Dios nunca te dará más de lo que puedes cargar

Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela. Pero no caigas en el estremecedor silencio de los bondadosos.

ANTHONY DE MELLO

NUESTRAS RESPONSABILIDADES

Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela.

Anthony de Mello escribe en uno de sus cuentos:

Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío… y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?

Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: Ciertamente que he hecho. Te he hecho a ti.

¿A mí?

Este interrogante me trae a la memoria –perdona la digresión- el impacto que debió de sentir mi hermano Nicolás hace muchas, muchas navidades. De sopetón, Juan, benjamín de la familia y todo un renacuajo, le soltó: Nico, ¿los Reyes Magos son los padres? Éste, seis años mayor que el enano, solo acertó a gritar: ¡¡¡Mamaaá!!! Juan hoy es periodista. Y como veis ya desde pequeño apuntaba maneras.

Volvamos a lo serio. Tan serio que lo de (para solucionarlo) te he hecho a ti puede dar vértigo, porque apela directamente a nuestra responsabilidad.

Las personas actuamos en demasiadas ocasiones como meros espectadores-comentaristas de barra de bar. Nos desahogamos con valoraciones generales del estilo ¡qué mal está todooo!. O, en el mejor de los casos, formulamos deseos tan bienintencionados como teóricos: pura mística ojalatera (ojalá, ojalá, ojalá).

Pero no basta predicar: hay que dar trigo. Cada uno debemos ofrecer una respuesta personal, concreta. Y remangarnos. Porque para arreglar el mundo, hacen falta manos.

Es preciso un compromiso activo. Un compromiso sin actuación –leí una vez- vale lo que una bicicleta sin ruedas; no lleva a ningún lado.

Y nosotros, que sí queremos llegar a buen puerto, cada mañana deberíamos levantarnos en este primer mundo con el mejor ánimo y avituallamiento y el propósito de actuar mojándonos por el próximo: léelo con equis o con jota.

Lo afirmaba Martin Luther King con lucidez

La primera pregunta que se hizo el sacerdote y el levita –de la parábola- fue: Si me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué me va a pasar a mí? Pero… el buen samaritano invirtió la pregunta: Si no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué pasará con él?.

A alguno le habrá bastado lo anterior para darle dos vueltas… Pues tiene tres.

Uno –que ya peina canas y encima es jurista- repregunta algo que no estaba explícitamente formulado por Luther King, aunque como verás sí que estaba, en parte al menos, respondido.

La pregunta adicional a hacernos tú y yo, es: Si no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué me va a pasar a mí? Piénsalo.

Corresponsables del mundo en que vivimos

Martin Luther King dejó claro un mensaje hoy vigente no solo para los mudos sino para los políticamente correctos: Nuestra generación no se lamentará tanto de los crímenes de los malvados, como del estremecedor silencio de los bondadosos.

En cuatro palabras: ¿Qué hacías tú entonces?

Somos responsables del mundo en que vivimos porque este no es otra cosa que el que diariamente construimos todos. Pues, como señalaba Graham Greene, la humanidad avanza gracias no solo a los potentes empujones de sus grandes hombres, sino también a los modestos impulsos de cada persona responsable.

Conscientes de ello, parecería fácil mantener una actitud adecuada y proactiva. No lo es. Quizás por eso un hombre bueno que nos conocía bien nos daba su receta del Solo por hoy. Me refiero a Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, nunca mejor dicho santo padre. Te dejo aquí el enlace.

Se trata de construir con esa u otra partitura, etapa a etapa, día a día, ladrillo a ladrillo, una sociedad mejor. Si sembramos felicidad, recogeremos lo que cultivamos. Alguno dirá que de eso nada, monada, que si acaso… esperemos el pago en el otro mundo. Yo creo que no; que, sin perjuicio de lo que venga en el otro, dando ya se recibe aquí.

Permíteme que concluya -soy jurista y he apuntado a realidades trascendentes y ladrillos– con algo que mezcla todo e invita a sonreír.

La tapia del Infierno

Cuentan que el muro que separa el Cielo y el Infierno un día se derrumbó. El diablo empezó a discutir con San Pedro sobre quién lo debía reparar. Al no ponerse de acuerdo, Lucifer propuso que consultasen con sus respectivos abogados y se vieran en un par de horas. El diablo regresó todo puntual, pero San Pedro se retrasaba y retrasaba… Cuando por fin llegó, el diablo le dijo: -¡Oye, mis abogados dicen que tenéis que pagar la reparación vosotros!

San Pedro respondió resignado: -Así lo haremos… porque he revuelto Roma con Santiago pero en el Cielo no he podido encontrar un solo abogado

¡San Pedro, mira bien!