La oración es el arte de traer el cielo a tierra

La oración se constituye en una tecnología que restaura en nosotros la sobrenaturalidad del Padre. La cual, además, es nuestra herencia más natural.

CARMELO URSO

EL PODER DE LA ORACIÓN

Recientemente, la amiga Mirella Vanegas Oramas nos escribió desde la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, pujante puerto de esa nación que divide al planeta en dos mitades exactas. Mirella –una distinguida psicóloga- nos comenta que "algo no está funcionando" con su oración: refiere que si bien la practica a diario –y si bien la situación de su vida y la de la organización que dirige no marchan demasiado mal- las cosas podrían andar mucho mejor.

En tal sentido, cabe preguntarnos: ¿cómo el acto de orar podría mejorar la calidad de vida de Mirella y la de todos nosotros? ¿De qué manera la oración puede impregnar nuestra vida cotidiana con el poder sobrenatural del Creador Supremo?

La cotidianidad suele ocultar la sobrenaturalidad

El pastor costarricense Ronny Chávez expresó, en días pasados, una verdad que nos pareció irrebatible, incontestable: "La cotidianidad suele ocultar la sobrenaturalidad".

¡Nada más cierto! Las cargas laborales, las faenas domésticas, las habladurías del condominio, las urgencias económicas, los problemas de salud y los desasosiegos de la vida amorosa cubren nuestro diario vivir con un tupido velo de tedio, hastío y estrés. Poco a poco, nuestra fe y certidumbre en el Poder Superior se van entibiando, sofocando, atenuando, hasta quedar reducidas a un mero caos de dudas e irresoluciones…

A nuestro ego –vale decir, esa parte de nuestra mente que se cree separada de Dios- le está vedado ver más allá de esa estéril rutina en la que dilapidamos buena parte del tiempo… y descubrir esa sobrenaturalidad que se oculta tras los hechos corrientes de la vida solo es posible reestableciendo nuestra conexión con el Ser Supremo.

Dios no quiere que lleves una vida pueril, insípida. El Uno quiere para ti una vida extraordinaria. El Creador desea para sus hijas e hijos dilectos una existencia llena de eventos significativos. Pero eso es imposible si persistimos en nuestra neurótica postura de incomunicarnos con Él, si desistimos de llenar nuestra cotidianidad con su sobrenaturalidad; de esta manera –y parafraseando al cantautor brasileño Chico Buarque- Dios se convierte en "mitad exiliada, alejada, amputada, apartada" de nosotros, en ese "paraíso perdido" al que canta el poeta inglés John Milton.

La única manera de conciliar nuestra vida cotidiana con la búsqueda espiritual es profundizando nuestra intimidad con el Creador. En tal sentido, la oración se constituye en una tecnología que restaura en nosotros la sobrenaturalidad del Padre… ¡la cual, además, es nuestra herencia más natural! Allí donde nuestras neurosis ven un cielo y una tierra separados, la oración fervorosa disipa falsas fronteras, disuelve ilusorios límites; rehabilita la unión del Padre y el Hijo –separación que, por otro lado, solo ha ocurrido en nuestras mentes; regenera ese indisoluble tejido espiritual que nuestros egos se han empecinado en obviar, evadir y no ver...

El Cielo: la conciencia de tu perfecta unidad con Dios

Un viejo dicho sufí –disciplina mística proveniente del Islam- dice que "el cielo físico es una metáfora del cielo espiritual y viceversa". Kenneth Wapnick, en su "Glosario-Índice para Un Curso de Milagros" afirma que el Cielo es "el mundo no dualista del conocimiento, donde moran Dios y Su creación en perfecta unidad de voluntad y espíritu (…) Es el estado natural de comunicación directa de Dios y Su Creación antes de que la mente del Hijo de Dios se perdiera en su sueño de separación".

El propio Curso de Milagros –un muy iluminador texto que fue canalizado a finales de la sexta década del siglo XX por la psiquiatra judeo-estadounidense Helen Shucman- señala que tú mismo, querido lector o lectora, eres el Reino de los Cielos, ya que "no hay nada externo a Dios y a Sus Creaciones. El Cielo es el único hogar del Hijo de Dios, quien jamás vive separado de Él".

El Cielo, entonces, no es un sitio demarcado en el mapa, ni un territorio lejano situado más allá de las estrellas: es simplemente la conciencia de tu perfecta Unidad con el. Cualquier sensación de separación con el Uno, cualquier idea de que Padre celestial e Hijo están escindidos por alguna frontera o límite, ha sido fabricada con el frágil barro de tus ilusiones. La verdadera "caída en la tentación" consiste en preferir los desvaríos del ego a la Realidad del Uno, porque de ese modo perdemos nuestra conciencia del Cielo.

Recuperar nuestro estado natural de comunicación con Dios, es decir, "traer el Cielo a la Tierra" es la verdadera función del acto de orar... y la oración practicada cotidiana y persistentemente ensancha el territorio de ese Reino de los Cielos que mora dentro de nosotros.

Una oración que ensancha nuestros límites

De las numerosas partes que componen la Biblia –donde resaltan verdaderos tesoros del conocimiento espiritual como los Evangelios, los Salmos o los Proverbios- el Primer Libro de Crónicas destaca, sin duda alguna, por ser el tomo de lectura menos amena y gratificante.

Este libro comienza con una interminable enumeración genealógica (al estilo de Adán engendró a Set, Set a Enós, Enós a Quenán, Quenán a Mahalalel, etc., etc., etc.) que se extiende, óigase bien… ¡durante nueve capítulos! No obstante, el obstinado buscador de la Verdad hallará, en medio de esa impenetrable selva de nombres y consanguinidades, una de las oraciones más poderosas que jamás se ha escrito.

Por alguna extraña razón, al llegar al cuarto capítulo, el escriba de Dios –cansado tal vez de transcribir monótonamente cientos y cientos de nombres- se sintió obligado a detenerse en alguien muy especial: Jabes. Este personaje tenía una forma audaz, casi desafiante, de orarle a Dios. Dice la Escritura:

Jabes invocó al Dios de Israel diciendo:

"¡Oh, si en verdad me bendijeras

Ensancharías mi territorio…

Y si en verdad tu mano estuviese conmigo,

Me guardarías de todos los males

Para que no me causen aflicción".

Y así las cosas, Dios le concedió lo que pidió.

Hasta aquí la historia de Jabes, que fue jefe de un clan del antiguo Israel. El cronista no ofrece más detalles… pero los que da son más que suficientes. Veamos:

  1. Ante todo, Jabes pide a Dios que le bendiga… ¡a él antes que a nadie!
  2. Le pide al Ser Supremo, en un tono casi conminatorio, que "ensanche su territorio".
  3. Exige, mientras amplía los límites de su dominio, que ningún mal le sobrevenga.
  4. Dios le concede a Jabes todo lo que ha pedido. Amén.

La de Jabes no fue una petición tímida. De hecho, le hablaba y exigía a Dios como a un Padre muy cercano, casi de igual a igual. Su actitud nos recuerda aquella frase de Maharishi Sadashiva Isham –moderno líder los Ishayas- quien describe la Iluminación como ese estado "en el que no hay distancia entre tú y Dios". Y si concienciamos que no es necesario buscar a Dios fuera de nosotros mismos, ya que Él se halla asilado en nuestro interior, es fácil comprender que el regreso al Reino de los Cielos, gracias al arte de la oración, se torna verdaderamente en "un viaje sin distancia".

De igual modo, esta plegaria te invita a ampliar tus límites intelectuales, afectivos, materiales y espirituales, a trascender toda creencia de restricción que empobrezca tu vida, a ensanchar sin timidez ese Reino de los Cielos que bulle y ansía ser expandido dentro de ti. Al mismo tiempo, pide que esa prosperidad se produzca "sin que cause aflicción", es decir, sin innecesarios "dolores de crecimiento".

Bruce Wilkinson, pastor estadounidense que ha estudiado la oración de Jabes y sus efectos durante décadas, señala: "La naturaleza de Dios es bendecir (...) La propia naturaleza de Dios consiste en que tiene bondad a tal grado de abundancia que sobrepasa la indignidad de nuestras vidas (…) ¿Por qué no establecer el compromiso de pedirle a Dios que nos bendiga todos los días, y mientras Él lo cumple, que esa bendición sea generosa y abundante".

Prosigue Wilkinson: "Somos nosotros quienes limitamos la generosidad de Dios, pues sus recursos, poder y voluntad no tienen fin. A Jabes se le bendijo porque se rehusó a creer que cualquier obstáculo, individuo u opinión era mayor que la naturaleza de Dios (…) Con una simple y sencilla oración de fe, tú puedes modificar el futuro. Tú puedes cambiar lo que sucede en un minuto a partir de ahora mismo".

A fin de que la magnificencia del Uno se manifieste en tu cotidianidad, te ofrecemos, querido lector o lectora, esta versión contemporánea de la oración de Jabes:

Amado Dios (o como le desees llamar):

Bendíceme a mí y a los míos

Ensancha mi territorio…

(enumera aquí aquellos aspectos de tu vida

que quieres que sean engrandecidos)

Tu mano amorosa me resguarda

¡Ningún mal puede acaecerme!

Y tu sobrenatural abundancia

Llena de paz y luz mi vida cotidiana

Amén…

Traigamos a diario el Cielo a la Tierra

La oración que trae el Cielo a la Tierra salva el ilusorio abismo que parece separar los celestiales Reinos del Padre y el Hijo, transformándolos en una única morada. Deshace los límites entre lo posible y lo aparentemente imposible; para quien se habitúa a ella, es muy fácil percibir su efecto sobre la realidad: cada átomo de la Creación se postra ante su inconmensurable poder y –complacido- le obedece.

Suya es la gracia de abolir el tiempo: en un instante, devela sabidurías que –en otras circunstancias- habríamos tardado años o décadas en asimilar; provoca una sana discontinuidad con el pasado, ya que no importa lo que seamos o hayamos sido: una vez llenos del Yo Superior, nos convertimos en poderosos recién nacidos en el Espíritu, capaces de encarar los más inimaginables retos.

La cálida eficacia de una plegaria evapora todo rocío de tristeza que perle nuestros corazones; nos insta a trascender las estrechas fronteras de nuestras creencias personales, preparándonos para obrar frecuentes portentos en el prójimo y en nosotros mismos.

Engrandece el territorio de nuestros afectos, amistades y querencias; espiritualiza nuestro pensamiento, capacitándolo para la sana gala del milagro; nos dota de inmensa fuerza a la hora de plasmar nuestras metas y proyectos personales, por arduos o difíciles que parezcan.

En fin: nos lanza en volandas a una vida llena de eventos gratamente extraordinarios, donde la afable sobrenaturalidad del Padre bendecirá cada acontecimiento, cada iniciativa, cada pequeño o gran suceso de nuestro día a día; gracias a ella, la cotidianidad dejará de ser insulsa: por igual, avivará el fuego de tu entusiasmo, atizará tu alegría de vivir. De tal suerte, la oración se convertirá para ti en un frecuente y divino presagio, en el cotidiano arte de traer el Cielo a la Tierra...

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