Camino directo a la unidad esencial

Si vamos a seguir el Camino directo a la unidad esencial DIOS, ante todo debemos entender bien por qué estamos aquí, quiénes somos y qué somos en realidad.

ANDREW HARVEY

BUSCANDO LA UNIDAD ESENCIAL

El amor es el reconocimiento de la unidad en el mundo de la dualidad.

Se necesita unidad cuando la otra parte no está en lucha constante. Por eso Gutei utilizaba un dedo cuando explicaba el zen. Estaba diciendo: ¡Sé uno!, y todos tus problemas quedarán resueltos.

Todo lo que veo a mi alrededor es una expresión de mí mismo. Las relaciones son una herramienta para la evolución espiritual cuya meta última es la unidad en la conciencia. Las relaciones son una de las maneras más efectivas para alcanzar la unidad en la conciencia, porque siempre estamos envueltos en relaciones.

Una vez que puedas verte en los demás, será mucho más fácil establecer contacto con ellos y, a través de esa conexión, descubrir la conciencia de la unidad. Éste es el poder del espejo de las relaciones.

El amor es el reconocimiento de la unidad en el mundo de la dualidad. El amor hace al mundo menos mundano, menos denso, más transparente a la dimensión divina, a la luz de la consciencia misma.

Veamos como Andrew Harvey nos da unas pautas para encontrar el camino directo a la unidad esencial...

EL CAMINO DIRECTO

El Camino directo es la unión alquímica de cuerpo y alma.

Todas las liberaciones cuestan muy caro; nadie puede dudar de que ir más allá de todas las formas y definiciones limitado ras del pasado exigirá nuestros más hondos recursos de humildad, visión y valor. Pero lo Divino siempre está dentro de nosotros y a nuestro alrededor, anhelando volcar sus poderes y gracias en nosotros; la posibilidad de una humanidad integrada y una naturaleza sanada que abre ante todos nosotros el Camino directo es demasiado real y maravilloso para ignorarlo.

¡Que todos los que emprendáis el Camino directo conozcáis la urgencia y la responsabilidad de lo que habéis de iniciar! ¡Que la misericordia del amor divino llene vuestros corazones de sagrada pasión y vuestras mentes de sagrada sabiduría! ¡Que todo el planeta sea transformado en el reflejo del amor y la justicia -la tierra en flor- que siempre ha estado en el corazón y la mente del Padre-Madre!

POR QUÉ ESTAMOS AQUÍ

Para seguir el Camino directo, entendamos por qué estamos aquí, quiénes somos y qué somos en realidad.

Las grandes tradiciones místicas coinciden de manera asombrosa en sus respuestas a esas preguntas; todas afirman, de diferente modo, que esencialmente somos chispas de la Conciencia Divina que ha saltado de lo Divino, y que estamos en esta dimensión para retornar a la unión consciente con el Supremo.

Así, para los místicos budistas, el propósito de encarnar aquí es develar nuestra naturaleza innata de Buda e ingresar en la posesión consciente de su atemporal paz, dicha, poder y conocimiento que todo lo ve. Para los místicos hindúes del Gita y de los Upanishads, todo el significado de la vida humana reside en hacer realidad la unidad esencial de nuestra alma individual, el atman, con Brahman, la realidad eterna, esa conciencia sin tiempo, sin espacio y sin lugar de dicha y verdad, que se manifiesta en todo lo que existe pero a su vez está más allá de toda manifestación. Los sufies místicos afirman que el ser humano tiene una relación única con Dios porque Dios nos creó con sus propias manos, mientras que hizo todas las otras cosas mediante la Palabra Divina y su fiat; consideran que Dios, al crearnos, exhaló dentro de nosotros su propio ser, introdujo en nuestra esencia más profunda un recuerdo de nuestro origen en él, y ordenó que el propósito de nuestra vida en la Tierra fuese regresar con plena conciencia al Origen, del cual somos hijos. Para los místicos cristianos, como Meister Eckhart y Teresa de Ávila, el alma está dentro de un cuerpo y de la materia para emprender el inmenso recorrido hacia una unión, viva y consciente, con el Cristo interior y su amor y conocimiento divinos. Para los taoístas como Lao-Tze y Chuang-tzu, todo el universo es una manifestación del misterio de lo Innombrable -al que, por una cuestión de conveniencia, denominan el Tao-; la persona que advierte su propia naturaleza se da cuenta de su propia unidad esencial, en cada nivel, con el Tao en su originaria paz, armonía y fecundidad ilimitada.

Cuando se considera la terminología empleada por los distintos sistemas místicos, se ve claramente que todos se refieren a la misma verdad categórica: que todos somos hijos de lo Divino y que podemos descubrir esa identidad con nuestro Origen aquí en la Tierra y en un cuerpo. Si bien cada uno de los sistemas místicos lo expresa de maneras sutilmente distintas, ese darnos cuenta de que todos podemos acceder a nuestra identidad esencial con lo Divino siempre se describe como no dual, es decir, como una relación en la cual advertimos el hecho, categórico y glorioso, de que nuestra conciencia fundamental es una con la Conciencia Divina manifestada en todas las cosas, todos los mundos y todo lo que sucede. En otras palabras, cada uno de nosotros es parte del Supremo que, cuando lo advertimos, accede a una pura y no conceptual identidad de conciencia con el Origen del cual provienen constantemente todas las cosas y todos los hechos.

Cada uno de los sistemas principales tiene una manera distinta de caracterizar esta extraordinaria verdad. En los Evangelios, Jesús dice: El Reino de Dios está dentro de ti. Los profetas de los Upanishads hindúes describen ese despertar mediante tres breves frases interrelacionadas: Tú eres Eso, Tú eres Brahma y Todo lo que existe es Brahma.

Rinpoche, describe así la percepción no dual de la unidad esencial con las cosas:

Intensa y calma, sin complejidad alguna,
pura y luminosa claridad.

Tras la mente de ideas conceptuales
está la profundidad de la mente de los Victoriosos.

En esto no hay nada que quitar
ni nada que deba agregarse.

Es simplemente lo inmaculado
mirándose naturalmente a sí mismo.

Rumi, un gran místico sufi, se refiere de esta forma al misterio de esa unión:

El amor está aquí; es la sangre de mis venas, mi piel
Estoy destruido; Él me ha colmado de pasión.

Su fuego ha encendido los nervios de mi cuerpo
¿Quién soy? Solo mi nombre; el resto es de él.

Ben Garnliel, un místico judío, describe ese estado definitivo como:

La perfecta presencia que proviene de estar en la Realidad.

Todas estas formulaciones son apenas intentos de poner en palabras lo que no es posible expresar pero sí experimentar; así lo ha sido durante toda la historia humana para millones de indagadores de la verdad, en todas las tradiciones.

LA PARADOJA DEL RECORRIDO

Las tradiciones místicas han reconocido que existe una paradoja en el recorrido de regreso al Origen.

Para decirlo de manera sencilla, esa paradoja consiste en que ya somos lo que buscamos, y lo que buscamos en el Sendero con tan intenso esfuerzo, pasión y disciplina ya está dentro y alrededor de nosotros, en todo momento. El recorrido y todas sus duras pruebas son emanaciones del Espíritu Único, que se manifiesta en todo y en todas las dimensiones; cada peldaño de la escalera que subimos hacia el conocimiento final está hecho del divino material del conocimiento en sí; la Conciencia Divina crea todas las cosas y a su vez las manifiesta, actúa en ellas y como todas ellas, ocultándose a sí mismo en diverso grado en todos los diferentes niveles y dimensiones del universo.

El gran místico hindú Kabir expresa así esta paradoja, con característica simplicidad:

Mírate, loco;
¡gritas que tienes sed
y que estás muriéndote en un desierto
cuando todo lo que te rodea es agua!

Rumi, el poeta sufi, nos recuerda:

Vagas de cuarto en cuarto
en busca del collar de diamantes
¡que ya llevas en el cuello!

LA BROMA SUBLIME DE LA TRAVESÍA

Saber que estamos buscando algo que ya tenemos y somos no significa, desde luego, que la travesía sea innecesaria, sino que hay una gran broma sublime que espera ser descubierta al final del camino. Un anciano monje ortodoxo griego me contó una historia que describe muy bien esa broma. Lo conocí en un monasterio de Grecia cuando yo tenía veinticinco años; en esa ocasión me condujo a su cuarto, me sirvió café negro y hablamos sobre Dios.

LA CALLE STASSINOPOLOS

¿Has oído la historia de la calle Stassinopolos? me preguntó. Cuando le dije que no, hizo un ademán de asombro y espanto. Entonces aún no conoces el significado de la vida, agregó, e inició el relato.

Cierto hombre muy pobre que vivía en un pueblo del Peloponeso tuvo una vez un sueño. En él vio un patio con baldosas de color turquesa, donde había un anciano sentado sobre un enorme tesoro.

Este tesoro te pertenece. ¡Ven a buscarlo! Me encontrarás en la calle Stassinopolos, en Salónica -dijo el anciano.

Cuando el hombre pobre despertó, saltó de alegría, diciendo: ¡Dios es bueno! ¡Me ha dicho cómo hacerme rico! ¡Y con todos los detalles!

Entonces partió de inmediato para Salónica. Bueno; para resumir, el hombre tuvo mil contratiempos que le impidieron durante años llegar a ese lugar. Le robaron, lo golpearon, lo dieron por muerto, lo secuestraron y lo vendieron como esclavo; estuvo veinte años en la costa de Berbería. Al fin, un día -ya era un hombre maduro, cansado y desilusionado- descubrió que se encontraba en Salónica y se dijo: ¡Qué más da! Veré si de verdad existe la calle Stassinopolos.

Bueno; la calle existía. Cuando abrió la puerta, vio a un anciano sentado en un banco, bajo el sol, en un patio con baldosas de color turquesa, tal como el anciano de su sueño. Su corazón brincó de alegría.

¡Por fin has llegado! exclamó el anciano al verlo, batiendo las palmas. ¡Eres el hombre que vi en mi sueño! Hace muchísimos años soñé con un hombre pobre que vivía en un pueblo del Peloponeso. Estaba sentado en un catre desvencijado, y debajo había un inmenso y resplandeciente tesoro. Intenté ir a buscarlo, pero las cosas de la vida me lo impidieron y nunca pude salir de este pueblo.

De inmediato, el hombre que había pasado toda la vida buscando la calle Stassinopolos comprendió; el tesoro que intentó hallar durante tantos años siempre había estado en lo más recóndito de su ser.

Derramando lágrimas de dicha, el monje me tomó las manos. Hijo mío, murmuró, por favor nunca olvides esta historia.

ESCLARECIMIENTO

Pero si el hombre pobre siempre había tenido el tesoro consigo, ¿por qué debemos emprender un camino tan largo, arduo y complejo para descubrirlo? recuerdo haberle preguntado descortésmente.

Precisamente así son las cosas, respondió el monje, riendo. Debes vivir miles de experiencias distintas para descubrir lo que ya eres. Es la broma de Dios.

Una explicación seria de esta broma que se presenta en el núcleo del recorrido es, desde luego, que nuestro ser esencial permanece oculto para nosotros por lo que los místicos sufies denominan cien mil velos de ilusión. Al encontrarnos en esta dimensión de tiempo, espacio y materia, olvidamos quiénes somos; identificamos nuestra naturaleza esencial con lo que nos rodea y con lo que nos dicen nuestra cultura, la sociedad, nuestros padres y nuestros sentidos corrientes; entonces necesitamos emprender una gran travesía para desidentificarnos con todo lo que hemos aprendido falsamente sobre nosotros a fin de experimentar, ya sin los cien mil velos de ilusión, la gloria de nuestra verdadera identidad.

Ésa es una explicación, genuina en tanto sea de utilidad. Sin embargo, presenta el problema de que desvaloriza sutilmente la experiencia de haber sido creados y desestima con demasiada facilidad toda la experiencia humana y la creación considerándolas como una ilusión, concepto que los místicos hindúes denominan maya. Si es así, ¿para qué nos habría creado Dios si el único significado de esa creación consiste en escapar a la ilusión de la Creación, trascender todos sus pormenores y hechos para acceder a lo que está más allá de ella?

Tal vez la respuesta más profunda a esa pregunta, con todos sus desafíos y dificultades, sea que estamos aquí como semillas de lo Divino, en un tiempo, un espacio y una materia, para desplegar todos nuestros poderes divinos y la capacidad que ellos contienen: lo hacemos no para escapar a la ilusión de la creación, sino para divinizar tanto a nosotros mismos como a la realidad de esa creación desde dentro de ella.

Esta explicación -que es el fundamento de ciertas escuelas del misticismo judío, sufi y cristiano, y que ha inspirado la obra de importantes místicos evolucionistas contemporáneos tiene la ventaja de considerar toda la extensión del Camino no solo como una broma maravillosamente ingeniosa -que, desde luego, en parte lo es- sino también como una ocasión de que lo Divino, a través de nosotros, penetre, infunda y transfigure su propia creación.

Esta versión del significado del recorrido hace de cada uno de nosotros lo que Hildegard de Bingen llama co-creadores, junto a Dios, de un Mundo nuevo. Emprendemos el tremendo camino de retorno al Origen no para desvanecernos en él ni simplemente para descansar en su paz y su gloria, sino para colmarnos de su pasión y poder sagrados y para saturarnos tanto de su energía y amor que podamos volver a entrar en la realidad y ser agentes, con Dios y en Él, de una masiva transformación de todas las condiciones de la Creación.

En otras palabras, somos creados por lo Divino para participar con él en su plan de traer conscientemente a toda la Creación la gloria de su existencia eterna.

LA VERDAD DE LA REENCARNACIÓN

Ese masivo y exigente emprendimiento está destinado al fracaso si no procuramos tener en claro todo cuanto podamos acerca de lo que implica.

Aquellos que emprenden el Camino directo necesitan entender la verdad de la reencarnación. La reencarnación, de una u otra forma, ha sido aceptada por casi todos los sistemas principales de transmisión mística, sobre todo por el budismo y el hinduismo, pero también por ciertas escuelas del sufismo y de la cábala, por la mayoría de los cristianos durante los tres primeros siglos del desarrollo del cristianismo y por muchas tradiciones chamánicas nativas.

La reencarnación ha sido aceptada como una realidad, no porque sea exótica o misteriosa, sino porque tiene sentido y porque se hace evidente en ciertos niveles de conciencia, justo antes de alcanzar la iluminación; se dice, por ejemplo, que Buda vio con claridad todas sus vidas anteriores, que con todos sus pormenores y necesidades lo condujeron a su experiencia final liberadora.

La reencarnación tiene sentido porque cuando se advierte qué implica el camino de retorno y cuántos grados de fantasía, falsa identificación e ilusión es preciso penetrar y trascender, queda claro que a la mayoría de los seres le resulta imposible completar todo el recorrido en el curso de una vida. Eso solo pueden lograrlo los raros seres que tengan la voluntad de dar, arriesgar y padecer todo cuanto sea necesario con una determinación casi inimaginable.

CÓMO FUNCIONA LA REENCARNACIÓN

Yo tenía seis años cuando fui expuesto, de manera casual, a la verdad de la reencarnación por medio de Shantih, una india iluminada que conocí en la casa de Bella, la gran amiga de mi madre, en Delhi. Shantih, una mujer serena y corpulenta, trabajaba con los pobres y siempre estaba vestida con un sari blanco. Mientras ambos estábamos sentados en la enorme cama de Bella comiendo chocolate, tomé el coraje de preguntarle sobre lo que mi madre ya me había contado; que Shantih, cuando era niña, se dirigió a un desconocido que pasaba por la calle afirmando que ese hombre había sido su marido en una vida anterior, y le dijo que en ese entonces ella había ocultado algo de dinero en la casa de él.

Pedí a Shantih que me contara su historia. De manera precisa, Shantih relató que, cuando ella tenía seis años, había reconocido claramente a un hombre que vivía en el pueblo como su esposo en una vida anterior, y que todo lo que recordaba sobre esa vida fue controlado por sacerdotes e incluso por algunos periodistas ingleses con gafas muy escépticos, y se comprobó que era cierto.

Luego me contó cómo fue que recordó, poco después de conocer a su anterior marido, lo que había sucedido entre la vida que vivía entonces y la previa. Todo lo que me narró de manera sencilla aquella tarde lo descubrí posteriormente durante mi investigación con los místicos tibetanos para el libro El libro tibetano de la vida y de la muerte, en mis lecturas de otras tradiciones místicas y en testimonios de experiencias cercanas a la muerte.

Shantih se reclinó en la cama, comió un bombón e inició su relato.

Cuando mueras, te encontrarás con una gran luz blanca, que es Dios. Si tu vida ha sido buena, tendrás el coraje de sumergirte en esa luz, decidirás quedarte allí y vivirás libre eternamente en Dios. Mi vida anterior fue buena, así que cuando esa luz vino hacia mí, fui de inmediato hacia ella.

Entonces vi a Krishna. Todos se encuentran con el ser sagrado en el que creen. Si eres cristiano, te encuentras con Jesús; si eres budista, con Buda.

Cuando me encontré con Krishna, él me dijo: Podrías quedarte aquí a mi lado para siempre, pero quiero que regreses, seas una sanadora y cuentes lo que has visto para que todos tengan fe. Haré que te encuentres con las personas que conociste en tu última vida, y que tu testimonio sea comprobado y creído.

Shantih hizo una pausa, cerró los ojos como si aún estuviese viendo a su Dios, y luego prosiguió.

Krishna me explicó cómo funciona el sistema de renacimiento. Uno viene a este mundo con dos almas, una dentro de otra. La exterior es la que uno desarrolla y hace evolucionar durante esta vida; la interior continúa viajando una y otra vez hasta alcanzar la unión final con Dios. Krishna me dijo que el alma exterior muere al final de esta vida; sin embargo, todo cuanto uno aprende sobre Dios penetra en el alma interior y contribuye a incrementar su sabiduría y comprensión durante su travesía.

LAS DOS ALMAS O GOTAS

Lo que me dijo Shantih aquella maravillosa tarde resonaba, según descubrí, en la descripción del proceso de la muerte que aparece en El Libro Egipcio de los Muertos e incluso más precisamente en El Libro Tibetano de los Muertos. Los místicos tibetanos también describen, tal como lo hizo Shantih, dos almas. Sin embargo, no las llaman almas, pues los budistas no creen en una entidad que continúa de vida en vida; las llaman tigle, gotas.

Aún recuerdo la conmoción y la alegría que experimenté cierta mañana en Nepal cuando el anciano místico tibetano que me enseñaba sobre la muerte y la reencarnación dijo:

En el budismo tibetano decimos que todos llegan a esta vida, desde otra anterior, con dos tigle, dos gotas, una dentro de la otra. La exterior se llama gota indestructible que dura una vida, y la interior, gota indestructible eterna. La más grande se desarrolla durante una vida particular, pero deja de existir cuando se produce la muerte; la más pequeña transmigra de vida en vida hasta alcanzar la iluminación.

En una vida específica, el nivel más elevado de evolución estable satura y penetra la gota indestructible eterna y es llevada a esa vida, pero no como un recuerdo específico o un conjunto de recuerdos, sino como lo que podría denominarse un modo de adaptación, una tendencia fundamental de toda la personalidad.

INVOLUCIÓN Y EVOLUCIÓN

Durante mi estudio con los tibetanos también aprendí que cada gota indestructible que dura una vida lleva dentro de sí el recuerdo de la experiencia de la luz blanca que mencionaba Shantih, que en el Budismo tibetano se denomina la luz clara del vacío. No solo lleva ese recuerdo del Origen; además, por estar contenida dentro del ser humano, ha debido pasar por un proceso de involución: de ser una con la luz blanca o claro vacío a unirse primero con la psiquis que se forma en la zona intermedia entre la muerte y el renacimiento y luego, con el cuerpo en sí, creado en el proceso de nacimiento a esta vida.

Para decirlo de manera simple, esto significa que envuelto en la gota indestructible que dura una vida o, si se quiere, en el alma, se encuentra todo el extraordinario e intrincado proceso mediante el cual la luz de la Conciencia Divina se convierte primero en psiquis o espíritu y luego en materia.

Así, el recorrido hacia el Origen, el sendero de evolución que conduce a la recuperación consciente de la Conciencia Divina, involucra desenvolver lo que se encuentra envuelto en el tigle interior. Cada uno de los distintos niveles de conciencia debe ser reingresado en el orden inverso; la identificación con lo que algunos estudiosos budistas denominan cuerpo-mente en bruto debe ser trascendida mediante una identificación con los niveles sutiles de la psiquis; eso a su vez debe ser trascendido por una plena percepción de identidad no dual con la Conciencia Divina.

Ésta es la explicación más clara, precisa y científica que he conocido sobre lo que sucede en el camino de retorno al Origen; logra expresar tanto su dificultad como el motivo por el cual puede ser emprendido; ese código completo de la vida forma parte de nuestro ser tanto como nuestro ADN.

CÓMO SE DESENVUELVE LA EVOLUCIÓN INTERIOR

Comprender y aceptar esa explicación de la reencarnación y del modo en que funciona nos conduce a dos conclusiones relacionadas entre sí, acerca de cómo se desenvuelve realmente el camino de retorno al Origen, y cómo ha de desenvolverse para que sea pleno y completo.

PRIMERA CONCLUSIÓN

La primera es que para desenvolver por completo lo que está envuelto deben completarse y adquirir solidez todos los pasos de conciencia antes de ser trascendidos: si bien es posible tener experiencias relacionadas con un nivel distinto al que nos encontramos -por ejemplo, mientras aún estamos identificados con el cuerpo-mente podemos tener fugaces momentos de conciencia no dual-, éstas de ningún modo constituyen un conocimiento completo y logrado del nivel de conciencia siguiente; para adquirir permanentemente el nuevo nivel y poder trascenderlo, todo el ser debe pasar a ese nivel. Así lo expresó Aurobindo: Debes subir la escalera y apoyar el pie con firmeza en cada escalón para alcanzar la cumbre.

En relación a eso, los sufíes establecen una diferencia fundamental entre lo que denominan estados y lo que denominan estaciones. Los estados son experiencias interiores que, si bien pueden ser maravillosas y reveladoras, son breves; las estaciones son niveles de conciencia adquiridos y permanentes; requieren una completa reorganización del ser que los experimenta y demuestran que éste ha completado otra etapa en el desarrollo hacia la Unidad Divina.

El camino de regreso al Origen solo puede completarse yendo de estación en estación; no existen atajos.

SEGUNDA CONCLUSIÓN

La segunda conclusión, referida al modo en que el camino de retorno desenvuelve, edifica y enriquece la primera, está implícita en el modelo de desarrollo. Así, a medida que progresamos de nivel en nivel, o de estación en estación, no perdemos nada esencial de lo que hemos aprendido durante el recorrido; nuestro pleno conocimiento en una estación se convierte en parte integral de nuestra percepción en desarrollo en la siguiente estación. El camino de retorno es como una serie de círculos concéntricos de menor a mayor, cada uno contenido, o anidado, dentro de otro. Así, el conocimiento no dual no es, como algunos insisten en considerar, un estado etéreo o de gozo, sino una conciencia que contiene, abarca y a su vez trasciende todas las demás formas de conocimiento, capaz de utilizarlas cuando sea necesario, pero finalmente liberada de toda identificación con cualquiera de ellas.

Es esencial tener siempre en cuenta esas dos conclusiones relacionadas entre sí sobre la esencia y el pleno desarrollo de las capacidades y poderes envueltos dentro de nosotros, porque eso nos permite saber, de manera continua y realista, en qué parte del recorrido nos encontramos, y en qué debemos esforzarnos por encarnar si hemos de completarlo.

EL CAMINO ES NATURAL

Nunca es exagerado afirmar o meditar profundamente el hecho de que el camino de retorno al Origen, la travesía a nuestra naturaleza divina, es, a su manera, tan natural como las rosas que crecen en el jardín o el trigo en el campo. Una de las formas en que todos hemos sido devastados por una sociedad y una cultura adictas al materialismo y a las explicaciones materialistas de todo, radica en que todo lo que no se ajusta a los estrechos límites de esas explicaciones adquiere de inmediato un sesgo perverso, un brillo misterioso y sobrenatural, y aparece como algo insondable. Esto se aplica especialmente a nuestra actitud con respecto al misticismo y al desarrollo místico.

La verdad de la experiencia real del crecimiento místico nutrido por el conocimiento profundo y unido a él es muy diferente. Si bien nadie puede ni podrá conocer ese misterio que es Dios (aunque se hace más claro conforme progresamos), puede saberse, en gran parte, cómo opera ese misterio en nosotros para acercarnos cada vez más a él; los místicos y las tradiciones místicas lo han sabido a través de los tiempos.

Nadie conocerá nunca de manera absoluta y en profundidad todas las facetas de la fuerza que hace crecer una rosa, pero las distintas etapas de su crecimiento, desde que brota la planta y nace el pimpollo hasta que se abre en todo su esplendor, pueden conocerse, clasificarse, celebrarse humildemente y comprenderse. Lo mismo se aplica al crecimiento de la conciencia trascendente dentro de nosotros; sus etapas han sido clasificadas en términos asombrosamente similares por aquellos que, en cada tradición, han entregado su vida a estudiar su total desenvolvimiento. Y ese desarrollo, como el de una rosa, obedece a las leyes de una naturaleza plenamente divina en todos sus ritmos orgánicos.

EL KARMA Y LA CONCIENCIA

La relación existente de entre el karma pasado y la conciencia de la presente encarnación.

Ya hemos explorado juntos una de las leyes esenciales de la naturaleza divina: la reencarnación. Ahora debemos tener en claro la relación que existe entre el karma pasado y la conciencia con la cual accedemos a nuestra presente encarnación.

Todos nacemos con la orientación y la intención de nuestra conciencia ya determinadas por lo que el hinduismo y el budismo denominan karma pasado. Lo que hemos vivido, experimentado y conocido en nuestras vidas pasadas afecta de distintas maneras, y a veces profundamente, la orientación de esta vida.

Sin embargo, es esencial recordar que el karma -que sencillamente significa ley de causa y efecto- no es fijo de modo irrevocable. Cada decisión que tomamos, cada pensamiento que tenemos, cada acto que realizamos causa nuevos efectos que pueden alterar el karma pasado de maneras sutiles que cambian constantemente. Así como el universo se encuentra en dinámico y permanente cambio, también cambiamos nosotros y, por ende, nuestro destino. Buda lo expresó con claridad cuando dijo: El karma crea como un artista y se expresa como un bailarín.

Cuanto más conscientes somos de nuestra naturaleza divina y de las leyes de la evolución divina, más conscientemente nos convertimos en artistas y bailarines de nuestro propio karma, en arquitectos de nuestro destino en y ante Dios. Así, si bien la orientación y la intención de nuestra conciencia pueden ser modeladas en el inicio de nuestra vida, de manera parcial y a veces profunda, por lo que hemos experimentado y aprendido en nuestras vidas pasadas, de ningún modo somos prisioneros de esa forma. De hecho, volvimos a nacer para aprovechar la enorme oportunidad que brinda el nacimiento a la conciencia humana para el crecimiento, el progreso y la evolución; la vida en este universo de tiempo y espacio no es, de ningún modo, nuestra enemiga, sino un medio de asombrosa riqueza y flexibilidad que nos ofrece oportunidades maravillosas de transformación de nosotros mismos. Nunca es exagerado destacar la inmensa esperanza implícita en el nacimiento humano, sobre todo porque muchos orientales interpretan el karma de manera muy mecánica, y porque muchos occidentales aún están afectados por la idea del pecado original. No reconocer el poder parcialmente determinante del karma sería negar la verdad de la reencarnación; exagerarlo sería limitar la libertad para el crecimiento que lo divino ha sembrado en nosotros.

Como me dijo cierta vez Thuksey Rinpoche, un místico tibetano que conocí en Ladakh cuando yo tenía poco más de veinticinco años: Es absurdo pensar que eres esclavo de tu pasado, cualquiera que ése haya sido; tan absurdo como es pensar que eres libre de él. Si fuiste un asesino en tu vida anterior, deberás reparar las consecuencias que produjo en esta vida, o en otra futura. Pero si comprendes aquí y ahora la enorme oportunidad que te brinda ese desarrollo espiritual, podrás compensar y transformar todo tu karma pasado y lograr la liberación, incluso en esta vida. Luego me relató la historia de Milarepa, el iluminado más grande del Tibet y fundador del linaje de Drukpa Kargyupa, al que él pertenecía. Cuando joven, Milarepa practicaba la magia negra y era un asesino, pero mediante el profundo arrepentimiento, la gracia divina y un largo e intenso trabajo interior, se convirtió en el iluminado más amado de Tibet.

LA LEY DEL OLVIDO O AMNESIA

Las leyes del origen divino, la reencarnación y las consecuencias del karma pasado garantizan que lleguemos a esta vida como seres humanos divinos y recorramos un extenso camino a través del tiempo para ser conscientes de nuestra naturaleza atemporal.

Sin embargo, todas las tradiciones místicas coinciden en que al comenzar esta vida olvidamos nuestra relación inherente con lo divino, en una suerte de amnesia. Según parece, para desenvolverse en tiempo, materia y espacio, la gota o alma debe olvidar su Fuente y Origen en la luz e iniciar nuevamente todo su proceso evolutivo, incluso si ingresa en esta dimensión como un ser muy evolucionado.

Se han dado varias explicaciones para ese hecho; la más convincente, según mi parecer, es que recordar demasiado la experiencia de la unión divina en la luz o los detalles de las vidas pasadas confundirían mucho el desarrollo del alma en esta vida. Para que la conciencia logre desenvolverse por completo dentro de la materia -el propósito de la vida- debe iniciarse nuevamente todo el proceso; cierto enmascaramiento o ignorancia es esencial, sobre todo en las etapas iniciales. No obstante, bajo ese enmascaramiento o ignorancia, la conciencia divina aguarda su momento de reconocimiento; de hecho, incluso el enmascaramiento y la ignorancia son algunos de sus modos.

Esa amnesia, u olvido, no es definitiva en todos los casos. Después de todo, mi amiga Shantih recordaba detalles de su vida pasada con asombroso detalle; los místicos tibetanos afirman que a menudo los seres muy evolucionados pueden recordar con claridad su vida pasada durante los primeros tres o cuatro años de vida. Se dice que el Dalai Lama, cuando tenía tres años en esta vida, recordó al tutor que había tenido en su vida anterior y pudo identificar varios objetos que le habían pertenecido en su última encarnación.

Sin embargo, incluso en tales casos, los recuerdos de existencias pasadas se desvanecen después de un tiempo para que esta vida pueda vivirse con total concentración y para que el desenvolvimiento de la conciencia a lo largo del sendero pueda progresar de estación en estación, hasta que el espíritu haya florecido completamente en la materia y se complete la divinización del humano.

EL DESAFÍO DEL CAMINO DIRECTO

¿Aceptaremos el desafío del Camino directo para integrar todas las formas útiles de conocimiento?

Claramente, hemos llegado al momento decisivo en la evolución de la humanidad. Como especie, ¿Optaremos por la sublime aventura del Camino directo que da poder a cualquier individuo sin importar su color, su medio social o su sexualidad, con su divina naturaleza y la pasión y creatividad dadas por Dios? ¿Aceptaremos el desafío del Camino directo para integrar todas las formas útiles de conocimiento, para unir la visión y la economía, una mística pasión por la justicia con la práctica política, un amor por la creación con precisos y estructurado s esfuerzos por salvar y proteger el medio ambiente?

¿O continuaremos adoptando las filosofías políticas, sociales, místicas y religiosas limitadas y divisivas del pasado, que nos han decepcionado de modo tan flagrante y horrible y que están hundiendo el mundo, de manera tan obvia, en una vorágine abismal de codicia y violencia suicidas?

Y lo mas sensible e importante...

¿Seguiremos adhiriendo a los dogmas que, tanto en asuntos espirituales como materiales, han creado claramente la miseria y la desesperanza que vemos a nuestro alrededor?

La perfecta presencia proviene de estar en la Realidad, en el Camino directo a la unidad esencial.

Andrew Harvey