El papel del Maestro

La realidad existente no puede realmente ser rechazada ni aceptada. Todo lo que hay que hacer es amar, mirar, observar, comprender y estar en paz.

ANTHONY DE MELLO

COMPRENDER LA REALIDAD

Hacía un frío que cortaba, y el rabino y sus discípulos se hallaban acurrucados junto al fuego. Uno de los discípulos, haciéndose eco de las enseñanzas de su maestro, dijo: En un día tan gélido como éste, yo sé exactamente lo que hay que hacer.

  • ¿Qué hay que hacer?, le preguntaron los demás.
  • Conservar el calor. Y si eso no es posible, también sé lo que hay que hacer.
  • ¿Qué hay que hacer?.
  • Congelarse.

La realidad existente no puede realmente ser rechazada ni aceptada. Huir de ella es como tratar de huir de tus propios pies. Aceptarla es como tratar de besar tus propios labios. Todo lo que hay que hacer es mirar, comprender y estar en paz.

***

Un hombre acudió a un psiquiatra y le dijo que todas las noches se le aparecía un dragón con doce patas y tres cabezas, que vivía en una tremenda tensión nerviosa, que no podía conciliar el sueño y que se encontraba al borde del colapso. Que incluso había pensado en suicidarse.

Creo que puedo ayudarle, le dijo el psiquiatra, pero debo advertirle que nos va a llevar un año o dos y que le va a costar a usted tres mil dólares.

¿Tres mil dólares?, exclamó el otro. ¡Olvídelo! Me iré a mi casa y me haré amigo del dragón

***

Los vecinos del místico musulmán Farid lograron persuadir a éste de que acudiera a la Corte de Delhi y obtuviera de Akbar un favor para la aldea. Farid se fue a la Corte y, cuando llegó, Akbar se encontraba haciendo sus oraciones.

Cuando, al fin, el emperador se dejó ver, Farid le preguntó: ¿Qué estabas pidiendo en tu oración?.

Le suplicaba al Todopoderoso que me concediera éxito, riquezas y una larga vida, le respondió Akbar.

Farid se volvió, dando la espalda al emperador, y salió de allí mascullando: Vengo a ver a un emperador... ¡y me encuentro con un mendigo que es igual que todos los demás!.

***

Erase una vez una mujer muy devota y llena de amor de Dios. Solía ir a la iglesia todas las mañanas, y por el camino solían acosarla los niños y los mendigos, pero ella iba tan absorta en sus devociones que ni siquiera los veía.

Un buen día, tras haber recorrido el camino acostumbrado, llegó a la iglesia en el preciso momento en que iba a empezar el culto. Empujó la puerta, pero ésta no se abrió. Volvió a empujar, esta vez con más fuerza, y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave.

Afligida por no haber podido asistir al culto por primera vez en muchos años, y no sabiendo qué hacer, miró hacia arriba... y justamente allí, frente a sus ojos, vio una nota clavada en la puerta con una chincheta.

La nota decía: Estoy ahí fuera.