Personal y transpersonal o del pensar y el ser

POR: PATROCINIO NAVARRO

Imagen; Personal y transpersonal o del pensar y el ser; Patrocinio Navarro

LAS PRISIONES DEL EGO

UN CUENTO QUE VIENE A CUENTO

Un anciano sabio, tras una larga vida dedicada a meditación y experiencias espirituales, había atraído involuntariamente a unos cuantos hombres y mujeres que acudían a escucharle muy a menudo bajo una encina centenaria de gran tamaño y belleza que se encontraba cerca de un pequeño río. Sentándose cómodamente en círculo escuchaban con atención lo que el anciano tuviera a bien decirles. Este miraba despaciosamente a los recién llegados y dejaba que el rumor del pequeño río sirviera de fondo al silencio que iba surgiendo en el corazón y en la mente de todos los presentes...Solo entonces comenzaba a hablar.

En esta ocasión, un suave día de primavera, mientras los pájaros, las mariposas y las flores rivalizaban por la música, los colores y la danza, y los pequeños abejorros elaboraban acordes fugaces de violoncelo, el sabio permanecía callado, como absorto en la contemplación de algo situado en ninguna parte precisa. Y desde allí, su silencio acentuaba aún más los sonidos de la madre Naturaleza.

Al cabo de un buen rato de su llegada, los visitantes comenzaron a impacientarse, pues era la primera vez que el silencio inicial era tan prolongado. De pronto el anciano, rescatando su mirada de algún lugar lejano, fijó lentamente su vista en los presentes, y sonriendo con dulzura preguntó:

Algunos se miraron escrutándose discretamente con la mirada ; otros se inquietaron, pues no sabían si lo que habían creído aprender lo habían aprendido verdaderamente o hasta si era verdaderamente importante lo retenido y no se habían quedado en la anécdota de las cosas verdaderas.

Otros tomaron conciencia en ese momento de su inercia interna.

Y alguno de ellos comprendió que se había encerrado en su propia torre de marfil para su propia seguridad y bienestar

Todos parecían tener miedo a expresar sus verdaderos pensamientos, y aún más sus verdaderos sentimientos, pues podría suceder que esos sentimientos no fueran ni correctos ni del agrado del sabio, por lo cual éste pudiera ofenderse (pensaban) al ver que tantas charlas habían conseguido tan pobres resultados. (¿Qué pensarían, los otros de mí,- se preguntaban muchos en lo íntimo,- si descubro ante ellos mi ignorancia o mi poca realización?)

De esta manera la imagen que de sí mismos habían fabricado y mantenido largo tiempo para ser aceptados por los demás, corría el riesgo de tambalearse, con el consiguiente descrédito y vergüenza al poderse sentir juzgado cada uno.

Algunos, los menos, sintieron sin que la pregunta del sabio tocaba directamente alguna fibra oculta de alma, pues se vieron desnudos ante su mirada penetrante y tomaron conciencia de no haber sabido captar aún lo más importante de las enseñanzas, y lo que era peor, no habían practicado casi nada de lo que el anciano les había enseñado bajo la hermosa encina en todas las estaciones del año durante mucho, muchísimo tiempo...Estaban, pues, decepcionados de sí mismos y sintieron vergüenza y arrepentimiento en el fondo de sus corazones. Se inclinaron uno tras otro ante el anciano y ante los demás, avergonzados pero agradecidos por haber descubierto lo que necesitaban aprender, y se fueron marchando.. Entonces, por vez primera, todos los restantes se sintieron desunidos entre sí y algo en el círculo de los asistentes crujió como una rama seca bajo el vendaval.

Como pasaba el tiempo y nadie decía nada, sino que cada uno parecía ensimismado y un punto receloso, el anciano (que hasta entonces había permanecido en profundo recogimiento), les habló de nuevo con la misma dulzura y les dijo así:

Los presentes se fueron marchando en silencio. El maestro se quedó solo de nuevo bajo la centenaria encina.Sabía que volverían a encontrarse :solo era una cuestión de tiempo, tal vez de encarnaciones. Sólo eso.

Los pájaros se arracimaban aquí y allá en sus eternos juegos de cantos y vuelos. Muchos arrastraban ramitas para sus pequeños nidos. Las mariposas trazaban bellas danzas alrededor de flores multicolores. El abejorro rasgaba el viento con sus hermosos acordes de violoncelo, y el río dibujaba en las pupilas del viejo maestro su interminable correteo en busca del mar entre guijarros y flores silvestres. Todo estaba en orden. Todo era parte de un orden complejo y a la vez inexplicablemente sencillo...

Y el anciano cerró los ojos y se sumió nuevamente en el silencio interior.