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SIMPLICIDAD BUDA

BUDA

25/11/2016

Articulo SIMPLICIDAD BUDA

Categoría: RELIGIONES

Cultura de la Mente y Cultura del Corazón

Satipatthána, el cultivo de la Recta Atención, es la cultura de la mente en su sentido más elevado. Pero por el Discurso, y también por lo expuesto anteriormente, algunos lectores pueden quizá tener la primera impresión de que se trata más bien de una enseñanza fría e intelectual, árida y prosaica, que es indiferente a la ética y descuida el corazón. Si bien abrigarnos la esperanza de que el cálido pulso vital que late en el marco sobrio del Satipatthána no habrá pasado desapercibido. Sin embargo, añadiremos algunas palabras en respuesta a tal objeción.

La aparente falta de consideraciones éticas se explica por el hecho de que, en muchas otras ocasiones, el Buda habla con la mayor insistencia de la moralidad con base indispensable de todo desenvolvimiento mental superior. Este hecho, bien conocido de todos los discípulos del Maestro, no tiene, por consiguiente, que ser de nuevo mencionado en un Discurso consagrado a un tema especial. Pero agregaremos algunas notas suplementarias para disipar las dudas y responder a las objeciones.

La moralidad que regula en nuestro mundo las relaciones entre el individuo y los demás seres humanos debe ser sostenida y protegida por preceptos, reglas y leyes, y además ser susceptible de explicación racional por el buen sentido y la filosofía. Pero las raíces más seguras de la moralidad residen en una verdadera cultura del corazón. En la enseñanza del Buda esta cultura del corazón ocupa importantísimo lugar y encuentra su expresión ideal en los cuatro Estados Sublimes o Divinas Moradas de la Mente (brahma—vihára): Un Benigno Amor, Compasión, Alegría compartida y Ecuanimidad (14). Un amor benigno, desinteresado y sin límites es la base de las otras tres cualidades y de todo esfuerzo para ennoblecer la mente. Así pues, también en el método del Satipatthána una de las tareas principales de la Atención es la de velar porque ninguna acción, palabra ni pensamiento menoscabe este espíritu de amor benigno e ilimitado (mettá). El cultivo del amor benigno no deberá faltar en el camino del discípulo. ¡Conservad esta atención (al amor benigno)!, ordena el clásico Mettá, Sutta, el Canto del Amor.

Además, subrayando una vez más la relación entre el amor benigno y el Satipatthána, el Buda dijo:

Se deben cultivar los Fundamentos de la Atención con la idea: Así me protegeré a mí mismo. Se deben cultivar los Fundamentos de la Atención con la idea: Así protegeré a los demás Al protegerse a uno mismo se protege a los demás; al proteger a los demás, se protege uno a sí mismo. Y ¿cómo se protege a los demás protegiéndose uno a sí mismo? Mediante la práctica repetida (de la atención), por su desarrollo meditativo y por su frecuente aplicación. Y ¿cómo se protege uno a sí mismo protegiendo a los demás? Por la paciencia, por una vida sin violencia, por el amor benigno y la compasión.
Samyutta-Nikáya, 47,19

El Mensaje de Ayuda: ayúdate a ti mismo

Al principio de esta obra dijimos que los Fundamentos de la Atención constituían un mensaje de ayuda. Ahora, después de lo dicho en estas páginas, se pueden describir más exactamente como un mensaje que explica cómo ayudarse a sí mismo. La propia ayuda es, en efecto, la única eficaz. Cierto que la ayuda que ofrecen o dan los demás mediante instrucciones, consejos, comprensión, asistencia práctica o generosidad material puede tener una importancia decisiva para el que la necesita, pero requerirá siempre además una buena parte de ayuda propia, o sea, la aceptación voluntaria y la_ utilización conveniente de la que nos ofrecen para que pueda llegar a ser una ayuda eficaz y real.

Uno mismo hace el mal, uno mismo se mancilla; uno mismo deja el mal, uno mismo se purifica.
Pureza o impureza dependen sólo de uno mismo. Nadie puede purificar a otro.

Dhammapada,— V, 265

El esfuerzo debes hacerlo tú mismo, el Perfecto señala el camino. ib., V, 276

Pero aparte del hecho de mostrar claramente cómo ayudarte, el mensaje en sí de que hay una ayuda debe ser considerado como noticia buena para un mundo enredado en ataduras de propia fabricación. Buenas razones tiene la humanidad para desesperar de toda ayuda, vistas las veces que se ha intentado aflojar los lazos por una u otra parte, con el único resultado de que este mismo esfuerzo los ha hincado aún más profundamente en ' la carne por otro sitio. Pero ayuda la hay, y es la que descubrieron los Budas y aquellos de sus discípulos que llegaron a la consumación de su enseñanza. Quien tenga los ojos no totalmente cubiertos de polvo no confundirá a los Iluminados con' aquellos otros Maestros que sólo ofrecen una ayuda parcial, sintomática y, por tanto, ineficaz. Quienes nos traen verdadera ayuda se reconocerán por la singular armonía y el equilibrio, la coherencia y naturalidad, la simplicidad y la profundidad que se manifiestan tanto en su enseñanza como en su vida. Estos grandes Maestros de Ayuda se reconocerán por la cálida sonrisa de comprensión, de compasión y de certeza que resplandece en sus labios e inspirando una confianza que crecerá más allá de toda duda.

Esta sonrisa de certeza en el semblante del Buda dice:

También tú puedes lograr. ¡Abiertas están las puertas de lo Inmortal!

Poco después de haber franqueado estas puertas de la Iluminación, el Buda proclamó:

Como yo serán los santos victoriosos que han puesto fin a las impurezas.

El Buda no mostraba el sendero hacia la suprema meta con fría indiferencia; no se contentaba con señalar negligentemente el camino con el dedo o con poner en las manos de quien necesitaba ayuda y guía experimentada un simple trozo de papel con un complicado mapa en forma de abstrusas escrituras. No abandonaba simplemente al peregrino a sus propios medios (si es que los tenía) para que siguiese su camino con cuerpo demacrado y mente confusa. Al mostrar el sendero, el Buda indicaba también las provisiones necesarias para este largo viaje, provisiones que de hecho el peregrino lleva siempre consigo, pero sin darse cuenta de ello por estar entontecido. El Buda proclamó una y otra vez que el hombre está en plena posesión de todos los recursos necesarios para ayudarse a sí mismo. Y lo que de más sencillo y completo dijo sobre estos recursos se encuentra en el método de Satipatthá na, cuya esencia puede resumirse en dos palabras: iEstad aten-tos!, lo que quiere decir: ¡Estad atentos a vuestra propia mente! Y ¿por qué? La mente lo abarca todo: el mundo del sufrimiento y su origen, pero también la cesación final del mal y el sendero que a ella conduce. La cuestión de saber si uno u otro predominará depende también de nuestra propia mente, de la dirección que dé al fluir de la mente el momento presente de actividad mental con el que nos enfrentamos en este preciso instante.

El Satipatthána, ocupándose siempre de este crucial momento presente de la actividad de la mente, debe ser necesariamente una enseñanza de confianza en sí mismo. Pero la confianza en sí mismo debe desarrollarse progresivamente, porque los hombres, no sabiendo cómo manejar el instrumento de la propia mente, están acostumbrados a depender de los demás y de los hábitos adquiridos, a causa de lo cual ese espléndido instrumento que es la mente humana ha acabado, a fuerza de descuido, por no ser digno de confianza. Es por lo que el sendero que lleva al dominio de sí mismo, tal y como lo enseña el Satipatthána, comienza con pasos tan simples que incluso el más apocado puede atreverse a darlos.

El Satipatthána, con esa simplicidad que conviene a una enseñanza que dice ser el único Camino, comienza, en efecto, con muy poca cosa: con una de las funciones más elementales de la mente,— la atención, o sea, el modo de fijarla para empezar. He aquí algo que nos es tan propio y familiar que quienquiera que lo desee puede utilizarlo como punto de partida para dar los primeros pasos hacia la confianza en sí mismo. Igualmente familiares son los primeros objetos de esta atención: las tareas y pequeñas actividades de la vida cotidiana. La atención las arranca de su rutina habitual y las ordena para examinarlas más de cerca y mejorarlas.

Las evidentes mejoras en el trabajo cotidiano, cuando se lleva a cabo con cuidadosa atención y de manera concienzuda y circunspecta, proporcionarán un estímulo suplementario para perseverar en el esfuerzo por ayudarse a sí mismo.

Habrá notables mejoras en el estado de la mente, mientras que la apaciguadora influencia de los actos y pensamientos moderados por el control de sí mismos infundirán bienestar y dicha allí donde antes reinaran la insatisfacción, el mal humor y la irritabilidad.

Si de esta manera se aligera algo el peso de la vida cotidiana, ello será ya prueba tangible de la capacidad del método Satipathá na para calmar el sufrimiento. Sin embargo, este resultado inicial refleja solamente el hecho de que el Dhamma es beneficioso en sus comienzos (ádi—kalyána), quedan por conseguir resultados más elevados =los beneficios del medio y del fin del sendero—, resultados a los que se debe aspirar.

Al ir progresando en la práctica, las pequeñas cosas de la vida cotidiana se nos tornarán Maestros de gran sabiduría que revelarán gradualmente su propia dimensión de inmensa profundidad. Si aprendemos progresivamente a comprender su lenguaje, los aspectos profundos del Dhamma vendrán a quedar al alcance de nuestra experiencia directa, con lo que aumentará la confianza en nuestra propia mente y en el poder de sus recursos ocultos.

Recibiendo así las enseñanzas directas de la vida misma se aprenderá progresivamente a desembarazarse del lastre mental superfluo y de inútiles complicaciones del pensamiento. Comprobando cómo la vida gana en facilidad bajo la influencia de la selección y del control que efectúa la Recta Atención, se aprenderá también progresivamente a eliminar de la vida práctica las complicaciones inútiles causadas por hábitos y necesidades.

El Satipatthána restablece la simplicidad y la naturalidad de un mundo que se vuelve cada día más complicado y problemático y que depende cada vez más de mecanismos artificiales. Enseña estas cualidades de simplicidad y de naturalidad, principalmente por el valor intrínseco que tienen, pero también para facilitar la tarea de ayuda a sí mismo a progresar espiritualmente.

El mundo en que vivimos es, desde luego, complejo por propia naturaleza, pero no hay necesidad de que crezca indefinidamente su complejidad ni hay tampoco necesidad de que sea todo lo complicado y desconcertante que, lo hacen la torpeza, la ignorancia, la pasión desenfrenada y la avidez de los hombres. Todas estas malas cualidades, que tienden a acrecentar la complicación de la vida, pueden ser eficazmente contrarrestadas por el entrenamiento mental de la Recta Atención.

El Satipatthána enseña al hombre cómo poner fin a toda esta desconcertante complejidad de su vida y de sus problemas, empezando por dotarle de capacidad de adaptación y flexibilidad mentales, así como de reflejos rápidos y apropiados ante situaciones cambiantes, de la destreza en la aplicación de los medios idóneos (es decir, la Comprensión Clara de la Idoneidad). Incluso el irreductible mínimo de complejidad de la vida puede también ser dominado en medida razonable mediante la ayuda de la Recta Atención. A tal fin nos enseña cómo tener nuestros asuntos, tanto materiales como éticos, en orden y sin atrasos ni deudas; cómo ganar y manejar las riendas del control; cómo coordinar los numerosos hechos de la vida y cómo subordinarlos a un fin fuerte y noble.

En cuanto a las complicaciones que se pueden reducir, `el Sati patthána sostiene el ideal de simplificar las necesidades. Es éste un ideal que hay que acentuar hoy en día con particular urgencia en vista de la peligrosa tendencia moderna a crear artificialmente nuevas necesidades, a hacerles propaganda y a condicionar a la gente a sentirlas. Los resultados de esta tendencia, tales como se manifiestan en la vida social y económica, forman parte de las causas secundarias de la guerra, mientras que su raíz —la avidez— es una de las causas principales. Es urgente para el bienestar material y espiritual de la humanidad contener esta evolución. En cuanto a la materia que ahora nos ocupa, o sea, cómo ayudarse a sí mismo a progresar espiritualmente, cómo la mente del hombre puede adquirir confianza en sí misma si sigue abandonándose a la incesante y agotadora labor de aumentar constantemente necesidades imaginarias—que conducen a una creciente dependencia de los otros. Se debería cultivar la simplicidad de la vida tanto por su belleza intrínseca como por la libertad que procura.

Veamos ahora las complicaciones interiores que pueden evitarse o al menos algunas de ellas. Aquí el Satipatthána enseña cómo controlar y mejorar el instrumento principal de que dispone el hombre: la mente, e indica el sano propósito para el que hay que usarlo.

Una fuente frecuente de la multiplicación de complicaciones interiores y exteriores es la intervención superflua e intempestiva. Pero el que está verdaderamente atento prestará ante todo atención a lo que concierne a su propia mente. Adquiriendo el hábito de la Atención Pura, que está en total contradicción con la intervención, se reprimirá eficazmente el deseo de intervenir. La Clara Comprensión, guía de la acción circunspecta, examinará entonces cuidadosamente el propósito y la idoneidad de la intención de intervenir y, porto general, aconsejará abandonarla.

Muchas complicaciones interiores son causadas por actitudes extremas de la mente y el imprudente manejo de las diferentes antítesis operantes en la vida. Dejarse. llevar a extremismos de cualquier clase restringirá la libertad de acción y de pensamiento y la capacidad de comprender de verdad menoscaba la propia independencia y las posibilidades de ayudarse eficazmente a uno mismo, tanto práctica como espiritualmente. El que ignora las leyes que rigen la antítesis toma partido por uno u otro de los extremos en sus eternos conflictos, se convierte en impotente juguete de sus periódicas alteraciones. El Satipatthána es, como expresión del Sendero Medio del Buda, un camino que conduce por encima y más allá de los extremos y las oposiciones. Corrige todo desenvolvimiento unilateral completando las insuficiencias y reduciendo los excesos. Introduce el sentido de la proporción y aspira a la armonía y el equilibrio, sin los cuales no puede haber confianza duradera en sí mismo ni modo eficaz de ayudarse.

A título de ejemplo mencionemos dos tipos de caracteres opuestos, tal y como los formuló y elaboró C. G. Jung:, el introvertido (vuelto hacia el interior) y el extravertido (vuelto hacia el exterior), que corresponden en parte a otras antítesis tradicionales, tales como los tipos contemplativo y activo, solitario y socia ble, etc. Pues bien, la característica del Sendero Medio está tan profundamente enraizada en el Satipatthána que este método es, de hecho, capaz de atraer a los dos tipos a la vez, compensando lo que cada uno de ellos tenga de excesivo.

Los principiantes en la meditación se darán a menudo cuenta con consternación de la diferencia, a veces considerable, entre su estado de mente durante la vida corriente y durante los limitados períodos que dedica a la práctica espiritual. El Satipattháná reduce y finalmente colma esta laguna mediante una fusión, progresiva de la vida y de la práctica que resultará beneficiosa para ambas. Muchos, desalentados por la diferencia a la que aludimos y por el fracaso de sus esfuerzos, dejan el camino de la cultura mental y de la propia ayuda espiritual, y se rinden a creencias que mantienen que el hombre no puede ser salvado más que por la gracia, cosa que no es probable que le suceda a quien sigue el método Satipatthána, caracterizado por la confianza en sí mismo y el esfuerzo de autoayuda.

Otra fuente de complicaciones interiores: la influencia poderosa e imprevisible del subconsciente. Pero mediante la intervención de la Atención Pura se establecerá con él un contacto natural, más íntimo y amistoso, gracias a la familiaridad creciente con las más sutiles vibraciones del cuerpo y de la mente y con la ayuda de la actitud de aguardar y escuchan, que evita toda injerencia grosera y perjudicial en el dominio del subconsciente. De esta manera, y mediante la luz de la Atención que se va esparciendo de modo gradual, pero constante, el subconsciente se volverá más articulado y más dócil al control, es decir, más susceptible de ser coordinado con las tendencias dirigentes de la mente consciente y de apoyarlas útilmente. Reduciendo lo que de imprevisible y de indócil brota del subconsciente, la confianza en sí mismo se asentará sobre una base más segura.

De acuerdo con el espíritu de confianza en sí mismo que lo caracteriza, el Satipatthána no exige ninguna técnica minuciosa ni medios externos. Trabaja con los elementos de la vida cotidiana. No tiene nada que ver con ningún culto ni rito exótico, ni confiere iniciaciones o conocimiento esotérico de ninguna manera más que por la iluminación conseguida con el propio esfuerzo.

Concentrándose en utilizar las condiciones de vida que encuentra, el Satipatthána no exige el retiro total ni la vida monástica, aunque entre los que lo practican puede haber quienes sientan creciente necesidad y deseo de apartamiento. De todos modos, un periodo de retiro de vez en cuando es útil para empezar la práctica metódica y rigurosa y luego para acelerar el progreso. También en Occidente se deberían proporcionar ocasiones para hacer retiros periódicos en lugares convenientes. Aparte del valor que tengan para la práctica de meditaciones rigurosas, la atmósfera de tales Casas de Silencio sería una fuente de recuperación física y mental de los efectos de la civilización urbana.

El Satipatthána es una manera de liberarse a sí mismo. Basándose en la ley del Karma, o sea, la responsabilidad por nuestras propias acciones, el Satipatthána —tanto en el fin que persigue como en la totalidad de los medios que emplea— es incompatible con ninguna creencia, ni en la salvación conferida por el esfuerzo ajeno o por la gracia divina, ni en la intercesión del sacerdote.

El Satipatthána está libre de dogmas y no se apoya en revelaciones divinas, ni en ninguna otra autoridad exterior en materia espiritual. El Satipatthána no se fa más que del conocimiento de primera mano tal como lo proporciona la visión directa de la propia experiencia. Enseña cómo purificar, extender y profundizar esa fuente esencial del conocimiento verdadero: la experiencia directa. El discípulo del Satipatthána acepta y ama la palabra del Buda porque representa las detalladas instrucciones de viaje que nos ofrece aquel que ya ha recorrido el Sendero en toda su extensión, y en el que, por consiguiente, podemos tener confianza. Pero esta Palabra no pasa a ser propiedad mental del discípulo más que en el grado en que él mismo la comprueba por propia experiencia.

Este carácter del Satipatthána como mensaje de confianza en sí mismo y en la propia ayuda está ilustrado por las palabras que el mismo Buda pronunció durante sus últimos días de vida, lo que les confiere un valor muy particular:
Así pues, Ananda, ¡sea cada uno de vosotros su propia isla! ¡Sea cada uno de vosotros su propio refugio! ¡No os acojáis a ningún refugio exterior! ¡Que la Verdad (Dhamma) sea vuestra isla, que la verdad sea vuestro refugio! ¡No toméis ningún otro refugio! Y esto ¿cómo se consigue?
He aquí, Ananda, que el monje vive contemplando el cuerpo en el cuerpo, contemplando las sensaciones en las sensaciones, contemplando la conciencia en la consciencia, contemplando los objetos mentales en los objetos mentales, fervoroso, atento y con clara comprensión, habiendo superado en el mundo el deseo y el desaliento.
Y quienes quiera, Ananda, ahora o después de mi muerte, serán su propia isla, serán su propio refugio y no se acogerán a ningún refugio exterior, sino que tendrán firmemente la verdad por isla y por refugio, sin refugiarse en nada más; esos serán, Ananda, entre mis Bhikkhus, los que alcanzarán la cima suprema, siempre que estén deseosos de aprender. (Maha-parinibbana-sutta)

El estudiante serio apreciará toda la fuerza de esta última frase. Por lo demás se ha dicho en fórmula tan parca como verdadera que, una vez un discípulo ha recibido la Enseñanza sobre el Sendero y la Meta, ya no hay más que dos reglas para que su práctica espiritual tenga éxito: ¡Comienza! y ¡Continúa!

Gracias a Buda

IMPRIMIRPALABRA: BUDISMO

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