Cuentos de los sabios de la túnica color ciruela

POR: CHAO MU

Imagen; Cuentos de los sabios de la túnica color ciruela; Chao Mu

LOS SABIOS DE LA TÚNICA COLOR CIRUELA

¿Tal vez habéis encontrado a uno de esos treinta y tres sabios en vuestras vidas?

En aquellos tiempos vivía en China un grupo de monjes conocidos con el nombre de Sabios de la Túnica color Ciruela. Convertirse en un Sabio de la Túnica color Ciruela exigía una gran disciplina. Para los aspirantes el camino era difícil y duro, los días ingratos y las noches largas.

El monasterio de los Sabios de la Túnica color Ciruela estaba en las montañas, al noroeste de Lo-Yang, la capital de entonces, muchos siglos antes de nuestra Era.

Los sabios, que eran treinta y tres, el mismo número de las energías de la Tierra, caminaban recorriendo China desde un solsticio de invierno hasta el siguiente. Dondequiera que se detuviesen al azar de su camino se les acogía con respeto y alegría; la llegada de un sabio representaba buena suerte para un pueblo. Todos los habitantes interrumpían sus actividades para reunirse a su alrededor en el pozo central.

El sabio tomaba asiento en el brocal del pozo y, según las circunstancias, impartía enseñanza o hacía que le contasen las dificultades del momento. Si alguien decía: El año ha sido duro, la cosecha de arroz mala, el sabio no respondía nada, pero su modo de escuchar era de tal calidad que aportaba esperanza y consuelo.

Uno de esos sabios recorría hacía años el país. Un día se detuvo en el pueblo de Ling Ding. Después de algunas preguntas relativas al emperador, al tifón que había asolado las costas, al hambre del Sur, alguien le preguntó: ¿Qué significa este pueblo? ¿Por qué estamos aquí y no en otro sitio?

El sabio paseó la mirada lentamente sobre los reunidos y dijo: Aunque no lo sepa, cada individuo se encuentra limitado por el nacimiento, por la educación o por su propia satisfacción. Cada uno de vosotros está limitado de una forma u otra. Sorprendida, la gente intercambiaba miradas entre sí. Incluso se oyeron algunos murmullos. Finalmente, un hombre se adelantó hacia el sabio y afirmó: Yo no me considero limitado. Tengo todo lo que quiero.

Entonces el sabio sonrió. La limitación se encuentra a veces incluso en el hecho de no sentirse limitado.

CHAO MU, LIMITACIONES Y ARMONÍA

Chao Mu comprende la diferencia entre limitación y armonía.

Entre la gente del pueblo había un joven que se llamaba Chao Mu. Tenía veintidós años y nunca había abandonado el lugar de su nacimiento. Desde la más tierna infancia ayudaba a su padre a cultivar arroz. Le habían prometido a los seis años y, para crear una familia, igual como su padre y su abuelo antes que él, había roturado un campo, piedra tras piedra, lo había regado y sembrado. También había construido una casa durante los días de lluvia en que no podía salir a trabajar. La fecha de su boda se acercaba.

Ver al sabio despertaba en él nostalgia y le invadía una sensación de profunda soledad. Hacía un tiempo que numerosas preguntas se planteaban en su ánimo, pero las guardaba para sí: ¿No existe más que esta vida?... Esta vida que dedico a plantar y cosechar, y luego volver a casa a dormir hasta la mañana siguiente y volver a empezar...

Por fin encontraba a uno de esos seres que son capaces de aliviar el sufrimiento, de ayudar a un hombre a superar sus problemas. Por fin encontraba a un ser que podría responder a sus preguntas. Como el sabio ya se disponía a partir, no se contuvo y le preguntó:

A su alrededor, los campesinos callaron, y cada uno de ellos se preguntaba: ¿Qué ocurrirá con su prometida, con su campo, con su casa? Ha trabajado tanto y tan duramente con sus propias manos...

El sabio, que adivinaba sin dificultad todos esos pensamientos, le preguntó:

Con estas palabras, los dos se pusieron en camino. Chao Mu solo se volvió una vez para decir:

El sabio y el joven caminaron durante un buen rato en silencio. Al pasar bajo un membrillo, el sabio tomó un fruto, encendió fuego para cocerlo y se lo tendió a su compañero.

El sabio dijo otra vez: Limitación.

Y sin añadir nada más, prosiguió tranquilamente su camino. Unas horas más tarde llegaron a la orilla de un río al que daban sombra unos árboles de troncos sinuosos. El agua se deslizaba apaciblemente y unos cisnes nadaban siguiendo la corriente.

Una vez más, el sabio respondió: Limitación.

Cruzaron el río y entonces vieron, de repente, en la ribera, el cuerpo de un hombre al que habían apaleado y desvalijado.

Y una vez más el sabio replicó tranquilamente: Limitación.

Mientras caminaba, Chao Mu iba pensando. Cualesquiera que fuesen sus palabras, el sabio respondía invariablemente: Limitación. ¿Qué tenía que decir para conseguir otra respuesta?

En ese momento pasaban ante una granja. Los niños estaban jugando en el patio. Sentados en un banco, el padre y la madre les miraban. El joven se detuvo y contempló la escena con placer, percibiendo la sensación de alegre libertad que esa familia exhalaba, despertándola en él.

En ese mismo momento, el sabio exclamó:

Chao Mu se volvió hacia él. Estaba muy sorprendido.

El camino les llevó a continuación junto a un río. Había una roca en medio de la corriente y el agua se estrellaba contra ella con furia, y saltaba por el aire, pasando a la vez alrededor y por encima del obstáculo.

-Mira esa roca -le dijo el sabio a Chao Mu-. Es una imagen de la armonía. El agua intenta empujar a la piedra con violencia, la golpea con dureza y quiere apartarla. La piedra no contraataca, deja que el agua pase, por encima, por los lados, pero no se mueve.

¡Eso es armonía!

Chao Mu observó durante un buen rato la roca, con expresión abstraída...

Cuando ya caía la noche, el sabio eligió un lugar propicio para detenerse, recogió un poco de leña y el fuego brotó enseguida. El discípulo, que miraba lo que hacía, no comprendió cómo... El camino había sido largo y, poco después, Chao Mu, tendido en el suelo, volvía a ver los años en que había labrado su campo y construido su casa. En ese momento su único bien lo componían las ropas que llevaba y el cielo que tenía sobre la cabeza. Pero sonreía: había encontrado a un maestro, un hombre que le mostraba lo que nunca había. visto y que le enseñaba a considerar la vida de otra manera...

El frío de la mañana le despertó sobresaltado. El fuego se había apagado. Y... ¿dónde estaba el sabio? Ahí estaba su manto. Del río llegaba el ruido de unos chapuzones. Chao Mu metió la mano en el agua e inmediatamente su brazo empezó a entumecerse.

¡Limitación!, le gritó el sabio y, sin saber cómo, el discípulo se sintió lanzado al agua. Salió de ella helado, con la ropa chorreando. El sabio seguía nadando.

¿Quién me ha empujado?

Una vez reanimado el fuego, el joven, temblando de frío, pudo poner su ropa a secar, mientras el sabio le explicaba:

Chao Mu comprendió entonces que le quedaba mucho que aprender.

Echaron otra vez a andar, caminaron y caminaron, y llegaron a otro pueblo. El sabio se sentó en el brocal del pozo según su costumbre. Chao Mu escuchaba atentamente sus palabras. Las personas eran otras, las situaciones distintas, pero las palabras seguían siendo las mismas, y el joven se acostumbró a encontrárselas de pueblo en pueblo.

A veces, alguno se levantaba y solicitaba seguir al sabio, apartándose de lo conocido para ir hacia la novedad. Éste recibía una enseñanza del maestro. Algunos le abandonaban enseguida, para ir solos más lejos o para volver a sus pueblos. Pasó el verano y llegó el otoño. Cuatro discípulos acompañaban entonces al sabio. Chao Mu empezaba a percibir mejor la vida en los elementos, en los animales y en todo lo que existía a su alrededor. Un día, dirigiéndose al sabio, le dijo:

El sabio le sonrió con mucha dulzura.

A lo largo de los meses que siguieron, yendo de pueblo en pueblo, deteniéndose a orillas de los ríos o sentado bajo un árbol, Chao Mu aprendió mucho: acerca de su disciplina, de sus limitaciones, de su equilibrio o su desequilibrio. Se conocía mejor. Sin embargo, tenía la sensación de no estar aún más que al principio del camino.

Cuando llegó el equinoccio de otoño, los discípulos se agruparon alrededor de su maestro para celebrar ese especial momento del año. Hicieron juntos un fuego y el sabio, añadiendo leña, pronunció las siguientes palabras:

CHAO MU, ENERGÍAS POSITIVAS Y NEGATIVAS

Chao Mu comprende que son las energías positivas y las negativas.

Al día siguiente el sabio se dirigió a un pueblo grande y se sentó en una piedra, al lado del pozo. Un hombre se acercó para pedirle consejo.

Después de mirarle con atención, el sabio dijo:

La casa que vieron estaba pintada de rojo y amarillo, y decorada con motivos negros. Vuelve a pintar tu casa de blanco, con un poco de azul aquí y allá -le ordenó el sabio al campesino. Luego prosiguió su visita, pidiéndole a la mujer del campesino que cambiase también el color de su ropa, observando a los niños e indicando qué colores utilizar en cada dependencia de la casa.

Para acabar, aún le dijo al hombre:

El mundo terrestre está compuesto por cosas positivas y negativas, por ácido y álcalino. Cada color, cada prenda de vestir, es positivo o negativo -explicó el sabio-. Por ejemplo, el rojo, el amarillo el naranja y el negro son colores negativos; el índigo, el azul, el violeta y el blanco son colores, positivos. El verde es neutro. La seda y la lana son positivas, el algodón es negativo. Los gatos son negativos, los perros positivos. El alimento es ácido o alcalino. Ocurre lo mismo con la música y con todas las cosas de este mundo. Es así como, buscando el equilibrio en su entorno, este hombre mejorará su vida.

El otoño avanzaba, el tiempo cambiaba y Chao Mu tenía tiempo libre para meditar en las palabras de su maestro. Le sorprendía la importancia de la acidez o de la energía negativa en la vida humana. El frío aumentaba de día en día y empezó a nevar. El grupito se dirigía hacia las montañas. El sabio había enseñado a sus discípulos cómo conservar el calor con la fuerza del pensamiento, sin necesidad de muchas prendas de vestir. Cada noche, reunidos alrededor del fuego, se aprovisionaban de calor para toda la noche.

Esa noche, en lugar de dormir como sus compañeros, Chao Mu observaba los ojos de un conejo en la nieve y los de un corzo que miraba el fuego, mientras revisaba mentalmente todo el saber que había recibido. Admiraba la blancura de la nieve. Ya no le sorprendía que siempre le hubiese gustado tanto... lo blanco es positivo y esa blancura le prestaba energía. El frío es positivo, el calor negativo... el sol es positivo, la luna negativa...

CHAO MU SE CONVIERTE

Chao Mu esta preparado para ser un Sabio del Manto de color Ciruela.

Vio entonces que el sabio se levantaba, cargaba su hatillo a la espalda y se marchaba. Chao Mu le imitó y el maestro se llevó un dedo a los labios para recomendarle silencio. Los dos se alejaron. La nevada caía copiosa, borrando las huellas de sus pasos detrás de ellos. Por la mañana llegaron a un valle, en cuyo fondo se alojaba un gran monasterio. Se veía llegar de todas partes Sabios del Manto color Ciruela, cada uno de ellos acompañado por un solo discípulo.

Cuando se encontraron al pie de las murallas, el sabio se volvió a Chao Mu y le dijo:

Y el sabio desapareció en el monasterio con los otros monjes. Era el día del solsticio de invierno.

Chao Mu observó a los treinta y dos discípulos que estaban sentados en círculo con él, cada uno en una silla de bambú. Algunos parecían más experimentados que otros, como si hubiesen pasado por momentos duros. Esa noche, una gran luminosidad bañó el monasterio y los discípulos oyeron cantar a los sabios celebrando el solsticio de invierno, el nacimiento del sol. Chao Mu esperaba que su maestro fuese a buscarle por la mañana. Pero no pasó nada. Esperó todo el día, y luego llegó la noche y hubo gran agitación entre los discípulos.

Chao Mu sintió hambre y recordó que llevaba una galleta de arroz en el bolsillo. Comió un bocado y chupó un poco de nieve para aplacar la sed. De repente, un discípulo se levantó y se dirigió hacia los matorrales en busca de algo que comer. Misteriosamente, su silla desapareció; cuando regresó, ya no había lugar para él. Miró por todas partes, desesperado, y acabó comprendiendo que tenía que marcharse. Pasaron los días, se convirtieron en semanas. Poco a poco, las sillas iban desapareciendo: o bien un discípulo se desvanecía y caía al suelo, o se levantaba.

En primavera no quedaban más que diez que hubiesen soportado el invierno y que ahora vivían las lluvias primaverales y la nueva floración. Aprendían a atrapar al vuelo una hoja llevada por el viento y a masticarla lentamente, o a comer lo que crecía próximo, una raíz o una hierba. La disciplina no solo les había curtido sino que había agudizado sus percepciones. Llegó el verano y, con él, el calor sofocante. Ya no quedaban más que cuatro. En otoño, quedaban dos.

Los músculos de Chao Mu se mantenían sólidos y su espalda derecha. Podía relajarse y llenar cada parte de sí mismo de conciencia y calor. Le bastaba pensar en bayas o raíces... y se materializaban sobre sus rodillas; le bastaba pensar en agua... y su cuenco estaba lleno. Llegó un día en que se quedó solo. Era la vigilia del solsticio de invierno.

Ése fue el día en que regresó el sabio. Ven conmigo -le dijo a Chao Mu. Cuando el joven se levantó vio a un nuevo discípulo a quien el sabio hacía sentar en la silla de bambú. Le hubiese gustado hablar con él, advertirle de lo que le esperaba. Pero sabía que no tenía que hacerlo. El sabio le hizo entrar en el monasterio, a él, que era el único que había quedado en todo el año, para celebrar la fiesta del solsticio en compañía de todos los sabios.

Chao Mu preguntó entonces:

Cada año se retira uno de los treinta y tres que somos, cuando ha completado su trigésimo tercer periplo. Tras un año en el monasterio, estarás preparado para ser un Sabio del Manto de color Ciruela y reemplazarás a uno de nosotros.

Y así se hizo.

Han pasado los siglos, los sabios han dejado su manto pero la tradición no muere. Manteneos atentos. ¿Tal vez habéis encontrado a uno de esos treinta y tres sabios en vuestras vidas? ¿Quién sabe? La vida es tan misteriosa...

CHAO MU ENSEÑA

Las enseñanzas del sabio de la túnica color ciruela.

SOLO VES TU PROPIA REALIDAD

Bajo las ramas de un árbol, al borde del camino, Chao Mu meditaba. Un joven se llegó a él, trastornado.

Ven a sentarte aquí un momento, junto a mí -dijo el sabio.

Se quedaron allí mucho rato, silenciosos. Luego, el sabio se levantó y llevó consigo a su compañero hasta el camino. Mientras andaban en silencio, se dieron cuenta de la belleza de las flores, de la fortaleza de las árboles. Llegaron a un pueblo al mediodía, donde las gentes descansaban y todo irradiaba paz.

De madrugada, el sabio y el joven llegaron a Lo-Yang. Las calles estaban limpias, la gente iba tranquilamente a sus asuntos y el aire fresco halagaba el olfato. Pasearon un rato por el palacio imperial, y luego se sentaron en el patio. El emperador se acercó a ellos sonriendo y dijo:

En el camino de regreso, el estudiante manifestó su sorpresa:

VIVIR O MORIR

Un día, cuando Chao Mu descansaba a la sombra de un árbol, no muy lejos de un cruce de caminos, apareció un hombre muy apurado. Miraba a la derecha, luego a la izquierda, y acabó preguntándole al sabio:

Dime, noble anciano, ¿qué camino debo tomar?

El viajero se sentó entonces al lado del sabio, en silencio. Un estudiante que pasaba por allí les preguntó:

Sin darle al sabio tiempo para contestar, el hombre dijo:

Poco después apareció otro estudiante con la misma pregunta. Nuevamente, el viajero, sentado, respondió antes que el sabio, diciendo en esa ocasión:

Poco después, el viajero envió a un tercer estudiante por el camino de la derecha, y a un cuarto por el último camino.

Pasó largo rato. Finalmente, el sabio y el viajero vieron regresar al primer estudiante, con magulladuras y ensangrentado, luego al segundo, al que le habían robado la ropa. Al último le había detenido la crecida del río. Tan solo el tercero no reapareció. Lleno de alegría, el viajero se puso en pie exclamando:

Los que habían regresado, agotados por su aventura, tuvieron en todo caso la curiosidad de preguntarse:

EL SUFRIMIENTO

En esa ocasión, Chao Mu había elegido descansar a la sombra de un azufaifo. Un estudiante le abordó sollozando.

Como el sabio no contestaba, insistió:

El sabio seguía sin salir de su silencio y el estudiante volvió a la carga:

El sabio señaló con el dedo un lugar a su lado y el estudiante se sentó, siguiendo con sus sollozos sin que el sabio pareciese preocuparse lo más mínimo por eso. En todo caso, un momento después tomó la palabra:

EL PODER DE VIVIR

En esa época del año, todos los sabios y magos del imperio se encontraban reunidos en Lo-Yang para comparar sus conocimientos. Cada uno de ellos había llevado a sus discípulos. Éstos se vanagloriaban los unos ante los otros de los poderes de sus respectivos maestros.

Un árbol se levantó, hizo unas piruetas en el aire y volvió a plantarse en el suelo.

Otro desplazaba una roca, éste caminaba sobre el lago, aquel conseguía volar por encima de la multitud... Y cada estudiante se pavoneaba, alabando a su maestro y las proezas de las que era capaz. Solo había uno que lo observaba todo y permanecía en silencio. Los otros acabaron por volverse hacia él.

Y tu maestro ¿qué hace?

Miraron por todas partes inútilmente. Ahí, ¿no lo veis? Está sentado junto a un árbol. Pues ¿qué es lo que hace de extraordinario?

EL AQUÍ Y EL AHORA

Un estudiante acompañaba al viejo sabio cuando iba de un pueblo a otro.

Un día le preguntó:

EL TROPEZÓN

El viejo sabio salía del agua chorreando y sus discípulos, sentados en la orilla, reían, burlándose de él porque le habían visto tropezar en las piedras y caer al río. El sabio les miraba con semblante severo, parecía enojado, lo que hizo redoblar las risas. Le vieron desnudarse, encender un fuego y poner su ropa a secar.

Para aquellos jóvenes, que seguían las enseñanzas de su maestro cada día, verle caer en el agua había sido una revelación. Sin decir una palabra, el sabio volvió a ponerse la ropa en cuanto estuvo seca y, siempre en silencio, saltó al río y lo cruzó, haciendo signos a sus discípulos de que le siguiesen.

¿Qué tenían que hacer? ¿Iba el maestro, según su costumbre, a enseñarles una lección profunda? Cada uno de ellos a su vez saltó al agua y llegó a la otra orilla.

Entonces el sabio les preguntó sonriendo:

SABIO O MAESTRO

El viejo sabio estaba sentado según su costumbre bajo un ciruelo. Un joven se acercó a él, intrigado.

Anciano, ¿eres un sabio o un maestro?

El sabio tomó una hermosa ciruela y se la tendió al que preguntaba.

Pues yo no debo ser ni un sabio ni un maestro.

ESCUCHAR Y OBSERVAR

Cada día, el viejo sabio caminaba tranquilamente. Sus discípulos eran escasos, porque él no se mostraba hablador. Hablaban ellos y él se contentaba con una ligera inclinación de cabeza o con una reflexión aquí y allá. Enseñaba más con sus actos que con sus palabras. A ellos les correspondía averiguar el significado.

A veces le llamaban el sabio loco por su manera de desconcertar a sus estudiantes.

Un día, uno de ellos le preguntó:

A la hora convenida, el estudiante acudió a la cita. El sabio no estaba. El tiempo pasó y pasó. Por fin, el joven se fue, decepcionado.

Al día siguiente, cuando volvió a ver al sabio, exclamó:

LA NATURALEZA

En su enseñanza, el viejo sabio de la Túnica de color Ciruela decía:

La naturaleza es la clave que lleva a la comprensión de la naturaleza humana, ya que está en el hombre tanto como en un vergel o en la corriente de un río. Como lo sentís y lo veis, observando el crecimiento de las plantas, el fuego da impulso, el agua refresca, el viento dispersa las semillas y participa en la fertilización, la tierra permite el nacimiento de la belleza. Asimismo, el hombre es fuego, agua, aire y tierra. Es invierno, primavera, verano y otoño. Pertenece a la naturaleza y, cuando vive en armonía con ella, comprende la paz que en ella existe.

Comed una ciruela, tiene buen sabor, regenera vuestro cuerpo. El ciruelo está bien mientras sigue creciendo y dando frutas. De la misma manera, vosotros sois una naturaleza en crecimiento. Al respetar la naturaleza que hay en él, permitiéndole evolucionar, dejando que se desarrolle sin perturbarla, el hombre aprende y progresa.

Un día, un estudiante le preguntó:

El viejo sabio le miró con una ligera sonrisa.

El lugar en el que tú te sostienes no es lo importante. Lo importante es cómo vives por tu fuego -el amor-, por tu agua -tus emociones-, por tu aire -tu presencia espiritual- y por la tierra -donde aportas la paz a través de tu naturaleza.

SENTIR LA VIDA

El viejo sabio y sus discípulos estaban bajo un ciruelo. Uno de los jóvenes rompió de repente el silencio para hacer esta pregunta:

Y el sabio le respondió:

LA HUMILDAD

Mientras estaba impartiendo su enseñanza, el viejo sabio les dijo de repente a sus discípulos:

Cuando cada uno de ellos hubo hablado, todos dijeron a coro:

El sabio sonrió, y murmuró:

LA MADRE

El viejo sabio estaba meditando bajo un árbol. Una joven se le acercó y le preguntó, sentándose a sus pies:

El sabio tendió la mano y la puso sobre la cabeza de la joven.

MODERACIÓN

El viejo sabio estaba muy ocupado comiendo ciruelas. Un estudiante que pasaba por allí se detuvo, sorprendido al verle tomar una fruta tras otra.

El estudiante no pudo contenerse mucho tiempo y preguntó:

Y como el estudiante le miraba pasmado, el viejo sabio añadió:

LA VERDAD

El viejo sabio, sentado bajo el ciruelo, veía que un estudiante se dirigía hacia él.

El sabio se levantó e hizo señas al estudiante de que le siguiese. Llegaron a la orilla de un lago.

El joven obedeció, y después de dar unos pasos el sabio le hizo caer y le mantuvo la cabeza bajo el agua por la fuerza. El joven se debatía, intentó gritar, formó burbujas, se movió desordenadamente. Cuando el estudiante se quedó casi inmóvil, el sabio le devolvió ala superficie y le dijo:

FRUTOS DEL SABER

Un joven abordó al viejo sabio, que estaba sentado bajo un ciruelo, para preguntarle:

¿Bajo las ramas de qué árbol estoy sentado? -respondió el sabio.

El sabio se levantó para reemprender la marcha y el estudiante le gritó:

Sin dejar de caminar, el viejo sabio se volvió y dijo:

LAS PREGUNTAS

Como de costumbre, el viejo sabio estaba bajo un ciruelo y un joven que pasaba por allí sintió la necesidad de hablarle. Así que se acercó y dijo:

El sabio se le quedó mirando un buen rato antes de decir:

El joven le agradeció al sabio su sinceridad y siguió su camino. Al cabo de un momento, llegó ante el anciano, que estaba muy ocupado calculando con su ábaco. El joven le planteó de una sola vez todas sus preguntas:

Sin mirarle, el anciano le respondió:

Entonces el anciano le miró. ¿Ese anciano estaba sentado bajo un ciruelo?

Molesto, el joven exclamó:

EL MAESTRO

El viejo sabio estaba acompañado por tres jóvenes a los que acababa de encontrar. Una de sus primeras preguntas fue:

De madrugada llegaron a la orilla de un río. El sabio se quitó la ropa y entró en el agua manteniéndola cuidadosamente por encima de la cabeza. Dos de los discípulos le siguieron, y el tercero pensó: Está loco, y decidió abandonarle.

El sabio y los dos discípulos que quedaban caminaron todo el día. Cuando llegó la noche, se acostaron bajo un árbol. El sabio se envolvió en rayos de luna, pero los dos jóvenes tiritaban y uno de ellos echó a andar solo por el camino. Por la mañana, el sabio pasó despacio por un pueblo. Le dieron un cuenco de arroz, que comió, también recibió legumbres, con las que completó su comida. El tercer discípulo, que aún le seguía, se sorprendió.

Ah. Entonces es posible que no existas.

Y el tercer discípulo se marchó muy molesto. El sabio siguió solo su camino. Un poco más allá, se detuvo para beber. Sentado bajo una roca, a la orilla del agua, sonriendo para sí, pensó:

¡Qué difícil es la vida de un maestro en estos tiempos!

¡Si pudiese haber discípulos en busca de un maestro que no enseñase, sino que viviese ...!

LAS APARIENCIAS

Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

Cinco minutos después apareció una elegante comitiva escoltada por tres guardias que acompañaba a pasear a dos damas.

Al día siguiente, el rey de la provincia organizaba una gran recepción para celebrar el equinoccio e invitó al sabio. También estaban invitados el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le preguntó:

El hombre meneó la cabeza. Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

LA PACIENCIA

Ese día el viejo sabio caminaba lentamente, tan despacio que sus jóvenes discípulos casi se dormían siguiéndole.

Uno de ellos se atrevió a preguntar:

LA PAZ

El viejo sabio estaba paseando solo por el bosque cuando vio que un tigre atacaba a un búfalo de gran cornamenta. Observó la forma en que el búfalo se resistía, y el encarnizamiento del tigre que utilizaba sus garras y sus dientes. La lucha era feroz. Veía brotar la sangre y que los dos animales se debilitaban. El tigre mordió al búfalo en la nuca y el búfalo hirió con un cuerno el flanco del tigre.

Los miró un largo rato, desfallecidos, jadeantes, moribundos.

Después, se acercó al tigre, se arrodilló junto a él y le acarició el hermoso pelaje.

El tigre no hizo ni un movimiento, y sin embargo la vida estaba aún ahí y una mirada profunda le respondió.

A continuación fue hacia el búfalo y el animal le lamió la mano. Entonces, se incorporó y se alejó con lágrimas en los ojos, cavilando:

¿Por qué la vida no conoce la paz más que en sus últimos momentos de desesperación?

EL BALANCE

Hacía unos días que Chao Mu, que había llegado a una edad avanzada, cojeaba de la pierna derecha. Sus discípulos le observaban, sorprendidos, pero ninguno se atrevía a preguntarle lo que le pasaba. Cuando estaban pasando por un hermoso bosque, se dieron cuenta de repente de que el sabio cojeaba de la pierna izquierda y que la derecha ya no parecía tener ningún problema.

En esa ocasión, uno de los estudiantes se animó a preguntarle: