Los clavos en la cerca

Cuento Zen (45)

Cuenta la historia que había un niño con muy mal carácter. Su padre le dio un saco de clavos y le dijo que clavara uno en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia o se enfadara con alguien.

El primer día clavó 37 clavos, pero durante las siguientes semanas, se esforzó en controlarse y día a día la cantidad de clavos que debía clavar, disminuyó. Había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos.

Finalmente, llegó un día en el que ya no necesitó clavar más clavos y satisfecho fue a ver a su padre para decírselo.

Su padre lo felicitó, pero le pidió que, a partir de ese momento, quitara un clavo por cada día que no perdiera la paciencia. Los días pasaron y finalmente el niño pudo decir a su padre que los había quitado a todos.

El padre llevó al niño hasta la cerca y le dijo: Hijo mío, te has comportado muy bien, pero mira todos los agujeros que han quedado. Esta cerca ya nunca será como antes. Lo mismo ocurre con las personas. Cuando discutes con alguien y le dices palabras ofensivas, le dejas una herida como está.

MORALEJA

Puedes clavar una navaja a un hombre y después retirarla, pero siempre quedará la herida. No importa las veces que le pidas perdón, la herida permanecerá. Una herida provocada con la palabra, hace tanto daño como una herida física.

No puedes herir a otros sin que tu primero te hieras a ti mismo. Puedes herir a otros si te hieres a ti mismo; vas a ser una molestia para otros, si eres una molestia para ti mismo; vas a ser una alegría para otros, solamente si eres una alegría para ti mismo.

Cualquier herida que puedas hacer a otros, tienes que habértela hecho primero a ti mismo, porque eso es lo único que puedes compartir, puedes compartir solamente lo que tienes, no puedes compartir lo que no tienes.

Para detener esto primero, tienes que empezar por ti mismo; si te sientes mal, deja que eso se convierta en una meditación. Siéntate en silencio, cierra las puertas. Primero, siente tus heridas en lo más profundo que puedas, siente cada herida. Pero si alguien te insultó: y ahora crees que la mejor manera de evitar la herida es insultarlo tú, te quedaras esclavo en un bucle con él. Eso no es meditación consciente, eso es ignorancia.

Si alguien te insultó, agradécele que te haya dado la oportunidad de sentir una herida profunda, abrió en una herida en ti; esta herida la pudieron haber causado muchos, muchísimos insultos que recibiste en tu vida, puede ser que el que te insultó no sea el causante del sufrimiento, pero desencadenó un proceso.

Cierra tu cuarto, siéntate en silencio, sin rabia contra esta persona, pero con total conciencia del sentimiento que está surgiendo en ti, el sentimiento de dolor de haber sido rechazado, de haber sido insultado y va a sorprenderte porque no solamente vas a encontrarte con esa persona sino con todas y cada una de las personas que te ofendieron en algún momento, van a pasar todos por tu memoria.

No solamente vas a empezar a acordarte de ellos, sino que vas a revivir todo; vas a entrar en una especie de terapia primal. Siente la herida, siente el dolor, no lo trates de evitar. Por eso en muchas terapias se le dice al paciente que no tome ninguna droga justo antes de la terapia, por la sencilla razón que las drogas son un medio para escapar de tu desgracia interior que no te dejan ver las heridas, las reprimen, no te dejan sumergir en tu sufrimiento, y a no ser que lo hagas, no vas a poder librarte de su desgracia interior.

Recuerda: La terapia de los clavos en la cerca le permitieron al niño ver sus propias heridas que le permitieron librarse de la prisión del mal carácter.