Los siete tarros de oro

Cuento Zen (74)

Al pasar un barbero bajo un árbol embrujado, oyó una voz que le decía: ¿Te gustaría tener los siete tarros de oro? El barbero miró en torno suyo y no vio a nadie. Pero su codicia se había despertado y respondió anhelante: Sí, me gustaría mucho. Entonces ve a tu casa en seguida, dijo la voz, y allí los encontrarás.

El barbero fue corriendo a su casa. Y en efecto: allí estaban los siete tarros, todos ellos llenos de oro, excepto uno que solo estaba medio lleno. Entonces el barbero no pudo soportar la idea de que un tarro no estuviera lleno del todo. Sintió un violento deseo de llenarlo; de lo contrario, no sería feliz.

Fundió todas las joyas de la familia en monedas de oro y las echó en el tarro. Pero este seguía igual que antes: medio lleno. ¡Aquello le exasperó! Se puso a ahorrar y a economizar como un loco, hasta el punto de hacer pasar hambre a su familia. Todo inútil. Por mucho oro que introdujera en el tarro, este seguía estando medio lleno.

De modo que un día pidió al Rey que le aumentara su sueldo. El sueldo le fue doblado y reanudó su lucha por llenar el tarro. Incluso llegó a mendigar. Y el tarro engullía cada moneda de oro que en él se introducía, pero seguía estando obstinadamente a medio llenar.

El Rey cayó en la cuenta del miserable y famélico aspecto del barbero. Y le preguntó: ¿Qué es lo que te ocurre? Cuando tu sueldo era menor, parecías tan feliz y satisfecho.

Y ahora que te ha sido doblado el sueldo, estás destrozado y abatido. ¿No será que tienes en tu poder los siete tarros de oro? El barbero quedó estupefacto: ¿Quién os lo ha contado, Majestad?, preguntó.

El Rey se rio. Es que es obvio que tienes los síntomas de la persona a quien el fantasma ha ofrecido los siete tarros.

Una vez me los ofreció a mí y yo le pregunté si el oro podía ser gastado o era únicamente para ser, atesorado; y él se esfumó sin decir una palabra. Aquel oro no podía ser gastado. Lo único que ocasiona es el vehemente impulso de amontonar cada vez más. Anda, ve y devuélveselo al fantasma ahora mismo y volverás a ser feliz.

MORALEJA

No renuncies a la riqueza o a ninguna otra cosa. Deja las cosas tal como están. Solamente añade a tu vida una cosa más, no algo para llenar el tarro medio lleno. Hasta ahora has estado añadiendo a tu vida nada más que cosas. Añade ahora algo a tu ser, y eso hará que suene la música, eso hará el milagro, eso creará la magia, eso creará una nueva sensación, una nueva juventud, una nueva frescura plena de felicidad.

El hombre ambicioso ha triunfado al conseguir toda la riqueza que ha estado anhelando. Ha triunfado materialmente haciéndose rico, pero ahora está aburrido y cansado. El viaje le ha arrebatado todo su espíritu. El viaje ha terminado con el hombre ambicioso. En el exterior dispone de todo lo que desea, pero ha perdido todo contacto con el interior. Todo lo que necesita está a su disposición, pero el hombre mismo ya no está ahí. Ahí están las posesiones, pero su gozo ha desaparecido; se ha producido un gran desequilibrio. La riqueza está a su alcance, pero el hombre no se siente rico en absoluto; muy al contrario, el hombre se siente empobrecido, muy pobre e infeliz.

Entonces se produce la paradoja: cuando eres rico externamente, solo entonces, por contraste, te haces consciente de tu pobreza interior: Todo lo que nos propusimos, lo conseguimos -todas las fantasías y deseos se han cumplido- y no nos han proporcionado nada, ni satisfacción interna ni felicidad. Cuando eres pobre exteriormente, no te haces consciente de tu pobreza interior, porque no hay contraste. Y hace falta es contraste.

Lo que posees en este mundo lo posees a costa de un vacío existencial. No hay otra manera. Si de verdad no deseas infelicidad, debes abandonar la idea de la posesión. Utiliza lo que tengas a tu lado en el momento, pero no seas posesivo. No intentes reclamar que es tuyo. No hay nada que sea tuyo; todo pertenece a la existencia. Sin el apego hay felicidad.