El bebé y Dios

Ilustración del cuento: El bebé y Dios

La respiración rítmica como la de un bebé es el primer paso para alguien que quiere conectar con Dios y desarrollar e influenciar sus centros vitales.

Cuento zen sobre la respiración

Poco después del nacimiento de su hermano, la pequeña Lulú empezó a pedir a sus padres que la dejaran sola con el nuevo bebé. Como ellos temían que, al igual que la mayoría de niños de cuatro años, la pequeña estuviera celosa y quisiera golpear o sacudir a su hermano, le dijeron que no. Pero Lulú no daba señales de celos. Era bondadosa con el bebé y pedía cada vez con más urgencia que la dejara a solas con él. Finalmente, los padres decidieron permitírselo.

Jubilosa, la niña entró en la habitación del bebé y cerró la puerta que, sin embargo, se abrió dejando una rendija suficiente para que los curiosos padres pudieran observarla y escucharla. Entonces pudieron ver cómo la pequeña Lulú se acercaba silenciosamente a su nuevo hermano y, acercando su rostro al de él, le decía en voz baja:

Bebé, cuéntame cómo es Dios, que yo ya estoy empezando a olvidarme.

MORALEJA

Lo que no vemos es infinitamente más numeroso que lo visible. En nuestra más tierna infancia somos capaces de percibirlo, pero llega un día, siempre ocurre, en que dejamos de hacerlo. Es la ley. No olvides, sin embargo, que esa realidad seguirá abrazándote.

Cuando un niño percibe con todo su sentido, de repente surge una nueva dimensión, una nueva visión: el esfuerzo por penetrar en los más profundos misterios de la vida, por penetrar más profundamente en lo visible en aras de alcanzar lo invisible, por penetrar la materia tan profundamente que la materia desaparezca y te encuentres con la realidad fundamental, la realidad de la energía espiritual, Dios.

Hay fuentes de energía vital invisibles que nos alcanzan: manejan nuestras vidas constantemente. No solo el sol, no solo la luna, no solo las estrellas en el cielo; la vida misma tiene un flujo de energía que no se ve en ninguna parte, pero que nos afecta continuamente y maneja nuestros centros. Cuanto más receptivo es nuestro centro (ombligo), mayor es la influencia en nuestras vidas de esta energía. Cuanto menos receptivo es nuestro centro, menos posibilidades tendrá esta energía de llegarnos.

La respiración rítmica es el primer paso para alguien que quiere conectar con Dios y desarrollar e influenciar sus centros vitales. Mientras está sentado, andando o moviéndose, su respiración debería ser tan armoniosa, tan tranquila y tan profunda que debería ser capaz de experimentar una música diferente, una armonía diferente a la de la respiración cotidiana. Si estás andando por la calle sin hacer nada, te sentirás muy dichoso. Si respiras profundamente, tus pensamientos irán disminuyendo, casi no tendrás pensamientos. Si la respiración es absolutamente regular desaparecerán incluso los pensamientos de la mente. La respiración afecta profundamente y en un alto grado a los pensamientos de la mente.

No cuesta nada respirar correctamente y no necesitas emplear un tiempo extra en respirar correctamente. Mientras estás sentado en un tren, caminando por la calle o sentado en casa, si continúas con el proceso de respirar profunda y tranquilamente, al cabo de unos días este proceso se habrá vuelto espontáneo. Ni siquiera serás consciente de ello: espontáneamente, la respiración transcurrirá de una forma profunda y lenta. Cuanto más profundo y lento es el flujo de la respiración, más se desarrollará tu centro. Cada vez que respiras, la respiración llega hasta el centro. Si la respiración entra y sale más arriba del centro, este centro se va haciendo vago, se va debilitando porque la respiración no le llega.

El primer proceso es la respiración profunda. Cuanto más profunda y armoniosa es la respiración, más sintonizada con Dios estará y más aumentará la energía vital en tu interior; se empezará a radiar desde tu centro, el cual se convertirá en un centro vivo.

Al cabo de algunos días empezarás a sentir que hay una energía que fluye de tu centro, y también sentirás que hay una energía que entra. Sentirás cómo, cerca de tu centro, empieza a desarrollarse un centro vivo y dinámico. En cuanto sientas esto, empezarás a tener la experiencia de Dios en torno a este centro.


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