Moralejas sobre el perdón

Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho más para ser insignificante. Charles Chaplin.

CHARLES CHAPLIN

LA POESÍA DEL PERDÓN

Ya perdoné errores casi imperdonables.
Trate de sustituir personas insustituibles,
de olvidar personas inolvidables.

Ya hice cosas por impulso.

Ya me decepcioné con algunas personas,
mas también yo decepcioné a alguien

Ya abracé para proteger.
Ya me reí cuando no podía.
Ya hice amigos eternos.
Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.

Ya grité y salté de felicidad.
Ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también los he roto y muchos.

Ya lloré escuchando música y viendo fotos.
Ya llamé solo para escuchar una voz.

Ya me enamoré por una sonrisa.
Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y...

Tuve miedo de perder a alguien especial
(y termine perdiéndolo) ¡¡
pero sobreviví !!
Y todavía vivo !!
No paso por la vida.

Y tú tampoco deberías solo pasar...

VIVE !!!

Bueno es ir a la lucha con determinación
abrazar la vida y vivir con pasión.

Perder con clase y vencer con osadía,
por que el mundo pertenece a quien se atreve
y la vida es mucho más para ser insignificante.

Principios existenciales

¿Crítica a la naturalidad con la que el mundo en general y Occidente en particular ha interiorizado el crimen como una extensión más de la política? Sin duda. De ahí tal vez la perplejidad de una censura que pese a obligar al director a reescribir cada escena apenas consiguió cambiar nada. La fórmula del 'veneno' original quedó intacta. Pero también la cinta es una declaración de principios existencial; un gran fresco del callejón sin salida al que conduce el hambre de progreso; donde lleva la insaciable, por antihumana, modernidad.

De repente, la figura de Charlot pasó de ser la más querida, a la más temida. O las dos cosas a la vez. El Comité de Actividades Antiamericanas puso toda la imaginación de la que fue capaz al servicio de todo tipo de acusaciones. Desde la más evidente de comunista, por sus amistades y por haber defendido la apertura de un segundo frente de apoyo a Rusia en la Segunda Guerra Mundial, a la de proxeneta. Se le aplicó la llamada Ley Mann que prohíbe el traslado de personas entre estados con el objetivo de prostituirlas. Se supone que eso es lo que hizo con Joan Barry. Chaplin, en su aparente inocencia, se transformaba así en la conciencia más clara del peligro, en la imagen perfecta de la paradoja de nuestros días. Como Verdoux, él era el testigo de cargo, la prueba de que detrás de la aparente comedia de la realidad se oculta la más profunda tragedia.

Fue a bordo del Queen Elizabeth en septiembre del 1952, cuando partía con su familia para Europa, donde recibió la notificación de que las puertas del continente donde había creado a Charlot estaban definitivamente cerradas para él. Nunca más volvería a Estados Unidos, el país de lo moderno. Chaplin recuerda ese momento en compañía de su mujer Oona O'Neill y sus hijos pequeños: Y de este modo comprendí qué era la felicidad completa: algo muy cercano a la tristeza. En una entrevista se describía a sí mismo como un hombre atravesado por dolorosos momentos de digamos 'extrañamiento': Aunque no soy pesimista ni misántropo, hay días en que el contacto con cualquier ser humano me hace sentir físicamente enfermo. Me siento como un extraño absoluto... La soledad es el único remedio o, al menos, el alivio. De alguna forma, en el contraste entre su jovial imagen pública y el triste reflejo del sufrimiento privado se condensa la contradicción elemental de Chaplin.

Cuando en una ocasión le preguntaron por su concepción de la belleza contestó que creía que era una omnipresencia de la muerte y de la seducción, una tristeza sonriente que discernimos en la naturaleza y en todas las cosas, una comunión mística que experimenta el poeta; una expresión de ella puede ser tanto un cubo de basura sobre el cual cae un rayo de luz como una rosa en el arroyo.

La casualidad, o el destino (quién sabe), quiso que esa fractura entre lo trágico y lo cómico, entre lo sublime y lo ridículo, le persiguiera hasta el final de los días, incluso más allá de la misma muerte. 'La rançon de la gloire', una película de Xavier Beauvois presentada recientemente en Venecia, recuerda el último episodio de la 'postbiografía' de Chaplin. Su cadáver fue secuestrado por unos indigentes. Y ahí, en la salvaje contradicción fúnebre del 'gag' se concilia, ahora sí, todo de lo que fue capaz la tristeza sonriente de la creación de Charles Chaplin.

Charlot, en definitiva, no es más que la perfecta descripción del vacío, de la nada, hacia el que se precipita el hombre, el hombre moderno: entre el silencio compungido de la tragedia y el ruido absurdo de la carcajada. Una vez, recuerda Chaplin, tuve una visión de día. Vi a mis pies un bulto con toda mi ropa y parafernalia del escenario -¡ese espantoso conjunto de cosas!-, mi bigote, mi bombín usado y estropeado, el pequeño bastón, los zapatos rotos, el cuello sucio y la camisa. Sentí que mi cuerpo se había caído de mí y que me estaba marchando detrás detrás de una aparentemente eterna y vasta realidad. Charlot y la nada.