, verás los cuidados como un espejo claro a través del cual mostrarte esos juicios a ti mismo. Podría parecer que tu función consiste en ofrecer un servicio, pero tu verdadera función en este momento de la evolución humana es liberarte del juicio y aceptar el amor incondicional hacia ti mismo y, por lo tanto, hacia todos los demás. La antigua llamada a amar a tu prójimo como a ti mismo era, en realidad, una llamada para amarnos a nosotros mismos. De hecho, independientemente del grado de amor que tengamos hacia nosotros mismos, siempre amamos a nuestro prójimo como a nosotros. Es imposible que sea de otra manera.

Este amor surge y florece en la tierra de la autoconciencia y del perdón a nosotros mismos. Cuando somos conscientes de nuestra bondad innata, podemos regocijarnos con lo que somos. Cuando nos perdonamos por nuestros fallos y errores, el discernimiento reemplaza al juicio a uno mismo, creando un espacio seguro en el que podemos elegir otro camino. La experiencia es, por lo tanto, un poderoso incentivo hacia la autoconciencia, el perdón a nosotros mismos y, en última instancia, el amor a nosotros mismos.

La conjunción de estos elementos te lleva al punto de cambiar tu vida: de la satisfacción de tus necesidades individuales, basada en tu interior, a una expresión más exteriorizada de lo que has reconocido en ti misma. Podrás establecer contacto con otras personas y convertirte en un modelo de verdad y confianza, –algo de lo que no has sido capaz en otras vidas–, porque habrás dejado de juzgarte a ti misma y de juzgar a los demás.

ALMAS VALIENTES

El juicio inherente es atracción para un alma que va a encarnar.

Independientemente de si tu camino ha sido llano o pedregoso, tu vida apacible o traumática, puedes estar seguro de que eres una de las almas más valientes del universo. Si eso no fuera cierto, no estarías aquí ahora. Tu decisión de encarnar, tu acuerdo voluntario de embarcarte en el viaje planeado por tu alma, fue un acto de profunda valentía. Tu búsqueda de un significado más profundo para ese viaje es otro acto de gran valor. Y tu decisión de sanar, otro más. Eres honrado y reverenciado en todo el universo.

También puedes estar seguro de esto: estás sanando. Sanas cuando llegas a comprender que existe un profundo significado en tus experiencias. Conforme logras ver ese significado, te liberas de la tendencia reflexiva de sentirte victimizado y te das cuenta de que eres el poderoso creador de tu vida. Te liberas del hábito aprendido de juzgar y, en lugar de hacerlo, confías en tu saber instintivo de que todo está realmente bien y de acuerdo con el Orden Divino, aunque tu mente lógica pueda clamar en desacuerdo. Dejas de tomar muy en serio las distracciones y las desviaciones de tu mente y, en lugar de ello, te apoyas en tu corazón y confías en su sabiduría para establecer tu trayectoria. Te das cuenta de que no eres tus pensamientos o sentimientos y, así, permites que los negativos floten suavemente por toda tu conciencia, como las nubes flotan por el cielo. Dejas de identificarte con tus miedos y preocupaciones y, en lugar de hacerlo, los ves como niños pequeños que necesitan tu amor. Y les proporcionas ese amor.

Ahora te liberas de la resistencia a la vida. Ahora les das la bienvenida totalmente a la vida, a sus placeres y a sus penas.

En tu Hogar eterno, conocías la belleza, la magnificencia y la santidad inherente de una vida en la Tierra y, de esta manera, aceptaste tu futura vida. Ahora, sanas cuando aceptas tu vida nuevamente con el mismo conocimiento de su belleza, magnificencia y santidad que tenías en aquel momento.

En tu Hogar eterno, sabías también que la vida en la Tierra es solo un espejo que te muestra a ti mismo. La belleza, la magnificencia y la santidad que ahora ves en la vida no son más que un reflejo de ti mismo. Si no estuvieran dentro de ti, no podías verlas en el exterior. Ahora, sanas cuando te abrazas nuevamente, sabiendo que tú eres esa belleza.

Tú eres esa magnificencia. Tú eres esa santidad.

Juzgar es separarnos de nuestra divinidad; liberarnos de los prejuicios es recordarla. Robert Schwartz