La revelación

Cuento Zen (201)

Saber quiénes somos es una revelación.

Un maestro prometió a un discípulo que había de revelarle algo mucho más importante que todo cuanto contienen las escrituras. Cuando el discípulo, tremendamente impaciente, le pidió que cumpliera su promesa, el maestro le dijo:

Sal afuera, bajo la lluvia, y quédate con los brazos y la cabeza alzados hacia el cielo. Esto te proporcionará tu primera revelación.

Al día siguiente, el discípulo acudió a informarle: Seguí tu consejo y me calé hasta los huesos… y me sentí como un perfecto imbécil.

Bueno dijo el maestro, para ser el primer día, es toda una revelación, ¿no crees?

MORALEJA

Si puedes comprender tu necedad, eso es ya toda una revelación; sí, lo es, porque el viaje comienza en ese punto.

Cuando eres consciente y la llama está ardiendo en lo alto, de repente te das cuenta de que ya no hay oscuridad, es una revelación, es una realización. De repente te quedas sorprendido. Tú no estás y Dios está ahí. En tu ausencia Dios existe; cuando la mente interviene y hace presencia el ego, solo hay sufrimiento.

El día que dejas completamente de identificarte con la mente, incluso por un momento, hay una revelación: la mente simplemente muere; ya no está allí. Antes estaba tan llena, era tan continuos los días tras día, dormido, despierto, siempre estaba allí y de repente ya no está. Miras a tu alrededor y encuentras un vacío, una nada. En la nada, en tu ausencia Dios existe.

La iluminación está tan cerca de la verdad que, si es total y de corazón, entonces en este mismo momento tu luz se convierte en una revelación, en una revolución.