Renuncia - Cuento

Tú renuncia nos ha permitido cruzar el río, porque te has desprendido de parte de tu dinero para pagar al barquero. Tu bolsillo se ha hecho mío.

ANTHONY DE MELLO

LOS DOS MONJES

El ahorro y la renuncia.

Iban de viaje dos monjes, uno de los cuales practicaba la espiritualidad del ahorro, mientras que el otro creía en la renuncia. Se habían pasado el día discutiendo acerca de sus respectivas espiritualidades, hasta que, al atardecer, llegaron a la orilla de un río.

El que creía en la renuncia no llevaba dinero consigo, y le dijo al otro: No podemos pagar al barquero para que nos pase al otro lado, pero tampoco hay que preocuparse por el cuerpo. Será mejor que pasemos aquí la noche alabando a Dios, y seguro que mañana encontraremos a un alma buena que nos pague la travesía.

Y dijo el otro: A este lado del río no hay pueblo, caserío, cabaña ni refugio alguno. Nos devorarán las bestias salvajes, o nos picarán las serpientes, o nos moriremos de frío. Sin embargo, al otro lado del río podremos pasar la noche confortablemente y a salvo. Yo tengo dinero para pagar al barquero.

Y una vez a salvo en la otra orilla, le regañó a su compañero: ¿Has visto para lo que vale el ahorrar dinero? Gracias a ello he podido salvar tu vida y la mía. ¿Qué nos habría ocurrido si yo hubiera sido un hombre de renuncia como tú?.

Y el otro le replicó: Ha sido tu renuncia la que nos ha permitido cruzar el río, porque te has desprendido de parte de tu dinero para pagar al barquero, ¿no es así? Además, como yo no llevaba dinero en mi bolsillo, tu bolsillo se ha hecho mío. La verdad es que he observado que yo no sufro jamás, porque siempre tengo lo que necesito.

LA RENUNCIA

Cuando Buda entró en la capital del rey Pransanjit, el propio rey en persona salió a recibirlo. Había sido amigo del padre de Buda y había oído hablar del tremendo espíritu de renuncia del muchacho. De modo que intentó persuadir a Buda de que renunciara a su vida de mendigo errante y regresara al palacio, pensando que con ello estaba prestando un servicio a su viejo amigo.

Buda se quedó mirando a los ojos de Pransanjit y dijo: Respóndeme sinceramente: a pesar de toda tu aparente alegría, ¿te ha dado tu reino un solo día de felicidad?

Pransanjit bajó su mirada y permaneció mudo.

No hay mayor alegría
que no tener motivo de tristeza;
no hay mayor riqueza
que contentarse con lo que uno tiene.

EL AHORRO

Un avaro había acumulado quinientos mil dinares y se las prometía muy felices pensando en el estupendo año que iba a pasar haciendo cábalas sobre el mejor modo de invertir su dinero. Pero, inesperadamente, se presentó el Ángel de la Muerte para llevárselo consigo.

El hombre se puso a pedir ya suplicar, apelando a mil argumentos para que le fuera permitido vivir un poco más, pero el Ángel se mostró inflexible. Concédeme tres días de vida, y te daré la mitad de mi fortuna, le suplicó el hombre. Pero el Ángel no quiso ni oír hablar de ello y comenzó a tirar de él. Concédeme al menos un día, te lo ruego, y podrás tener todo lo que he ahorrado con tanto sudor y esfuerzo Pero el Ángel seguía impávido.

Lo único que consiguió obtener del Ángel fueron unos breves instantes para escribir apresuradamente la siguiente nota: A quien encuentre esta nota, quienquiera que sea: si tienes lo suficiente para vivir, no malgastes tu vida acumulando fortunas. ¡Vive! ¡Mis quinientos mil dinares no me han servido para comprar ni una sola hora de vida!

Cuando muere un millonario y la gente pregunta: ¿Cuánto habrá dejado?, la respuesta, naturalmente, es: Todo.

Aunque la respuesta también puede ser: No ha dejado nada. Le ha sido arrebatado.