El evangelio de la paz

Padre nuestro que estás en los cielos, bendito sea Tu Nombre. Venga a nosotros Tu Reino. Hágase Tu Voluntad como en los cielos así en la tierra.

LA BIBLIA

LOS ROLLOS DEL MAR MUERTO

Y era en el lecho de un río donde muchos enfermos ayunaban y oraban con los ángeles de Dios durante siete días y siete noches. Y grande fue su recompensa, pues seguían las palabras de Jesús. Y al acabar el séptimo día todos sus dolores les abandonaron. Y cuando el sol se levantó sobre el horizonte de la tierra, vieron que Jesús venía hacia ellos desde la montaña, con el resplandor del sol naciente alrededor de su cabeza.

La paz sea con vosotros

Y ellos no dijeron una palabra, sino que solo se postraron ante él y tocaron el borde de su vestidura en agradecimiento por su curación. No me deis las gracias a mí, sino a vuestra Madre Terrenal, la cual os envió a sus ángeles sanadores. Id y no pequéis más, para que nunca volváis a conocer la enfermedad. Y dejad que los ángeles sanadores sean vuestros guardianes. Pero ellos le contestaron: ¿Adónde iremos, Maestro? Pues en ti están las palabras de la vida eterna. Dinos cuáles son los pecados que debemos evitar, para que nunca más conozcamos la enfermedad.

Jesús respondió: Así sea según vuestra fe, y se sentó entre ellos diciendo:

Fue dicho a aquellos de los antiguos tiempos: Honra a tu Padre Celestial y a tu Madre Terrenal y cumple sus mandamientos, para que tus días sean cuantiosos sobre la tierra. Y luego se les dio el siguiente mandamiento: No matarás, pues Dios da a todos la vida, y lo que Dios ha dado no debe el hombre arrebatarlo. Pues en verdad os digo que de una misma Madre procede cuanto vive sobre la tierra. Por tanto quien mata, mata a su hermano. Y de él se alejará la Madre Terrenal y le retirará sus pechos vivificadores. Y se apartarán de él sus ángeles y Satán tendrá su morada en su cuerpo. Y la carne de los animales muertos en su cuerpo se convertirá en su propia tumba. Pues en verdad os digo que quien mata se mata a sí mismo, y quien come la carne de animales muertos come del cuerpo de la muerte. Pues cada gota de su sangre se convierte en la suya en veneno; su respiración en la suya en hedor; su carne en la suya en forúnculos; sus huesos en los suyos en yeso; sus intestinos en los suyos en descomposición; sus ojos en los suyos en costras; sus oídos en los suyos en ceras. Y su muerte será la suya propia. Pues solamente en el servicio de vuestro Padre Celestial son vuestras deudas de siete años perdonadas en siete días. Mientras que Satán no os perdona nada y debéis pagarle todo. Ojo por ojo diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, vida por vida, muerte por muerte. Pues el coste del pecado es la muerte. No matéis, ni comáis la carne de vuestra inocente presa, no sea que os convirtáis en esclavos de Satán. Pues ese es el camino de los sufrimientos y conduce a la muerte. Sino haced la voluntad de Dios, de modo que sus ángeles os sirvan en el camino de la vida. Obedeced, por tanto, las palabras de Dios: Mirad, os he dado toda hierba que lleva semilla, sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol, en el que se halla el fruto de una semilla que dará el árbol. Este será vuestro alimento. Y a todo animal de la tierra, y a toda ave del cielo, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, donde se halle el aliento de la vida, doy toda hierba verde como alimento. También la leche de todo lo que se mueve y que vive sobre la tierra será vuestro alimento. Al igual que a ellos les he dado toda hierba verde, así os doy a vosotros su leche. Pero no comeréis la carne, ni la sangre que la aviva. Y en verdad demandaré vuestra sangre que brota con fuerza, y vuestra sangre en la que se halla vuestra alma. Demandaré todos los animales asesinados y las almas de todos los hombres asesinados. Pues yo el Señor tu Dios soy un Dios fuerte y celoso, castigando la iniquidad de los padres sobre sus hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos quienes me odian, y mostrando misericordia hacia los millares de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos. Ama al Señor tu Dios con todo corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; éste es el primer y más grande mandamiento. Y el segundo es según éste: Ama a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento más grande que éstos.

Y tras estas palabras todos permanecieron en silencio, excepto uno que voceó: ¿Qué debo hacer, Maestro, si veo que una bestia salvaje ataca a mi hermano en el bosque? ¿Debo dejar perecer a mi hermano o matar a la bestia salvaje? ¿No transgrediría así la ley?

Y Jesús le respondió: Fue dicho a aquellos de los antiguos tiempos: Todos los animales que se mueven sobre la tierra, todos los peces del mar y todas las aves del cielo, han sido puestos bajo vuestro poder. En verdad os digo que de todas las criaturas que viven sobre la tierra, solo el hombre creó Dios a su imagen. Por ello, los animales son para el hombre, y no el hombre para los animales. No transgredirás, por tanto, la ley si matas al animal salvaje para salvar a tu hermano. Pues en verdad te digo que el hombre es más que el animal. Pero quien mata al animal sin causa alguna, sin que éste le ataque, por el deseo de matar, o por su carne, o por su piel, o incluso por sus colmillos, malvada es la acción que comete, pues él mismo se convierte en bestia salvaje. Y por tanto su fin ha de ser también como el fin de los animales salvajes.

Y otro dijo entonces: Moisés, el más grande de Israel, consintió a nuestros antepasados comer la carne de animales limpios, y solo prohibió la carne de los animales impuros. ¿Por qué, entonces, nos prohíbes la carne de todos los animales? ¿Qué ley viene de Dios, la de Moisés o la tuya?

Y Jesús respondió: Dios dio, a través de Moisés, diez mandamientos a vuestros antepasados. Estos mandamientos son duros, dijeron vuestros antepasados y no pudieron cumplirlos. Cuando Moisés vio esto, tuvo compasión de sus gentes y no quiso que se perdiesen. Y les dio entonces diez veces diez mandamientos, menos duros, para que los siguiesen. En verdad os digo que si vuestros antepasados hubiesen sido capaces de seguir los diez mandamientos de Dios, Moisés no habría tenido nunca necesidad de sus diez veces diez mandamientos. Pues aquel cuyos pies son fuertes como la montaña de Sión, no necesita muletas; mientras que aquél cuyos miembros flaquean, llega más lejos con muletas que sin ellas. Y Moisés dijo al Señor: Mi corazón está lleno de tristeza, pues mi pueblo se perderá. Porque no tienen conocimiento, ni son capaces de comprender tus mandamientos. Son como niños pequeños que no pueden entender aún las palabras de su padre. Consiente, Señor, que les dé otras leyes, para que no se pierdan. Si ellos no pueden estar contigo, Señor, que al menos no estén contra ti; que puedan mantenerse a sí mismos, y cuando haya llegado el momento y estén maduros para tus palabras, revélales tus leyes. Por eso rompió Moisés las dos tablas de piedra donde estaban escritos los diez mandamientos, y les dio en su lugar diez veces diez. Y de estas diez veces diez, los escribas y los fariseos han hecho cien veces diez mandamientos. Y han puesto insoportables cargas sobre vuestros hombros, que ni ellos mismos sobrellevan. Pues cuanto más cercanos a Dios están los mandamientos, menos necesitamos; y cuanto más lejanos se hallan de Dios, más necesitamos entonces. Por eso innumerables son las leyes de los fariseos y de los escribas, siete las leyes del Hijo del Hombre, tres las de los ángeles; y una la de Dios.

Por eso yo solamente os enseño las leyes que podéis comprender, para que os convirtáis en hombres y sigáis las siete leyes del Hijo del Hombre. Entonces os revelarán también los ángeles sus leyes, para que el espíritu santo de Dios descienda sobre vosotros y os guíe hacia su ley.

Y todos estaban asombrados de su sabiduría, y le pedían: Continúa Maestro, y enséñanos todas las leyes que podemos recibir.

Y Jesús continuó: Dios ordenó a vuestros antepasados: No matarás. Pero su corazón estaba endurecido y mataron. Entonces, Moisés deseó que por lo menos no matasen hombres, y les permitió matar a los animales. Y entonces el corazón de vuestros antepasados se endureció más aún, y mataron a hombres y animales por igual. Mas yo os digo: No matéis ni a hombres ni a animales, ni siquiera el alimento que llevéis a vuestra boca. Pues si coméis alimento vivo, él mismo os vivificará; pero si matáis vuestro alimento, la comida muerta os matará también. Pues la vida viene solo de la vida, y de la muerte viene siempre la muerte. Porque todo cuanto mata vuestros alimentos, mata también a vuestros cuerpos. Y todo cuanto mata vuestros cuerpos también mata vuestras almas. Y vuestros cuerpos se convierten en lo que son vuestros alimentos, igual que vuestros espíritus se convierten en lo que son vuestros pensamientos. Por tanto, no comáis nada que el fuego, el hielo o el agua haya destruido. Pues los alimentos quemados, helados o descompuestos quemarán, helarán y corromperán también vuestro cuerpo. No seáis como el loco agricultor que sembró en su campo semillas cocinadas, heladas y descompuestas. Y llegó el otoño y sus campos no dieron nada. Y grande fue su aflicción. Sino sed como el agricultor que sembró en su campo semilla viva, y cuyo campo dio espigas vivas de trigo, pagándole el céntuplo por las semillas que plantó. Pues en verdad os digo, vivid solo del fuego de la vida, y no preparéis vuestros alimentos con el fuego de la muerte, que mata vuestros alimentos, vuestros cuerpos y también vuestras almas.

Maestro ¿dónde se halla el fuego de la vida?, preguntaron algunos de ellos.
En vosotros, en vuestra sangre y en vuestros cuerpos
¿Y el fuego de la muerte?, preguntaron otros.

Es el fuego que arde fuera de vuestro cuerpo, que es más caliente que vuestra sangre. Con ese fuego de muerte cocináis vuestro alimento en vuestros hogares y en vuestros campos. En verdad os digo que el mismo fuego destruye vuestro alimento y vuestros cuerpos como el fuego de la maldad que destroza vuestros pensamientos y destroza vuestros espíritus. Pues vuestro cuerpo es lo que coméis, y vuestro espíritu es lo que pensáis. No comáis nada, por tanto, que haya matado un fuego más fuerte que el fuego de la vida. Preparad, pues, y comed todas las frutas de los árboles, todas las hierbas de los campos y toda leche de los animales buena para comer. Pues todas estas cosas las ha nutrido y madurado el fuego de la vida, todas son dones de los ángeles de nuestra Madre Terrenal. Mas no comáis nada a lo que solo el fuego de la muerte haya dado sabor, pues tal es de Satán.

¿Cómo deberíamos cocer sin fuego el pan nuestro de cada día, Maestro?,
preguntaron algunos con desconcierto.

Dejad que los ángeles de Dios preparen vuestro pan. Humedeced vuestro trigo para que el ángel del agua lo penetre. Ponedlo entonces al aire, para que el ángel del aire lo abrace también. Y dejadlo de la mañana a la tarde bajo el sol, para que el ángel de la luz del sol descienda sobre él. Y la bendición de los tres ángeles hará pronto que el germen de la vida brote en vuestro trigo. Moled entonces vuestro grano y haced finas obleas, como hicieron vuestros antepasados cuando partieron de Egipto, la morada de la esclavitud. Ponedlas de nuevo bajo el sol en cuanto aparezca y, cuando se halle en lo más alto de los cielos, dadles la vuelta para que el ángel de la luz del sol las abrace también por el otro lado, y dejadlas así hasta que el sol se ponga. Pues los ángeles del agua, del aire y de la luz del sol alimentaron y maduraron el trigo en el campo, y ellos deben igualmente preparar también vuestro pan. Y el mismo sol que, con el fuego de la vida, hizo que el trigo creciese y madurase, debe cocer vuestro pan con el mismo fuego. Pues el fuego del sol da vida al trigo, al pan y al cuerpo. Pero el fuego de la muerte mata el trigo, el pan y el cuerpo. Y los ángeles vivos del Dios Vivo solamente sirven a los hombres vivos. Pues Dios es el Dios de lo vivo y no el Dios de lo muerto.

Comed, pues, siempre de la mesa de Dios: los frutos de los árboles, el grano y las hierbas del campo, la leche de los animales, y la miel de las abejas. Pues todo más allá de esto es de Satán y por los caminos del pecado y la enfermedad conduce hacia la muerte. Mientras que los alimentos que coméis de la abundante mesa de Dios dan fortaleza y juventud a vuestro cuerpo, y nunca más conoceréis la enfermedad. Pues la mesa de Dios alimentó a Matusalén, el viejo, y en verdad os digo que si vivís igual como él vivió, también el Dios de lo vivo os dará una larga vida sobre la tierra como la suya.

Pues en verdad os digo que el Dios de lo vivo es más rico que todos los ricos de la tierra y su abundante mesa es más rica que la más rica de las mesas de festín de todos los ricos de la tierra. Comed, pues, durante toda vuestra vida en la mesa de nuestra Madre Terrenal, y nunca conoceréis la necesidad. Y cuando comáis en su mesa, comedlo todo tal como se halle en la mesa de la Madre Terrenal. No cocinéis ni mezcléis todas las cosas unas con otras, o vuestros intestinos se convertirán en ciénagas humeantes. Pues en verdad os digo que esto es abominable a los ojos del Señor.

Y no seáis como el sirviente avaricioso que comía siempre de la mesa de su señor la ración de otros. Y todo lo devoraba y lo mezclaba en su glotonería. Y viendo aquello, su señor se encolerizó con él y le expulsó de la mesa. Y cuando todos acabaron su comida, mezcló cuanto quedó en la mesa y llamó al glotón sirviente, y le dijo: Toma y come esto junto a los cerdos, pues tu lugar está entre ellos, y no en mi mesa.

Tenedlo en cuenta por tanto, y no profanéis con todo tipo de abominaciones el templo de vuestros cuerpos. Contentaos con dos o tres tipos de alimento, que siempre hallaréis en la mesa de nuestra Madre Terrenal. Y no deseéis devorar todo cuanto veáis en derredor vuestro. Pues en verdad os digo que si mezcláis en vuestro cuerpo todo tipo de alimentos, entonces cesará la paz en vuestro cuerpo y se desatará en vosotros una guerra interminable. Y se aniquilará vuestro cuerpo como los hogares y los reinos que divididos entre sí aseguran su propia destrucción. Pues vuestro Dios es el Dios de la paz, y nunca ayuda a la división. No levantéis, pues, contra vosotros la cólera de Dios, para que no vaya a expulsaros de su mesa y os veáis obligados a ir a la mesa de Satán, donde el fuego de los pecados, de las enfermedades y de la muerte corromperá vuestros cuerpos.

Y cuando comáis, no comáis hasta no poder más. Huid de las tentaciones de Satán y escuchad la voz de los ángeles de Dios. Pues Satán y su poder os tentarán siempre a que comáis más y más. Pero vivid por el espíritu y resistid los deseos del cuerpo. Y que vuestro ayuno complazca siempre a los ángeles de Dios. Así que tomad cuenta de cuanto hayáis comido cuando os sintáis saciados y comed siempre menos de una tercera parte de ello.

Que el peso de vuestro alimento diario no sea menos de una mina, pero vigilad que no exceda de dos. Entonces os servirán siempre los ángeles de Dios, y nunca caeréis en la esclavitud de Satán y sus enfermedades. No obstaculicéis la obra de los ángeles en vuestro cuerpo comiendo demasiado a menudo. Pues en verdad os digo que quien come más de dos veces diarias hace en él la obra de Satán. Y los ángeles de Dios abandonan su cuerpo y pronto toma Satán posesión de él. Comed tan solo cuando el sol esté en lo más alto de los cielos, y de nuevo cuando se ponga. Y nunca conoceréis la enfermedad, pues ello halla aprobación a los ojos del Señor. Y si deseáis que los ángeles se complazcan en vuestro cuerpo y que Satán os evite de lejos, sentaos entonces solo una vez al día a la mesa de Dios. Y entonces serán numerosos vuestros días sobre la tierra, pues esto es grato a los ojos del Señor. Comed siempre cuando sea servida ante vosotros la mesa de Dios, y comed siempre aquello que halléis sobre la mesa de Dios. Pues en verdad os digo que Dios sabe bien lo que vuestro cuerpo necesita y cuándo lo necesita.

Con la llegada del mes de Iyar comed cebada; con el mes de Sivan comed trigo, la más perfecta de las hierbas que dan semilla. Y que vuestro pan de cada día sea hecho de trigo, para que el Señor cuide vuestros cuerpos. Con el mes de Tammuz comed la uva ácida, para que vuestro cuerpo adelgace y Satán lo abandone. En el mes de Elul, recoged la uva para que su jugo os sirva de bebida. En el mes de Marcheshvan recoged la uva dulce, endulzada y seca por el ángel de la luz del sol, para que aumente vuestros cuerpos y que los ángeles del Señor moren en ellos. Debéis comer los higos jugosos en los meses de Ab y de Shebat, y los que sobren que el ángel de la luz del sol os los guarde. Comedlos con las almendras durante todos los meses en que los árboles no dan frutos. Y las hierbas que brotan después de la lluvia, comedlas durante el mes de Thebet, para purificar vuestra sangre de todos vuestros pecados. Y en el mismo mes empezad a beber también la leche de vuestros animales, pues para ello dio el señor las hierbas de los campos a todos los animales que producen leche, para que ellos alimentasen al hombre con su leche. Pues en verdad os digo que felices son aquellos que comen solo en la mesa de Dios, y renuncian a todas las abominaciones de Satán. No comáis alimentos impuros traídos de países lejanos, sino comed siempre cuanto produzcan vuestros árboles. Pues vuestro Dios sabe bien lo que os es necesario, y dónde y cuándo. Y Él da a todos los pueblos de todos los reinos los alimentos mejores para cada uno de ellos. No comáis como los paganos, que se atiborran con prisa, profanando sus cuerpos con todo tipo de abominaciones.

Pues el poder de los ángeles de Dios penetra en vosotros con el alimento vivo que el Señor os proporciona de su mesa real. Y cuando comáis, tened sobre vosotros al ángel del aire, y bajo vosotros al ángel del agua. Respirad larga y profundamente en todas vuestras comidas para que el ángel del aire bendiga vuestro alimento. Y masticadlo bien con vuestros dientes, para que se vuelva agua y que el ángel del agua lo convierta dentro de vuestro cuerpo en sangre. Y comed lentamente, como si fuese una oración que hicieseis al Señor. Pues en verdad os digo que el poder de Dios penetra en vosotros si coméis de tal modo en su mesa. Mientras que Satán convierte en ciénaga humeante el cuerpo de aquel a quien no descienden los ángeles del aire y del agua en sus comidas. Y el Señor no le permite permanecer por más tiempo en su mesa. Pues la mesa del Señor es como un altar, y quien come en la mesa de Dios se halla en un templo. Pues en verdad os digo que el cuerpo de los Hijos del Hombre se convierte en un templo, y sus entrañas en un altar, si cumplen los mandamientos de Dios. Por tanto, no pongáis nada sobre el altar del Señor cuando vuestro espíritu esté irritado, ni penséis de alguien con ira en el templo de Dios. Y entrad solamente en el santuario del Señor cuando sintáis en vosotros la llamada de sus ángeles, pues cuanto coméis con tristeza, o con ira, o sin deseo, se convierte en veneno en vuestro cuerpo. Pues el aliento de Satán lo corrompe todo. Poned con alegría vuestras ofrendas sobre el altar de vuestro cuerpo, y dejad que todos vuestros malos pensamientos se alejen de vosotros al recibir en vuestro cuerpo el poder de Dios proveniente de su mesa. Y nunca os sentéis a la mesa de Dios antes de que él os llame por medio del ángel del apetito.

Regocijaos, pues, siempre con los ángeles de Dios en su mesa real, pues esto complace al corazón del Señor. Y vuestra vida será larga sobre la tierra, pues el más valioso de los sirvientes de Dios os servirá todos los días: el ángel de la alegría.

Y no olvidéis que cada séptimo día es santo y está consagrado a Dios. Durante seis días alimentad vuestro cuerpo con los dones de la Madre Terrenal, mas en el séptimo día santificad vuestro cuerpo para vuestro Padre Celestial. Y en el séptimo día no comáis ningún alimento terrenal, sino vivid tan solo de las palabras de Dios. Y estad todo el día con los ángeles del Señor en el reino del Padre Celestial. Y en el séptimo día dejad que los ángeles de Dios levanten el reino de los cielos en vuestro cuerpo, ya que trabajasteis durante seis días en el reino de la Madre Terrenal. Y no dejéis que ningún alimento entorpezca la obra de los ángeles en vuestro cuerpo a lo largo del séptimo día. Y Dios os concederá larga vida sobre la tierra, para que tengáis vida eterna en el reino de los cielos. Pues en verdad os digo que si no conocéis más enfermedades sobre la tierra, viviréis por siempre en el reino de los cielos.

Y Dios enviará cada mañana el ángel de la luz del sol para despertaros de vuestro sueño. Obedeced, por tanto, la llamada de vuestro Padre Celestial y no permanezcáis ociosos en vuestros lechos, pues los ángeles del aire y del agua ya os aguardan afuera. Y trabajad durante todo el día con los ángeles de la Madre Terrenal para que lleguéis a conocerlos a ellos y a sus obras cada vez más y mejor. Mas cuando el sol se ponga y vuestro Padre Celestial os envíe su ángel más preciado, el sueño, id a descansar y permaneced toda la noche con el ángel del sueño. Y entonces os enviará el Padre Celestial sus ángeles desconocidos para que permanezcan junto a vosotros a lo largo de la noche. Y los ángeles desconocidos del Padre Celestial os enseñarán muchas cosas sobre el reino de Dios, así como los ángeles que conocéis de la Madre Terrenal os instruyen en las cosas de su reino. Pues en verdad os digo que seréis cada noche los invitados del reino de vuestro Padre Celestial si cumplís sus mandamientos. Y cuando os despertéis por la mañana, sentiréis en vosotros el poder de sus ángeles desconocidos. Y vuestro Padre Celestial os los enviará cada noche para que enriquezcan vuestro espíritu, igual que la Madre Terrenal os envía sus ángeles para que construyan vuestro cuerpo. Pues en verdad os digo que si durante el día os acoge en sus brazos vuestra Madre Terrenal, y si durante la noche os respira su beso el Padre Celestial, entonces los Hijos de los Hombres os convertiréis en los Hijos de Dios.

Resistid de día y de noche las tentaciones de Satán. No os despertéis de noche ni durmáis de día, no os abandonen los ángeles de Dios.

Ni tampoco os deleitéis con ninguna bebida, ni en ningún humo de Satán, que os despertarán por la noche y os harán dormir de día. Pues en verdad os digo que todas las bebidas y humos de Satán son abominaciones a los ojos de vuestro Dios.

No cometáis putaísmo, ni de día ni de noche, pues el putañero es como un árbol cuya savia se va del tronco. Árbol que se secará antes de tiempo y no llegará a dar fruto. Por tanto, no putañeéis para que Satán no seque vuestro cuerpo y el Señor haga infructuosa vuestra semilla.

Evitad todo cuanto esté demasiado caliente o demasiado frío. Pues es la voluntad de vuestra Madre Terrenal que ni el calor ni el frío dañen vuestro cuerpo. Y no dejéis que vuestros cuerpos estén más calientes o más fríos del calor o del frío que les proporcionen sus ángeles. Y si cumplís los mandamientos de la Madre Terrenal, entonces en cuanto vuestro cuerpo se vuelva demasiado caliente os enviará el ángel del frescor para que os refresque, y en cuanto vuestro cuerpo esté demasiado frío os enviará el ángel del calor para calentaros de nuevo.

Seguid el ejemplo de todos los ángeles del Padre Celestial y de la Madre Terrenal, que trabajan día y noche sin cesar en los reinos de los cielos y de la tierra. Por tanto, recibid también en vosotros mismos a los más poderosos de todos los ángeles de Dios. Seguid el ejemplo del agua cuando corre, del viento al soplar, del sol naciente y poniente, de las plantas y los árboles en su crecer, de los animales cuando corren y retozan, de la luna creciente y menguante, de las estrellas en su ir y venir; todas estas cosas se mueven y realizan sus tareas. Porque cuanto tiene vida se mueve, y solo lo que está muerto permanece quieto. Y Dios es el Dios de lo vivo, y Satán el de lo muerto. Servid, pues, al Dios Vivo, para que el movimiento eterno de la vida os mantenga y para que escapéis de la eterna inmovilidad de la muerte. Trabajad, pues, sin cesar para levantar el reino de Dios, de modo que no seáis arrojados al reino de Satán. Pues una alegría eterna abunda en el reino vivo de Dios, mientras que una quieta tristeza oscurece el reino de la muerte de Satán. Sed, pues, verdaderos Hijos de vuestra Madre Terrenal y de vuestro Padre Celestial, para que no caigáis en esclavos de Satán. Y vuestra Madre Terrenal y vuestro Padre Celestial os enviarán sus ángeles para que os enseñen, os amen y os sirvan. Y sus ángeles escribirán los mandamientos de Dios en vuestra cabeza, en vuestro corazón y en vuestras manos, para que conozcáis, sintáis y cumpláis los mandamientos de Dios.

Y orad todos los días a vuestro Padre Celestial y a vuestra Madre Terrenal, para que vuestra alma se vuelva tan perfecta como el santo espíritu de vuestro Padre Celestial, y para que vuestro cuerpo se vuelva tan perfecto como el cuerpo de vuestra Madre Terrenal. Pues si entendéis, sentís y cumplís los mandamientos, entonces todo cuanto pidáis a vuestro Padre Celestial y a vuestra Madre Terrenal os será concedido. Porque la sabiduría, el amor y el poder de Dios están por encima de todo.

Orad, por tanto, del siguiente modo a vuestro Padre Celestial: Padre nuestro que estás en los cielos, bendito sea Tu Nombre. Venga a nosotros Tu Reino. Hágase Tu Voluntad como en los cielos así en la tierra. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos conduzcas a la tentación sino que líbranos del Maligno. Pues tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.

Y orad del siguiente modo a vuestra Madre Terrenal: Madre nuestra que estás en la tierra, bendito sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad en nosotros así como en ti se hace. Igual que envías cada día a tus ángeles, envíalos también a nosotros. Perdónanos nuestros pecados, así como nosotros enmendamos todos nuestros pecados contra ti. No nos conduzcas a la enfermedad sino líbranos del mal, pues tuya es la tierra, el cuerpo y la salud. Amén.

Y todos rezaron junto a Jesús al Padre Celestial y a la Madre Terrenal.

Y después Jesús les habló así: Igual que vuestros cuerpos han renacido por medio de los ángeles de la Madre Terrenal, que vuestro espíritu renazca de igual modo por medio de los ángeles del Padre Celestial. Convertíos, pues, en verdaderos Hijos de vuestro Padre y de vuestra Madre, y en verdaderos Hermanos de los Hijos de los Hombres. Hasta ahora estuvisteis en guerra con vuestro Padre, con vuestra Madre y con vuestros Hermanos. Y habéis servido a Satán. Vivid a partir de hoy en paz con vuestro Padre Celestial, con vuestra Madre Terrenal y con vuestros Hermanos, los Hijos de los Hombres. Y luchad únicamente en contra de Satán, para que no os robe vuestra paz. A vuestro cuerpo doy la paz de vuestra Madre Terrenal, y la paz de vuestro Padre Celestial a vuestro espíritu. Y que la paz de ambos reine entre los Hijos de los Hombres.

¡Venid a mí cuantos os sintáis hastiados y cuantos padezcáis los conflictos y las aflicciones! Pues mi paz os fortalecerá y confortará. Porque mi paz rebosa dicha. Por eso os saludo siempre de este modo: ¡La paz sea con vosotros! Saludaos siempre por tanto entre vosotros de igual manera, para que a vuestro cuerpo descienda la paz de vuestra Madre Terrenal y a vuestro espíritu la paz de vuestro Padre Celestial. Y entonces hallaréis la paz también entre vosotros, pues el reino de Dios estará en vuestro interior. Y ahora regresad entre vuestros Hermanos, con quienes hasta ahora estuvisteis en guerra, y dadles a ellos también vuestra paz. Pues felices son quienes luchan por la paz, porque hallarán la paz de Dios. Id, y no pequéis más. Y dad a todos vuestra paz, igual que yo os he dado la mía. Pues mi paz es la de Dios. La paz sea con vosotros.

Y les dejó.

Y su paz descendió sobre ellos; y con el ángel del amor en su corazón, con la sabiduría de la ley en su cabeza y con el poder del renacimiento en sus manos, se dispersaron entre los Hijos de los Hombres para llevar la luz de la paz a aquellos que luchaban en la oscuridad.

Y se separaron, deseándose unos a otros:
LA PAZ SEA CONTIGO