La idolatría del rey loco

Cuento Zen (8)

Había una vez un rey idólatra violento e ignorante. Un día juró que si su ídolo personal le concedía cierta ventaja en la vida capturaría a las tres primeras personas que pasaran por su castillo y les obligaría a dedicarse a adorar al ídolo.

En efecto, los deseos del rey se cumplieron, e inmediatamente envió soldados al camino principal para que le trajeran a las tres primeras personas que pudieran encontrar Estas tres fueron, casualmente, un erudito, un descendiente del profeta Mahoma y una prostituta.

Después de echarlos por tierra delante de su ídolo, el desequilibrado rey les informó de su voto, y les ordenó que se postraran delante de la imagen.

El erudito dijo: «Esta situación indudablemente entra dentro de la doctrina de fuerza mayor. Hay numerosos precedentes permitiéndole a cualquiera presentarse a cumplir con la costumbre si es obligado, sin culpabilidad real o moral por implicarse de alguna forma». De modo que hizo una profunda reverencia al ídolo.

El descendiente del profeta Mahoma, cuando fue su turno, dijo: «Como persona especialmente protegida, llevando en mis venas la sangre del santo profeta, mis acciones en sí mismas purifican cualquier cosa que haga, y por eso no hay impedimento a mi acción como exige este hombre». Y se postró delante del ídolo.

La prostituta, cuando fue su turno, dijo: «Ay de mí, no tengo ni educación intelectual ni prerrogativas especiales, y por eso tengo miedo de que, hagas lo que me hagas, no pueda adorar a este ídolo, ni incluso simularlo».

La idolatría del rey se desvaneció inmediatamente con este comentario. Como si por arte de magia viera el engaño de los dos adoradores de la imagen. En ese mismo momento hizo decapitar al erudito y al descendiente del profeta Mahoma, y liberó a la prostituta.

MORALEJA

Dios no puede ser reducido a una imagen: ese es uno de los cimientos de la experiencia existencial y espiritual.

Por miedo el hombre crea un Dios, un Dios pequeño, pequeño como el hombre. Por miedo el hombre crea a Dios a su propia imagen y luego se siente a gusto. Con la enormidad de la existencia, para sentirte a gusto tendrás que desaparecer. O bien desapareces en el infinito de la existencia o creas a un Dios manejable. Creas un templo en tu casa, reduces a Dios a una imagen; entonces puedes olvidar la enormidad, la grandiosidad, la inmensidad.

Dios no puede ser reducido a una imagen, a una metáfora, a un símbolo o signo, a pesar de que la mente humana ha estado tratando durante siglos de reducir a Dios a algo que el hombre pueda adorar, que pueda manejar, que pueda encarar. Ese ha sido uno de los deseos más viejos de la mente humana: colocar a Dios en una categoría humana de modo que Dios pueda ser organizado, manipulado, de modo que Dios pueda estar en tus manos.

No conozco su nombre, nadie lo conoce, por eso le llamaré Dios. Hay que llamarlo de alguna forma, pero ningún nombre es el verdadero. Cuando todos los nombres desaparecen de tu mente y estás ahí solo observando, siendo, sin hacer nada, tienes el primer vislumbre, la primera penetración del infinito en el infinito.

El esfuerzo mismo de reducir a Dios a una imagen es falsear la realidad.