LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL

ESPIRITUALIDAD SIN CREENCIAS

ESCRITOS Y CUENTOS PARA EL CRECIMIENTO Y CONOCIMIENTO INTERIOR
UNA PALABRA Y SIN TILDE

BIENAVENTURANZA

POR: RAJINDER SINGH

Al dar poder a la mente y cuerpo, en vez de dar al alma, nos encontramos lejos del néctar divino de bienaventuranza que aguarda en nuestro interior.

Imagen Bienaventuranza

EL TODO CONSCIENTE

El alma y Dios son uno y lo mismo.

INTRUDUCCIÓN

Sant Rajinder Singh Ji describe a continuación otra cualidad del alma que es la valentía: “Nuestra alma, que es del todo consciente, es parte de Dios y, por lo tanto, no conoce el miedo, ya que Dios es omnisciente y el alma está unida al Señor; es Dios en miniatura. Dios no siente temor y el alma tampoco. Es sólo por no estar en contacto con el alma que comenzamos a temer.

El alma es la verdad y es totalmente consciente. Estar en conexión con la Verdad Absoluta significa no tener miedo. Así, no puede haber temor en el alma. La cualidad de la sabiduría que posee el alma le da acceso al conocimiento de todo lo que existe. No hay nada potencialmente desconocido para el alma. Ella sabe lo que es y lo que será. ¿A qué debería temer? Quienes se han puesto en contacto con su alma, los santos, místicos, profetas y seres iluminados, llegaron a entender, por medio de la experiencia directa, el proceso de la muerte. Este conocimiento elimina el temor a la muerte”. A continuación, Sant Rajinder Singh Ji nos habla de otros dos atributos del alma, el amor incondicional y la bienaventuranza.

El alma ama incondicionalmente, porque Dios ama incondicionalmente. El alma y Dios son uno y lo mismo. Si nosotros nos conectamos con el alma y miramos al mundo a través de sus ojos, no sólo podemos amar incondicionalmente, sino también experimentar el amor incondicional de Dios por nosotros. El sol no discrimina sobre qué flores brillar. Derrama su luz sobre todas por igual. Por lo tanto las rosas y violetas, los tulipanes y rastrojos, todos reciben la misma luz. Así es con el amor de Dios. Brilla para todos nosotros, seamos hombres o mujeres, hindúes o musulmanes, cristianos o judíos, Sikhs o sufíes, parsis o jaínos. Brilla para nosotros sin importar el color del cabello, piel u ojos. Cuando experimentamos nuestra alma y empezamos a identificarnos con ella, también crecemos en nuestro amor por todos los demás.

Otra cualidad del alma es la bienaventuranza interminable, insondable y eterna. El alma vive en un estado de perpetua bienaventuranza. Rebosa en un éxtasis que la arroba día y noche.

Es difícil describir la intensidad de esta bienaventuranza. La única analogía que podemos dar es cuando pensamos en nuestros momentos más felices en este mundo y los multiplicamos por mil. Por ejemplo, hay momentos de gran alegría como cuando nos casamos, tenemos un hijo, recibimos un ascenso, un reconocimiento por nuestro trabajo, ganamos un campeonato, salvamos una vida o alcanzamos una meta. Puede que sea difícil imaginar esto, pero las alegrías que sentimos en estos momentos son apenas un atisbo de la bienaventuranza que se experimenta en las profundidades del alma. Si podemos volver a conectarnos con el alma, el arrobamiento interminable permanecerá con nosotros todo el día y nos protegerá de los dardos y flechas de la vida.

Cuando le damos poder a la mente y al cuerpo, en vez de dárselo al alma, nos encontramos muy lejos del néctar divino de bienaventuranza que aguarda en nuestro interior. Somos inconscientes de nuestro verdadero estado de felicidad. La razón por la que sentimos tristeza y dolor es porque vivimos en el reino de los sentidos. Es como vivir un sueño. Todo parece real. Mientras no despertemos del sueño, nuestra existencia física nos sigue pareciendo real. Es como si fuéramos la Bella Durmiente. Mientras no venga el Príncipe encantador y la despierte de su sueño con un beso, seguirá inconsciente. Nosotros, también, dormimos. Tenemos que despertar de este sueño y experimentar la realidad del alma.


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