El verdadero amor

Cuento Zen (214)

Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo para hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado. Mientras acababa de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.

No, me dijo. Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.

Entonces le pregunté extrañado:

Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?

Me sonrió y dándome una palmada en la mano me dijo:

Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella.

Tuve que contenerme las lágrimas mientras salía y pensé:

Esa es la clase de amor que quiero para mi vida. El verdadero amor no se reduce a lo físico, ni a lo pasional, ni a lo romántico. El verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya no es...

MORALEJA

El amor no depende del objeto, sino que es un fulgor de tu subjetividad, un fulgor de tu alma que te permite aceptar todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya no es... Y entre más amplio sea el fulgor, más grande es tu alma. Entre más amplias sean las alas de tu amor, más grande es el cielo de tu ser.

Las dimensiones del amor.

En la primera, el amor es una necesidad biológica, en la segunda, es un compartir sicológico, en la tercera, eres amor. En la primera es una relación, una posesividad; en la segunda es una relación, una amistad, cordialidad; en la tercera, eres el amor en sí mismo. Tu propio ser es amor, irradias amor. Solo entonces el amor ha llegado a su punto culminante, ha alcanzado lo supremo, lo último; puedes llamarlo divinidad.