La palabra dios para someter tu conciencia

En todas las religiones, la palabra Dios ha sido utilizada por el poder para lograr sus objetivos. Someter la conciencia de las personas inocentes.

ENRIQUE MARTINEZ LOZANO

Dios religioso vs Dios real

No-dualidad que va más allá del concepto del Dios religioso.

A lo largo de la historia, en todas las religiones, el recurso Dios ha sido utilizado por el poder para lograr sus objetivos. Realmente no existe ningún medio tan poderoso como este para legitimar la propia posición y adueñarse de la conciencia de las personas. En cuanto la autoridad religiosa ―como casta separada― se arroga el poder de interpretar la voluntad de Dios, establece una distancia insuperable con los fieles de esa religión. ¿Qué ocurriría en cuanto se pudiera reconocer que Dios no es un ser separado que necesite mediadores ―esa idea pertenece solo a un momento de la historia humana y a un estadio de evolución de la consciencia―, sino el Núcleo común y el Fondo compartido de todo lo que es?

Indudablemente, el Dios anunciado por Jesús no responde a la imagen del dios que tiende a proyectar la mente humana. Tiene razón Christian Duquoc cuando afirma que Jesús habla de un Dios diferente. Y también el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer cuando decía que el Dios que se revela en Jesús pone del revés todo lo que el hombre religioso espera de Dios. Sin embargo, mientras los seguidores de Jesús sigan pensando a Dios como un ser separado no habremos avanzado mucho: la novedad de Jesús volverá a quedar oscurecida, como demuestra la práctica de la Iglesia a través de los siglos.

La idea de un Dios separado da lugar a una Iglesia que se percibe también separada, velando por sus propios intereses. El reconocimiento de Dios como el Fondo último de todo lo real hace saltar por los aires cualquier frontera y comparación y nos introduce en la vivencia de la unidad con todo y con todos.

Las religiones teístas presentan a Dios y la salvación como realidades en cierto modo exteriores a la persona. Se trata de un Dios que ha creado el mundo, pero que se sitúa fuera de él. Y de una salvación que, en lógica correspondencia, viene desde fuera ―según la época, entendida incluso de una forma mágica o, en todo caso, mítica―. Esta concepción ―comprensible en el estadio mítico de consciencia― conlleva efectos (inconscientes) profundamente negativos que terminan por socavarla.

El primero de ellos es el dualismo, que se establece desde el mismo punto de partida y que produce, como consecuencia, una distorsión o alienación de la persona, que se ve obligada a vivir como fuera de sí misma... hasta llegar a ese otro sitio que es el definitivo. Eso significa que, en mayor o menor medida, el dualismo termina siendo alienante.

En relación con lo anterior, la religión puede provocar fácilmente un infantilismo psicológico, porque ha presentado un Dios infantilizador ― el Dios que se sitúa permanentemente como el padre externo y todopoderoso al que rendir cuentas y en función del cual hay que vivir. Eso es exactamente la definición de la heteronomía y, más profundamente, del infantilismo religioso. Es comprensible que una tal concepción establezca conexiones estrechas ―aunque sean inadvertidas― con las resistencias psicológicas a crecer, que por diferentes motivos propios de su historia psicológica pueden darse en el sujeto. Con todo ello se reforzaría el síndrome de Peter Pan, ahora incluso justificado teológicamente. El sujeto que experimenta resistencias a crecer habría encontrado la religión a su medida.

Un tercer efecto de ese planteamiento religioso es el modo en que proyecta la acción evangelizadora o pastoral, que de una u otra manera termina siendo proselitismo, con un tono nuevamente infantilizante. En efecto, el objeto de aquella acción es atraer la atención de la persona fuera de ella, hacia ese Dios que se halla separado, dando por sentado que es la creencia en él la que salva. Es decir, no se compromete directamente a la persona con un trabajo sobre sí misma que favorezca su crecimiento y transformación, sino que se la remite a una instancia separada e incluso ajena de la que vendría la anhelada salvación.

Ante esa constatación, que me parece irrebatible, surge espontánea una pregunta: ¿Cómo han hecho las personas que han vivido la religión de una forma auténtica y radical para superar esa trampa? La respuesta, desde mi punto de vista, es sencilla y siempre la misma: de modo intuitivo han sabido ver el engaño de la identidad egoica y han reconocido a Dios como su identidad más profunda, hasta experimentar que el ser humano y Dios son no-dos. Es profundamente significativo que los místicos de todas las tradiciones teístas hayan llegado a esta misma conclusión. Dentro de la tradición cristiana empezó ya con Jesús cuando reconocía que el Padre y yo somos uno.

Los místicos ―quienes han visto― saben bien que Dios no es un ser separado que establezca unas normas a las que los humanos deban ajustarse. Todo esto no es sino una proyección nacida de necesidades ―individuales y colectivas―, de miedos y de intereses de poder. Por decirlo de una manera escueta: Dios es aquello de lo que nada puede estar separado; aquello de lo que algo pudiera separarse no es Dios.

LA PALABRA DIOS

Por eso el Misterio inefable al que la palabra Dios apunta trasciende todo concepto y toda palabra.

¿Qué podemos decir acerca de Dios? Para quienes hemos nacido en una tradición marcadamente teísta, la palabra Dios evoca siempre un ser separado, al que hemos podido llamar Padre o Amigo. El teísmo ha subrayado el carácter personal de la divinidad. No es casual: el ser humano pensó a Dios como persona a partir de su propia consciencia personal.

Sin embargo, también eso sigue siendo una metáfora, como todo nuestro lenguaje sobre Dios. Decir que es persona implica reducirlo y empequeñecerlo. Pero ese hecho tiene también su explicación. Mientras el ser humano se experimente a sí mismo como persona y haga consistir en ello su identidad, no podrá sino subrayar el carácter igualmente personal de Dios. O lo que es lo mismo: el yo religioso verá a Dios como un Tú.

PERSONALIDAD

Sin embargo, tanto el yo como la persona son solo identidades relativas, conceptos o formas en las que se expresa transitoriamente nuestra verdadera identidad. Tal como indica su propia etimología, la persona es únicamente una máscara (prosopon-personare). Durante una etapa de la evolución de la consciencia, el ser humano pensó que esa era su identidad última: así nació el llamado personalismo, tanto filosófico como religioso, que supuso un paso notable en aquella misma evolución. Sin embargo, empezamos ya a verlo como lo que es: una etapa más dentro del despliegue de la consciencia.

La persona es la máscara, bajo cuya apariencia se oculta nuestra verdadera identidad. Se trata, por tanto, de un mecanismo de ocultación que da paso a la ficción: aparece el personaje que representa un papel y queda oculto el actor real.

Mientras nos identificamos como personas ―como un yo personal―, vivimos la vida de un personaje, no lo que realmente somos; estamos llevando a cabo una impostura que no es sino reflejo de la ignorancia básica acerca de nuestra identidad.

No somos personas, sino formas de la consciencia una o consciencia que se expresa en esta forma que llamamos persona. En el mismo instante en que dejas de verte como persona separada cae el carácter personal que habíamos atribuido a Dios. Es decir, lo liberamos de una nueva etiqueta que habíamos colocado sobre él. Y accedemos a una experiencia inmediata en la no separación.

En síntesis: el dios personal no era, una vez más, sino una proyección realizada desde la percepción que el ser humano tenía de sí mismo. La sabiduría y la humildad nos hacen reconocer que Dios nunca es nada de lo que nosotros pensemos ni nombremos. Por tanto, tenemos la seguridad de que aquello que podamos pensar no es Dios. Más allá de nuestros conceptos, Dios no es personal ni impersonal. Trasciende completamente cualquier cosa que imaginemos.

DIOS REAL

Dios es... Lo que es. Se calla la mente, lo percibe el Silencio.

En realidad, ese Fondo, Lo que es, es aquello que permanece cuando todo lo demás cambia, tanto colectiva como individualmente: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones ... Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como Yo soy. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

El Misterio de Lo que es puede ser nombrado en primera, segunda o tercera persona, siempre con la cautela de no objetivarlo ni reducirlo a nuestros nombres. Así, en tercera persona ―como lo he venido nombrando― es Lo que es; en segunda es Tú, reconociendo la capacidad de mantener una actitud relacional; y en primera es Yo soy. Cualquiera que sea el modo, lo que sigue en pie en todo caso es la certeza de no separación: lo Real y yo somos no-dos.

Por todo ello quizá sea saludable traducir la palabra Dios por la palabra Vida ―por otra parte, una de las palabras más queridas y más frecuentes en el cuarto evangelio―, tal como sugiere Mónica Cavallé:

Las palabras 'Dios' y 'Ser' han sido tan desvirtuadas en nuestra cultura por una religión y una filosofía alejadas de la sabiduría que es preciso acudir a términos o metáforas menos contaminadas y más vinculadas a nuestra experiencia directa. A ello nos puede ayudar la palabra 'Vida': no es posible escapar de la Vida. Nadie puede concebirla como algo 'Otro', distinto del mundo y de sí mismo. Somos la Vida. O, más propiamente, Ella nos es.