La mujer perfecta

Cuento Zen (431)

Lo que le sucedió a una mujer demasiado perfecta.

Érase una mujer conocida por su perfección. Un día decidió que ya era tiempo de casarse y como era un ser tan perfecto, pensó que se merecía al hombre más perfecto. A todos los hombres que conocía los descartaba por ser demasiado altos o demasiado bajos, demasiado listos o demasiado tontos, demasiado fuertes o demasiado débiles...

Así fueron pasando los años y cuando la mujer pareció encontrar a su hombre perfecto, este la rechazó porque ella era demasiado vieja.

MORALEJA

No tiene sentido exigirnos perfección. Si exigimos perfección nos privamos de gozar la vida. Haz las cosas con el fin de hacerlas bien. No con objetivos perfeccionistas que escapen del control. Aprende a aceptar los errores. La perfección es la voluntad de ser imperfecto.

Si buscas la perfección, nunca estarás contento.

Nuestra educación misma es tan neurótica, tan psicológicamente enferma que destruye toda posibilidad de crecimiento interior. Desde el principio te enseñan a ser perfeccionista y naturalmente le vas aplicando tu perfeccionismo a todo, hasta al amor.

Todo el mundo trata de ser perfecto. Y cuando alguien empieza a tratar de ser perfecto, también empieza a esperar que todos los demás sean perfectos. Se convierte en un censor; empieza a humillar a la gente. Eso es lo que los mal llamados santos han estado haciendo a través de los tiempos. Eso es lo que las religiones han estado haciendo: envenenando el ser con la idea de la perfección.

Al no poder ser perfecto, empiezas a sentirte culpable, te pierdes el respeto a ti mismo. Y el hombre que se ha perdido el respeto a sí mismo pierde toda dignidad de ser humano. Tu orgullo ha sido aplastado, tu humanidad ha sido destruida por bonitas palabras como perfección.

El hombre no puede ser perfecto.

Sí, hay algo que el hombre puede experimentar, pero está más allá de la concepción del hombre corriente. Hasta que el hombre corriente no experimente también algo de lo divino, no podrá conocer la perfección.

La perfección no es como la disciplina; no es algo que se pueda cultivar. No es algo que tengas que practicar. Pero eso es lo que se le enseña a todo el mundo, y el resultado es un mundo lleno de hipócritas que saben perfectamente bien que están huecos y vacíos, pero siguen aparentando toda clase de cualidades que no son otra cosa que palabras vacías.

Recuerda: con el amor no podemos jugar a la perfección. El amor es el valor supremo, la plenitud final. No hay nada más allá de él. Por eso no puedes perfeccionarlo. De hecho, antes de alcanzarlo tendrás que desaparecer. Cuando el amor esté tú no estarás.