El derecho de los animales es una prueba para la civilización

Mientras el Hombre siga siendo el destructor implacable de los seres vivos inferiores, no conocerá la salud o la paz. Si masacran no habrá amor real.

JBN LIE

LOS ANIMALES Y SUS DERECHOS

Mientras el Hombre siga siendo el destructor implacable de los seres vivos inferiores, no conocerá la salud o la paz. Mientras los hombres masacren animales, se matarán unos a otros. En verdad, aquel que siembra las semillas de la muerte y el dolor no puede cosechar alegría y amor. Pitágoras

Hace 25 siglos, Pitágoras, fundador de una orden religiosa comunal ascética y vegetariana, empezó a plantear la causa contra la mitología establecida del consumo de carnes en beneficio de los animales no humanos, esperando poner fin a las insensibles y erróneas costumbres de sus contemporáneos. Sin embargo, aún en nuestros días, la ignorancia, la tradición y la gula prevalecen sobre la justicia y el sentido común. Como resultado, millones de seres sensibles viven una existencia corta y miserable, mientras nuestra propia salud y calidad de vida está amenazada por una miríada de enfermedades infecciosas debidas al deseo sangriento de una cultura carnívora basada en la gratificación autodestructiva.

Incontables millones de animales son destinados a afrontar horrores inimaginables, a sufrir y morir en orificios infernales y cárceles inmundas donde sus cuerpos enfermizos adquieren el despreciable valor monetario que tienen asignado. No pueden escapar a su lamentable destino porque los seres humanos carecen de la imaginación necesaria para llegar a comprender el horror de esta absurda explotación. La lucha por la justicia requiere determinación y motivación sincera para conseguir un cambio social que nos libere a nosotros de nuestra ignorancia y a los animales de sus cadenas.

El sino de los animales es también la bola de cristal en la que vemos reflejado nuestro propio destino, y la forma en que modelemos su futuro también determinará la naturaleza y alcance del camino que vamos a seguir. La lucha por los derechos de los animales es también una afirmación de nuestra identidad, pues el rechazo de la violencia nos ayudará a reevaluar nuestras vidas y aspiraciones en armonía con la naturaleza y así garantizar el futuro del planeta.

¿Qué podría justificar probablemente cualquier forma de explotación animal? ¿Quién puede contemplar a la inocente víctima de una corrida de toros u otro festejo sangriento morir por las heridas deliberadamente infligidas y a pesar de ello calificarse a sí mismos como civilizados? ¿Qué validez tienen las creencias religiosas que etiquetan a otros seres como criaturas inferiores? ¿Cómo podemos comer lo que una vez fue carne viva y a pesar de eso hablar de vida sana? ¿Qué lógica existe en herir intencionadamente a otros a la vez que se espera un tratamiento para curar el propio dolor o enfermedad? ¿En realidad nos hace bellos el uso de subproductos de matadero y de sustancias testeadas sobre animales? ¿Por qué hablamos de necesidades cuando realmente nos referimos a apetencias?

La respuesta a estas acuciantes cuestiones demostrará que nuestras acciones y pensamientos determinan nuestro estado de salud físico y mental; que ni provecho ni alegría pueden derivarse del daño; que la belleza interior tiene más valor que el aspecto físico; que la compasión aporta muchas recompensas; que del amor y la compasión emerge la satisfacción espiritual; y que descubrir nuestras raíces es un requisito esencial para distinguir entre necesidades y apetencias.

La razón, como ilustraba Sócrates, era el camino hacia la felicidad humana que condujo al nacimiento del Humanismo. A pesar de nuestro origen común y nuestra cercana relación con los animales no humanos, que viven todavía mayormente según sus instintos, la obsesión humana y la dependencia en la explotación y degradación de otros, de todas las formas posibles y bajo todos los motivos posibles, da fe de una ética ciega de consumo que se encuentra muy apartada de nuestra verdadera naturaleza como comedores de frutas y plantas y mantiene a la mayor parte de la humanidad y a sus papilas gustativas cautivas de esta herencia sangrienta. Bien a través de la intransigencia religiosa o de otras opiniones supremacistas que buscan la exaltación de alguna diferencia étnica o especista por encima de los intereses de otros, los seres humanos han establecido un conjunto de reglas artificiales para ayudarles a modelar el mundo acorde a sus propios esquemas egoístas, contando con la carne como símbolo de supremacía, así como para ejercer su dominio sobre la naturaleza y los demás.

El hecho de comer carne también ha dependido de las costumbres imperantes y la tradición religiosa, reforzada por el concepto racionalista, antropocéntrico y jerárquico del mundo promulgado por los pensadores occidentales desde Aristóteles hasta Descartes, que creían que ni la civilización ni la supervivencia humana eran posibles sin una antinatural dependencia de otras especies para alimento, vestimenta y muchas otras finalidades, con el objetivo utilitarista de hacer la vida humana más larga, más segura y más agradable sin tomar en consideración los intereses de otros animales o verdaderamente nuestra propia salud y bienestar.

EL VINCULO HUMANO-ANIMAL

La pugna entre una visión del mundo autoritaria y una libertaria es tan común en la actualidad como en la China del siglo VI a.C. cuando la aspiración utilitarista de Confucio de dominar y regular la naturaleza y la sociedad se oponía a la creencia taoísta de que todo podía convivir en una armonía espontánea. Al igual que los budistas, la visión holística del universo de los taoístas ofrecía un camino para la iluminación espiritual y una guía para la vida correcta. En esto, difería de la naturaleza jerárquica y autoritaria del confucionismo y otras culturas y religiones menos ecocéntricas que buscaban justificar y excusar el sometimiento egoísta de los animales y la naturaleza para sus propias finalidades.

Las actitudes hacia los animales han sido el resultado de limitaciones impuestas por la cultura y la tradición y el nivel de empatía, fantasía y evolución reinante en las sociedades humanas: por ejemplo, muchas culturas humanas consideran impensable comer perros mientras otras comerán cualquier cosa que nade o se arrastre.

Los animales han llenado (y también ultrajado) nuestros estómagos, nuestras mentes y nuestra imaginación, y sin embargo su afecto desinteresado es recompensado con la traición y el rechazo. Ellos inspiraron Dioses y Demonios a quienes la sociedad humana invocó en busca de intervención divina. Incluso como la encarnación del Diablo fueron también blanco del castigo religioso y público. Han sido reverenciados y también temidos. Limpios o sucios, sagrados o vulgares, han sido venerados u odiados, adorados o masacrados, idolatrados o digeridos.

Según Santo Tomás de Aquino, el intérprete de la cristiandad medieval, poseídos por espíritus malignos, los animales (principalmente los cerdos, que se buscaron problemas fácilmente como carroñeros errantes libres, pero también los asnos, toros, gatos, pollos, delfines, cabras, caballos, ovejas, lobos y otros) fueron considerados como carentes de alma y durante doce siglos fueron físicamente sometidos a juicio en toda Europa y las colonias americanas por supuestos crímenes graves. Sufrieron degradación pública y mutilación; fueron quemados, enterrados vivos, torturados y estrangulados, con la bendición de la Summa Theologica de Aquino, que proclamó que los animales poseídos por las Fuerzas del Infierno podían legítimamente ser castigados como satélites de Satán.

A medida que la humanidad se modificaba y se apartaba cultural y socialmente del mundo natural, los animales jugaban un papel cada vez más ambivalente en las sociedades humanas como símbolos totémicos y como compañeros, con muy pocas voces disidentes que cuestionasen las implicaciones sociales y morales de las muchas crueldades infligidas sobre ellos. Desde las antiguas civilizaciones e imperios hasta la era cristiana, la cultura occidental no ha modificado de modo significativo su visión esencialmente utilitarista de los animales no humanos, resaltando tanto las diferencias como las similitudes entre especies como justificación para su explotación continuada. Pero si nuestros cuerpos eran tan similares y por consiguiente, posiblemente, igualmente capaces de sentir dolor, la Europa del siglo XVII necesitaba delimitar una separación entre hombre y bestia para justificar el estatus servil de los animales como objetos y para alimentar el creciente interés por la nueva ciencia de la fisiología.

La descripción especulativa de René Descartes de los animales como simples autómatas faltos de alma representó un revés para quienes luchaban por la amabilidad hacia los animales. Sin embargo, aunque esta argumentación es todavía aducida tanto por intereses comerciales, como por intereses viviseccionistas y religiosos para justificar el móvil lucrativo y el orden establecido, el espíritu del humanitarismo jamás dejó de existir gracias a poetas de la Naturaleza tales como Burns, Blake y Wordsworth, pues la influencia de su poesía sobre la mentalidad colectiva fue mayor que la de los sermones públicos de sacerdotes demasiado preocupados por las cuestiones humanas como para defender la causa de los animales. En España, donde el clero ha tolerado las fiestas taurinas en lugar de condenarlas, los curas pueden de hecho participar en estos sangrientos espectáculos sin riesgo de excomunión.

ANIMALES LIBRES

Crueldad frente a la búsqueda de la libertad.

La Europa del siglo XVIII presenció no solo el nacimiento de las corridas de toros como se conocen en la actualidad, sino también algunas de las más espantosas crueldades imaginables. La crueldad y el maltrato de animales se introdujeron tan profundamente en el folklore y las canciones infantiles como en la vida cotidiana, tal como lo describe en 1751 William Hogarth en sus cuatro Fases de Crueldad (detallando la caída de un chico que pedía limosna desde la brutalidad hasta el asesinato), que incluso aquellos que pudieran levantar la voz frente a casos particulares de crueldad habrían sido incapaces de captar la extensión del daño que ellos mismos infligían a los animales de otras maneras - del mismo modo que en la actualidad la caza o las fiestas taurinas levantan justificada indignación entre muchas personas que después no encuentran ninguna contradicción entre aquello y el sabroso bocado de corderito que tienen en su plato.

En el Siglo de las Luces y principios del siglo XIX, al mismo tiempo que la esclavitud humana estaba siendo cuestionada seriamente en las sociedades industriales, se trazó un paralelismo entre la esclavitud humana y la animal que marcó el nacimiento del movimiento de bienestar animal/derechos de los animales como un desafío directo a la antropocéntrica interpretación aristotélica establecida de la naturaleza en la cual los animales y seres humanos menos racionales y menos perfectos no merecían igual consideración por parte de sus amos.

Los activistas contra la esclavitud y la injusticia social como Richard Martin, William Wilberforce y Lord Shaftsbury también fueron activos en la causa de los animales. Cuando a Henry Bergh, pionero de las sociedades de bienestar animal en América, le pidieron interceder por un "pequeño animal" que sufría a manos de una mujer brutal, aceptó el reto y consiguió demandar con éxito a la mujer por crueldad hacia un animal. El animal era de hecho un niño humano, y la RSPCA británica colaboró en la creación de la Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad hacia los Niños de Nueva York. La Liga Humanitaria, co-fundada por Henry Salt en Gran Bretaña, también estuvo activa hasta 1919.

Por muy prometedores que fueran sus comienzos, la reforma humanitaria sin embargo no representó un serio desafío a un defectuoso sistema social cimentado en las espaldas de aquellos menos capaces de defenderse a sí mismos: las incontables especies animales explotadas por su carne, piel u órganos, así como los muchos humanos desfavorecidos, incluidos mujeres y niños, que eran y todavía son incapaces de disfrutar sus propias vidas sin obstáculo o amenaza de violencia.

Los prejuicios, la ignorancia y la codicia son buenos aliados: con la ayuda de empresarios que nos recomiendan qué comer, comprar, usar, ver, etc., la mayoría somos persuadidos a amoldarnos y mantener el orden establecido sin dudas, haciendo más difícil incluso hacer frente a cualquier forma de crueldad institucionalizada como las corridas de toros, abolidas en España y en las colonias americanas en 1805 y aprobadas de nuevo por real decreto en la España democrática de 1992. En otros países que, como España, carecen igualmente de una legislación efectiva de protección animal, una campaña por la justicia hacia los animales es todavía considerada como un desafío directo al sistema.

Según un sondeo reciente, el 82% de los españoles no ha asistido jamás a una corrida de toros y el 87% condena el sufrimiento animal en espectáculos públicos. Sin embargo, la complicidad de intereses poderosos, incluyendo la Iglesia y otras instituciones públicas, a través de su silencio e incluso apoyo abierto hacia los espectáculos sangrientos (promoviendo una insólita y patológica fascinación por los rituales de muerte), ha impedido con éxito la adopción de leyes de bienestar animal que podrían equiparar el código penal español con los de otros miembros de la Unión Europea en cuanto a legislación humanitaria.

Las corridas de toros, como el acoso de osos o toros con perros en Gran Bretaña (donde se pensaba que tales prácticas preparaban a los hombres para luchar en las guerras), poseían una cierta justificación práctica o política subyacente en España y Latinoamérica puesto que se pensaba que tales espectáculos tenían un efecto silenciador sobre la disidencia política: la gente que aguantaba mientras los animales morían desangrados públicamente difícilmente podía mostrarse aprensiva ante la injusticia social - algo que sigue siendo igual de cierto en nuestros días. Como corresponde a la realeza, el Rey Juan Carlos de España, que es cazador él mismo, es también uno de los más apasionados defensores de los festejos taurinos, un espectáculo que se beneficia de dinero público para promover la celebración de corridas de toros en ciudades y pueblos que de otro modo no dispondrían de los recursos para hacerlo. Otra área que merece seria atención es la de los cientos de fiestas religiosas en las que los animales son perseguidos, torturados y asesinados en honor de diversos santos.

Para poner freno a los estragos de la civilización necesitamos afrontar las preocupaciones humanitarias de un modo civilizado y adoptar leyes y soluciones éticas para rectificar los errores y excesos de una sociedad de consumo que se enfrenta a la convulsión social y a la catástrofe ecológica. No podemos legítimamente esperar gozar de derechos o privilegios sociales que nosotros mismos negamos conscientemente a otros individuos igualmente merecedores de ellos pero menos afortunados que nosotros. Necesitamos una ética universal de respecto por la vida y respaldar y extender los derechos legales esenciales a todos los seres sensibles, como ahora se recoge en la Constitución alemana, para garantizarles una vida sin miedo a la persecución, la crueldad o el maltrato.