La iluminación espiritual

Frases Rosario Castellanos

Citas Rosario Castellanos


Visitaría en Europa lo típico: alguna ruina humeante o algún pueblo afilando las garras y los dientes. Alguna catedral mal ventilada, invadida de moho y oro inútil y en el fondo un cartel: Negocio en quiebra.

Ese día de amor yo fui como la tierra: sus jugos me sitiaban tumultuosos y dulces y la raíz bebía con mis poros el aire y un rumor galopaba desde siempre para encontrar los cauces de mi oreja.

No es que el poeta busque soledad, es que la encuentra.

No es que el poeta busque la soledad, es que la encuentra.

Yo muero de mirarte y no entender.

Y cuando bailan, cuando se deslizan o cuando burlan una ley o cuando se envilecen, sonríen, entornan levemente los parpados, contemplan el vacío que se abre en sus entrañas y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Hay ceguera y el hambre los alumbra y la necesidad, mas dura que metales.

Miro las herramientas, el mundo que los hombres hacen, donde se afanan, sudan, paren , cohabitan.

Estábamos entonces cerca, apretados, juntos. No era como ahora.

En mi aridez, aquí, llevo la marca de su pie sin regreso.

Hombrecito, ¿que quieres hacer con tu cabeza? ¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo? ¿Castrar al potro Dios? Pero Dios rompe el freno y continua engendrando magnificas criaturas, seres salvajes cuyos alaridos rompen esta campana de cristal.

Y no podemos escapar viviendo porque la vida es una de sus mascaras.

No es equitativo, y por lo tanto tampoco es legitimo que uno tenga la oportunidad de formarse intelectualmente y que al otro no le quede mas alternativa que la de permanecer sumido en la ignorancia.

Pero alguien (ya no acierto con la estructura inmensa de su nombre) dijo entonces: No es bueno que la belleza este desamparada y electrizo una célula.

Feliz de ser quien soy, solo una gran mirada: ojos de par en par y manos despojadas.

Que cuidadosamente nos mentimos. Que cotidianamente planchamos nuestras mascaras para hormiguear un rato bajo el sol.

Para el amor no hay tregua, amor. La noche no se vuelve, de pronto, respirable. Y cuando un astro rompe sus cadenas y lo ves zigzaguear, loco, y perderse, no por ello la ley suelta sus garfios.

Mujer que sabe latín | Rosario Castellanos.

Era como un durazno o como una mejilla y encerraba la dicha como los labios encierran cada beso.

Debe haber otro modo… Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.

Llevo la marca de su pie sin regreso.

El hombre es animal de soledades, ciervo con una flecha en el ijar que huye y se desangra.

No te acerques a mi, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates. Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren de algo peor que vergüenza. Yo me muero de mirarte y no entender.

Mi sangre se enardece igual que una jauría olfateando la presa y el estrago pero bajo tu voz mi corazón se rinde en palomas devotas y sumidas.

éramos el abrazo de amor en que se unían el cielo con la tierra.

Pero Dios rompe el freno y continua engendrando magnificas criaturas, seres salvajes cuyos alaridos rompen esta campana de cristal.

No, no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi ni apurar el arsénico de Madame Bo Vary ni aguardar en los paramos de avala la visita del ángel con venablo antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar.

No soy de los que exprimen su corazón en un lugar violento. Soy de los que atestiguan la belleza y la muerte de la rosa.

La oscuridad engendra la violencia y la violencia pide oscuridad para cuajar el crimen.

¿Como podrías estar solo a la hora completa, en que las cosas y tu hablan y hablan, hasta el amanecer?

Y los signos se cierran bajo mis ojos como la flor bajo los dedos torpísimos de un ciego.

Para el amor no hay cielo, amor, solo este día.

Venturosa ciudad amurallada, ceñida de milagros, descanso en el recinto de este cuerpo que empieza donde termina el mío.

Tu sabor se anticipa entre las uvas que lentamente ceden a la lengua comunicando azucares íntimos y selectos.

La manzana cayo; pero no sobre un Newton de fácil digestión, sino sobre el atónito apetito de Adán (se atraganto con ella como era natural).

No era como ahora que parecemos aventadas nubes o dispersadas hojas.

No te acerques a mi, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates. Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren de algo peor que vergüenza. Yo muero de mirarte y no entender.

Porque hay aun un continente verde que imanta nuestras brújulas. Un ancho acabamiento de pirámides en cuyas cumbres bailan doncellas vegetales con ritmos milenarios y recientes.

Compartimos solo un desastre lento.

Rio de sangre, cinturón de fuego. En las tierras que tiñe, en la selva multípara, en el litoral bravo de mestiza mellado de ciclones y tormentas, en este continente que agoniza bien podemos plantar una esperanza.

Hombrecito, ¿Que quieres hacer con tu cabeza? ¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo? ¿Castrar al potro Dios?

Y entonces supe: yo no estaba allí ni en ninguna otra parte ni había estado nunca ni estaría.

El mundo era la forma perpetua del asombro renovada en el ir y venir de la ola, consubstancial al giro de la espuma y el silencio, una simple condición de las cosas.

Es esta rueda isócrona fija entre cuatro cirios, esta nube exprimida y paralitica y esta sangre blancuzca en un tubo de ensayo.

Amigo, no es posible ni nacer ni morir sino con otro. Es bueno que la amistad le quite al trabajo esa cara de castigo y a la alegría ese aire ilícito de robo.

Aprendí, si no a dar mas que no es fácil, si a pedir menos que casi es indispensable.

Engaño en este ciego desnudarse, terror del ataúd escondido en el lecho, del sudario extendido y la marmórea lapida cayendo sobre el pecho.

Al pie de un sauce, triste Narciso de las aguas, o cerca de una roca inexorable quiero dejar mi cuerpo como el que deja ropas en la playa.

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