Los amos invisibles del mundo

POR: SALVADOR FREIXEDO

Imagen; Los amos invisibles del mundo; Salvador Freixedo

AMOS OCULTOS

Hay que abolir el narcisismo de pensar que somos los reyes de la creación, que el hombre es la más inteligente de las criaturas, que todas las cosas y animales de la Naturaleza están al servicio del hombre y tonterías por el estilo. Hay que decirles claramente, sin caer en los fanatismos cerrados de las diferentes religiones, que por encima de nosotros hay otros seres inteligentes que, al igual que los hombres hacemos con los animales, intervienen en nuestras vidas directa o indirectamente, sabiéndolo nosotros o sin saberlo.

Y esto tanto a nivel individual como colectivo. Mientras la Humanidad y sobre todo sus dirigentes, no admitan estas tremendas verdades, las cosas irán tan mal como han ido y seguiremos desunidos, desorientados, engañados, haciéndonos permanentemente la guerra y en un estado de desarrollo mental que apenas si ha cambiado en los últimos milenios. Por el contrario, el día que los jefes de la Humanidad asuman esta tremenda verdad el hombre comenzará a abandonar el estado de semibarbarie en que vive y empezará a evolucionar hacia el estadio de superhombre. Pero en la actualidad los líderes del planeta —aquellos señores visibles de este mundo que vimos en el primer capítulo— no admiten esta verdad. Es demasiado comprometedora para ellos. Los científicos —que en las cosas entrañablemente humanas son siempre los últimos en enterarse— se ríen de todo esto. Para sus ojos miopes no hay más realidad que la de sus laboratorios y la que se estudia en los textos de la Universidad. Los políticos están demasiado entretenidos en sus juegos de poder; a los militares su amor propio les impide creerlo y prefieren seguir jugando con sus aviones, sus barcos y sus soldaditos de carne; los banqueros están enfrascados acrecentando sus dividendos y jugando a la Bolsa…

Los únicos que lo admiten son los líderes religiosos. Ellos sí saben que hay otras inteligencias superiores al hombre, pero lo malo es que cada uno tiene de ellas una idea diferente, y cada uno cree que su religión tiene la clave para entenderse con ellas. Además, la idea que tienen de estas entidades es falsa por demasiado simplista. Las dividen en totalmente malas y totalmente buenas, convirtiendo a una de éstas en el Dios Supremo al cual lo hacen indirectamente culpable de cuantos errores y males hay en el mundo.

¿Qué tendrá que hacer el hombre evolucionado —aunque sea un solitario— que haya caído en la cuenta de esta tremenda verdad? Lo que deberá hacer una vez que haya tomado conciencia del problema, será adoptar medidas concretas para evitar ser juguete de ninguna de estas entidades. Además, en cuanto esté en su mano, deberá ayudar a que sus semejantes despierten y caigan en la cuenta de tan tremenda realidad, para que la historia humana no siga siendo lo que hasta ahora ha sido: un conjunto de horrores inspirados por ellas y causado inmediatamente por los títeres que ellas han ido escogiendo como sus ministros a lo largo de los siglos. Una prueba de que algunas de ellas nos superan en poder y en inteligencia es el hecho de que después de miles de años de habernos estado manipulando a su antojo, todavía nos tienen sumidos en la duda acerca de su existencia. Y mientras los humanos sigamos dudando que ellos existen y pensando que nosotros somos los reyes de la creación no tomaremos en serio el defendernos de ellos y seguiremos siendo manejados a su capricho.

Somos una granja. Una granja de animales racionales. Ésta es una terrible verdad y lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Es muy difícil para los animales de una granja rebelarse contra los granjeros porque éstos son más inteligentes y saben prever Ias posibles rebeliones. Y como somos una granja de racionales nos hacen creer ideologías que no solo nos impiden rebelarnos, sino que hasta nos llevan a pensar que es bueno estar sometidos.

A los animales irracionales basta con echarles bien de comer y mantenerlos en un clima agradable para que se sientan satisfechos. Pero a los animales racionales no les basta esto: hay que inventarles valores morales que seguir, ideales por los que luchar, y con eso se mantendrán entretenidos, peleando los unos con los otros y olvidados del propio progreso y del de la Humanidad entera. Y sobre todo, ignorantes de que están siendo usados. Esos ideales y valores morales son las patrias, las religiones y las ideologías sociales y económicas en que la Humanidad está dividida y que tanto daño le han hecho.

A base de hechos reales, el mundo que conocemos y adentrarse por el reino del más allá, que hasta ahora era monopolio absoluto de las religiones y que el cristianismo ha presentado siempre con tintes aterradores. Y hablar de entidades, espíritus, inteligencias y hasta extraterrestres es entrarse en ese más allá en el que la psique se siente muy incómoda y se defiende llamando locos a los que hablan de él. He aquí lo que creo acerca de estas entidades inteligentes no humanas:

Éstos son los señores invisibles del mundo. Con frecuencia se me dice que yo libero la mente de la creencia en un Dios grande y único para hacerla esclava de unos dioses pequeños. Pero no es así. Lo que yo pretendo únicamente es informar; es descubrir algo que está oculto; es, si acaso, aconsejar. Lejos de mí el esclavizar a nadie diciéndole que haga esto o deje de hacer lo otro para aplacar o agradar a estos dioses, tal como hace el cristianismo o las demás religiones con los suyos. Yo no me siento de ninguna manera su esclavo, técnicamente, conociendo su existencia y las malas artes de algunos de ellos, trato de no dejarme utilizar. Pero yo me siento libre y vivo tranquilamente prescindiendo de ellos. No paso la vida muerto de miedo como por siglos han vivido los buenos cristianos, a los que se amenaza durante toda la vida con el infierno.

Yo no temo a estas inteligencias por muy superiores a mí que sean. Además, sé que después de esta vida estos dioses no tienen nada que hacer conmigo, porque ya no tendrán poder alguno sobre mí. Y hasta tengo la seguridad de que ellos también mueren. En el Cosmos todo lo que vive muere. Y todo lo que muere resucita. Y el nacer y el morir de todas las criaturas es el latir de la vida del Universo.

Muere la bacteria que nació hace solo unos minutos, y muere el hombre después de vivir años, y mueren los planetas después de vivir milenios y mueren las estrellas y las galaxias después de vivir cientos de millones de años. Es la gigantesca sístole y diástole del corazón del DIOS-UNIVERSO. Yo no les tengo miedo a estos pobres diablos que nos observan desde ventanas invisibles. Sencillamente me dedico a hacer lo que creo que tengo que hacer, sin andar mirando a ver si me observan o no y si les agrado o no. Sé que algunos de ellos son más fuertes que yo y me pueden destruir si quieren y sé que otros solo pueden interferir en mi vida si soy débil o necio, poniéndome a su disposición o incitándolos para que lo hagan. Por eso ahora ya no invoco a nadie en particular y me dedico a crecer internamente, tratando de que cuando me llegue la hora de salir de este mundo haya hecho lo que mi mente me dice que debería haber hecho.

Me limito a hacer lo que hace la hormiga, que laboriosamente traslada la semilla al hormiguero con paz y con diligencia sin importarle si hay algún dios humano contemplándola. Naturalmente que si la hormiga supiese que ese dios humano que la contempla en este momento, tiene la intención de cogerla y meterla en una caja, lo mejor que podría hacer sería abandonar la semilla y correr a ponerse a buen seguro, porque el dios humano tiene poder para hacerlo. Y lo curioso es que por razones totalmente incomprensibles para la hormiga, lo hará sin pensar que con ello hace algo malo. Se siente con derecho porque él es hombre y la hormiga es hormiga. Son las escalas cósmicas, cada una con sus baremos morales. Pero la hormiga no sabe nada de eso. Ni siquiera que aquel dios humano ya se está inclinando en aquel preciso momento para cogerla y meterla en una caja, con una hormiga de otro hormiguero, para ponerlas a pelear; y por eso no se defiende. Lo mismo que a los humanos les ha pasado por siglos; no han creído que existen ciertas inteligencias supra humanas que se entretienen en hacerlos pelear y por eso no se han defendido nunca de ellas y se han dejado engañar como niños convirtiendo nuestra historia en una montaña de incomprensiones y de odios y en un río de sangre.

Y lo triste es que todavía seguimos igual…