El mandarín impaciente

Cuento Zen (205)

En un lugar de la China, un mandarín recibió la noticia de que pronto iba a ser nombrado magistrado. Estaba muy contento e impaciente por estrenar el cargo.

Entonces, un amigo suyo, un hombre mayor y muy sabio, fue a hacerle una visita.

Recuerda bien este consejo, le dijo: No pierdas jamás la paciencia. Porque si eres capaz de ser paciente con todos en tu nuevo puesto, todos te apreciarán.

Sí, sí, lo haré, respondió feliz el mandarín.

Pero cada día su amigo acudía a su casa para darle el mismo consejo. Un día, y otro, y así hasta cinco veces. Entonces, el mandarín se cansó y dijo enfadado:

¿Te crees que soy tonto? ¡Ya te oí! ¡Es la quinta vez que me lo repites!

Y el amigo, sereno, le miró y le dijo:

¿Ves cómo no es nada fácil ser paciente? Ya te lo advertí.

MORALEJA

Escuchar consejos es fácil; lo difícil es ponerlos en práctica.

Cierto, tal y como dice este cuento, es muy fácil escuchar y decir que sí a todo, pero a la hora de la verdad, cuesta poner los consejos en práctica.

La impaciencia genera furia: cuando el mandarín se hartó de escuchar constantemente el mismo consejo, no solo perdió la paciencia, sino que se enfadó muchísimo. Y es que la impaciencia nos perturba hasta tal punto que nos llega a generar furia.

La paciencia es una virtud: este dicho que tantas veces escuchamos es cierto. Es una virtud porque no es nada fácil ser paciente.

La diferencia no está en la mente; la diferencia está en la paciencia. La mente sigue siendo igual. Tú no eres paciente; ese es el problema.

Pero no seas impaciente. La existencia necesita de una inmensa paciencia. Los supremos misterios se abren solo para aquellos que tienen una inmensa paciencia.

Así que si crees que hay algún problema, por favor no metas tus narices en ello. Siéntate y espera. No permitas que la mente se entrometa, dile a la mente que espere. Y es muy difícil para la mente el esperar, es la encarnación de la impaciencia.

Toda meditación es espera. Toda oración es infinita paciencia.