28/04/2017

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BUDA

ANONIMO

29/11/2009

Articulo BUDA

Categoría: RELIGIONES

Extracto del libro Introducción al budismo

La liberación es el estado de paz interior permanente que se alcanza al abandonar por completo las perturbaciones mentales. Cuando, por medio del adiestramiento en el camino a la liberación, nuestra mente se libere por completo de los engaños, la naturaleza última de la mente se transformará en la liberación o el nirvana. A partir de ese momento estaremos libres del samsara y de todos los sufrimientos que éste conlleva, y nos habremos convertido en un Destructor del Enemigo, un ser que ha eliminado los adversarios internos del apego, el odio y la ignorancia del auto aferramiento.

Como se mencionó con anterioridad, cuarenta y nueve días después de que Buda hubiera alcanzado la iluminación, Brahma e Indra le suplicaron que girara la Rueda del Dharma. La primera enseñanza que Buda dio fue el Sutra de las cuatro nobles verdades, en el cual revela la verdad de los sufrimientos, de los orígenes, de las cesaciones y de los caminos. Se dice que el renacimiento samsárico, como por ejemplo nuestro renacimiento presente, es «una verdad de los sufrimientos» porque constituye la base de todos los demás sufrimientos y perturbaciones mentales; a éstas y a las acciones motivadas por ellas se las llama «verdades de los orígenes» porque son el origen o fuente de todo el sufrimiento. La liberación es «una verdad de las cesaciones» porque es una cesación permanente de las perturbaciones mentales y de los sufrimientos; y los senderos espirituales que nos llevan hacia la liberación constituyen «la verdad de los caminos» porque si los seguimos alcanzaremos «la verdad de las cesaciones». Buda dijo:

Conoce los sufrimientos, abandona sus orígenes. Alcanza las cesaciones, medita en los caminos.

Estas palabras nos dicen, en primer lugar, que hemos de comprender que la naturaleza del renacimiento samsárico es sufrimiento y que debemos renunciar a él. En segundo lugar debemos abandonar las perturbaciones mentales y las acciones impuras, ya que son la fuente u origen del renacimiento samsárico y de todos sus sufrimientos; y debemos extraer el significado de nuestra existencia humana alcanzando la liberación. Para lograr esta cesación permanente del dolor hemos de meditar en los caminos que nos llevan a la liberación.

Las cuatro nobles verdades pueden comprenderse y practicarse a diferentes niveles. De forma directa o indirecta, todos los ejercicios de Dharma están contenidos en la práctica de las cuatro nobles verdades. A un nivel básico, podemos comenzar esta práctica reflexionando sobre los sufrimientos causados por el odio. El odio no sólo destruye la paz interior del individuo, sino también la del mundo entero. La causa principal de las dos guerras mundiales y de todas las demás guerras que están teniendo lugar a lo largo de todo mundo es el odio. En menor escala, el odio destruye nuestras relaciones espirituales, nuestra reputación y la armonía familiar y comunitaria. La mayoría de las contiendas, así como de las dificultades cotidianas con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, son producidas por el odio. La raíz de toda nuestra felicidad futura son nuestras predisposiciones kármicas virtuosas, la energía positiva producida por las acciones virtuosas creadas en el pasado, que llevamos grabada en nuestro continuo mental. El odio destruye estos potenciales y nos despoja de los buenos efectos de nuestras acciones nobles. Es más, nos obliga a cometer acciones muy destructivas y de este modo nos arroja a los fuegos de los infiernos en vidas futuras. Nada nos daña más que nuestro propio odio.

Reconociendo los terribles e innecesarios sufrimientos producidos por el odio, debemos desarrollar renuncia por ellos e intentar abandonar su causa, la mente de odio, ejerciendo la paciencia. De este modo podremos lograr la cesación del odio. Los males producidos por esta perturbación mental son verdades del sufrimiento, el odio en sí es una verdad de los orígenes, el adiestramiento en la paciencia es una práctica de la verdad de los caminos, y la cesación permanente del odio es una verdad de las cesaciones. Estos mismos principios podemos aplicarlos también a los sufrimientos producidos por el apego y la ignorancia.

¿Anécdota de Buda y Ananda?

Un día Buda pasaba a través de un bosque. Era un caluroso día de verano y tenía mucha sed. Le dijo a Ananda, su principal discípulo: Ananda, regresa. Cuatro o cinco kilómetros más atrás hemos pasado por un pequeño arroyo. Tráeme un poco de agua. Llévate mi cuenco de mendicante. Tengo mucha sed y estoy cansado -había envejecido.

Ananda volvió hacia atrás... pero cuando llegó al arroyo, acababan de cruzarlo unas carretas tiradas por bueyes que habían enturbiado toda el agua. Las hojas muertas, que estaban reposando en el fondo, habían subido a la superficie, esta agua ya no se podía beber; estaba demasiado sucia. Regresó con las manos vacías y dijo: Tendrás que esperar un poco. Iré por delante. He oído que a sólo cuatro o cinco kilómetros de aquí hay un gran río. Traeré el agua de allí. Pero Buda insistió:

Regresa y tráeme el agua de ese arroyo.

Ananda no podía entender la insistencia, pero si el Maestro lo dice, el discípulo tiene que obedecer. A pesar de lo absurdo de la situación -que de nuevo tiene que caminar cuatro o cinco kilómetros, y sabe que no merece la pena beber ese agua-, él va.

Cuando está yendo, Buda le dice: Y no regreses si el agua sigue estando sucia. Si está sucia, siéntate en la orilla en silencio. No hagas nada, no te metas en el arroyo. Siéntate en la orilla en silencio y observa. Antes o después el agua volverá a aclararse, y entonces llena el cuenco y regresa.

Ananda volvió hasta allí. Buda tenía razón: el agua estaba casi clara, las hojas se habían desplazado, el polvo se había asentado. Pero todavía no estaba totalmente transparente, de modo que se sentó en la orilla y observó cómo fluía el río. Poco a poco se volvió cristalina. Después regresó bailando. Entonces entendió por qué Buda había insistido tanto. Había un cierto mensaje en todo esto para él, y lo había entendido. Le dio el agua a Buda, le dio las gracias a Buda, se postró a sus pies.

Buda dijo: ¿Qué estás haciendo? Yo te debería de dar las gracias por haber traído el agua.

Ananda dijo: Ahora lo puedo entender. Primero me enfadé; no lo mostré, pero estaba enfadado porque era absurdo regresar. Pero ahora he entendido el mensaje. Esto es lo que en realidad necesito en este momento.

Con la mente es el mismo caso: Sentado en la orilla de ese pequeño arroyo me hice consciente de que pasa lo mismo con la mente. Si me meto en el arroyo lo volveré a ensuciar. Si me meto en la mente, provocaré más ruido, empezarán a aparecer más problemas, a emerger. Sentado a un lado he aprendido la técnica. Ahora me sentaré también al lado de la mente, observándolas con todas sus suciedades, problemas, hojas muertas, dolores y heridas, recuerdos y deseos. Me sentaré indiferente en la orilla y esperaré el momento en que todo esté claro.

El corazón de la práctica de Dharma es la meditación. El propósito de la meditación es pacificar y calmar la mente. Si mantenemos una mente apacible, no tendremos preocupaciones ni angustias y disfrutaremos de verdadera felicidad; pero si nuestra mente está alterada, no conseguiremos sentirnos felices aunque estemos rodeados de las mejores condiciones. Si nos adiestramos en la meditación, iremos descubriendo en nuestro interior una paz y una serenidad cada vez mayores y disfrutaremos de una forma de felicidad que se irá volviendo más pura. Finalmente, estaremos siempre contentos incluso ante las situaciones más adversas.

Por lo general, nos cuesta mucho controlar la mente. Al igual que un globo suelto en el aire se zarandea de un lado a otro al capricho del viento, nuestra mente se tambalea inestable a merced de las circunstancias externas. Si las cosas nos van bien nos sentimos felices, pero si nos van mal enseguida nos enfadamos. Por ejemplo, si logramos lo que deseamos, como nuevas posesiones o un nuevo amigo, nos alegramos excesivamente y nos agarramos a ellos con fuerza; pero, como no nos es posible adquirir todo lo que se nos antoja y es inevitable que algún día nos separaremos de nuestros amigos y posesiones, este apego o adherencia mental sólo nos produce sufrimiento. Por otro lado, si no conseguimos lo que queremos o perdemos algo que nos gusta, nos enfadamos y descorazonamos. Así pues, si nos vemos obligados a trabajar con una persona que no es de nuestro agrado, lo más probable es que nos pongamos de mal humor y nos sintamos ofendidos; como consecuencia, no podremos trabajar de manera eficiente, no encontraremos satisfacción en nuestro trabajo y empezaremos a padecer estrés.

Tales cambios en nuestro estado de ánimo surgen porque nos involucramos demasiado en las situaciones externas. Somos como niños que se emocionan construyendo un castillo de arena en la playa, pero cuando las olas lo destruyen se ponen a llorar. Por medio de la meditación aprendemos a crear un espacio en nuestro interior y una flexibilidad y claridad mentales que nos permiten controlar nuestra mente sin vernos afectados por los cambios en las circunstancias externas. De manera gradual, desarrollamos una estabilidad mental, un equilibrio interior que nos permite permanecer siempre felices en vez de oscilar entre los extremos de la euforia y el desaliento.

Si nos adiestramos en la meditación con regularidad, llegará un día en que seremos capaces de erradicar las perturbaciones mentales, que son las causas de todos nuestros problemas y sufrimientos. De este modo disfrutaremos de la paz interna permanente, conocida como «la liberación» o «el nirvana». A partir de entonces, día y noche, durante una vida tras otra, sólo experimentaremos paz y felicidad.

La meditación es el método para familiarizar la mente con la virtud. Es una conciencia mental que analiza un objeto virtuoso o se concentra en él. Un objeto virtuoso es aquél que nos induce a manifestar una mente apacible cuando lo analizamos o nos concentramos en él. Si contemplamos un objeto y como consecuencia de ello surge una mente agitada, por ejemplo, por el odio o el apego, ésta es una indicación de que ese objeto no es virtuoso. También hay muchos otros objetos que no son ni virtuosos ni no virtuosos, sino neutros.

La meditación puede ser de dos tipos: analítica o de emplazamiento. Cuando contemplamos o estudiamos el significado de cualquier escritura de Dharma que hayamos leído o escuchado, estamos realizando una meditación analítica. La contemplación profunda de esa enseñanza nos conducirá a una determinada conclusión o a manifestar una actitud mental virtuosa. Esta conclusión o actitud mental será el objeto de la meditación de emplazamiento. Una vez que hayamos encontrado el objeto deseado por medio de la meditación analítica, debemos concentrarnos en él sin distracciones por tanto tiempo como podamos a fin de familiarizarnos profundamente con él. Esta concentración convergente es la meditación de emplazamiento. El término «meditación» suele utilizarse para hacer referencia a la meditación de emplazamiento, y «contemplación» para referirse a la meditación analítica. La meditación de emplazamiento depende de la contemplación, y ésta, a su vez, de la escucha o lectura de las enseñanzas de Dharma.

La primera etapa de la meditación consiste en detener las distracciones y lograr una cierta claridad y lucidez en la mente. Esto puede lograrse por medio de un simple ejercicio de respiración. Primero buscamos un lugar tranquilo donde podamos meditar y nos sentamos en una posición cómoda, ya sea la postura tradicional, con las piernas cruzadas una sobre la otra, o cualquier otra posición cómoda. Si lo preferimos, nos podemos sentar en una silla. Lo más importante es mantener la espalda recta para no caer en un estado de somnolencia.

Mantenemos los ojos entreabiertos y enfocamos toda nuestra atención en la respiración. Respiramos de forma natural, preferiblemente a través de los orificios nasales, sin pretender controlar la respiración, e intentamos ser conscientes de la sensación que produce la entrada y salida del aire por la nariz. Esta sensación es nuestro objeto de meditación. Nos concentramos en él intentando olvidar todo lo demás.

Al principio percibiremos que nuestra mente está muy atareada y entonces es posible que pensemos que la meditación la agita aún más; en realidad, lo que ocurre es que empezamos a darnos cuenta de lo ajetreada que normalmente está nuestra mente. Además, tendremos tendencia a seguir los diferentes pensamientos que vayan surgiendo, pero hemos de resistirnos a ello y concentrarnos todo lo que podamos en la sensación producida al respirar. Si descubrimos que nuestra mente se distrae y vaga tras pensamientos e ideas, hemos de retornar de inmediato a la respiración. Repetimos este proceso tantas veces como haga falta hasta que la mente se asiente en la respiración.

Si practicamos de este modo con paciencia, nuestras distracciones irán disminuyendo de manera gradual y experimentaremos una sensación de serenidad y relajación. Nuestra mente se volverá lúcida y espaciosa y nos sentiremos restablecidos. Cuando el mar está encrespado, el sedimento del fondo se agita y el agua se enturbia; pero cuando el viento cesa, el lodo se deposita en el fondo poco a poco y el agua se vuelve transparente. Del mismo modo, cuando por medio de la concentración en la respiración logramos calmar el flujo incesante de nuestras distracciones, nuestra mente se vuelve lúcida y clara. Entonces, intentamos permanecer en ese estado de calma mental durante un rato.

Aunque este ejercicio de respiración no sea más que una etapa preliminar de la meditación, puede llegar a ser muy efectivo. Esta práctica es una prueba de que podemos experimentar paz interior y satisfacción simplemente controlando la mente, sin tener que depender de las condiciones externas. Cuando la turbulencia de las divagaciones mentales disminuye y nuestra mente se calma, surge de forma natural un sentimiento profundo de felicidad y satisfacción. Este sentimiento de bienestar nos ayudará a resolver los problemas y dificultades de la vida diaria. Una gran parte del estrés y de las tensiones que nos afligen se originan en la mente y muchos de nuestros problemas, como la mala salud, son provocados o agravados por el estrés. Si practicamos la meditación en la respiración durante diez o quince minutos al día, seremos capaces de reducir en gran medida nuestro estrés. Experimentaremos una sensación de tranquilidad y espacio en nuestra mente y muchos de nuestros problemas se desvanecerán. Sabremos manejar mejor las situaciones difíciles, nos sentiremos más cerca de los demás, seremos más atentos con ellos y nuestras relaciones mejorarán.

Hemos de adiestrarnos en esta meditación preliminar hasta que logremos una cierta experiencia; pero si deseamos lograr una paz interna permanente y estable, y liberarnos de todos los problemas y sufrimientos, este simple ejercicio de respiración no es suficiente, hemos de emprender formas más prácticas de meditación como las que se presentan en el libro Manual de meditación. Al hacer estas meditaciones, comenzamos calmando la mente por medio de este ejercicio de respiración y proseguimos con las meditaciones analítica y de emplazamiento siguiendo sus respectivas instrucciones. Algunas de estas meditaciones se introducen a continuación en este libro.

Citado de una Biografía Pictórica del Buda Shakyamuni

Un día Siddhartha abandonó Rajagrha para ir al pie de la montaña donde muchos ermitaños y sabios moraban. En el camino, vio polvo cayendo de la montaña junto con el sonido de fuertes latidos y cascos de animales. Acercándose, encontró una gran rebaño de ovejas y cabras desplazándose como un banco de nubes. Con dificultad los conducían hacia la ciudad. Al final del rebaño, un pequeño cordero se rezagaba, cojeando con mucho dolor, su pierna herida y sangrando. Siddhartha notó al pequeño cordero y su madre que iba delante constantemente miraba hacia atrás profundamente preocupada por su descendiente. Su corazón se llenó de compasión. Entonces Siddhartha tomó en sus brazos al pequeño cordero con la pierna herida, acariciándolo suavemente y caminando detrás del rebaño.

Cuando vio a los pastores, preguntó: ‘A dónde conducen esta manada? ¡Normalmente deberían conducirlos de regreso por la tarde! ¿Por qué los conduce de regreso al mediodía?’ Los pastores contestaron: ‘El Rey prepara un gran sacrificio hoy, y nos han ordenado a cada uno traer cien ovejas y cabras a la ciudad al mediodía.’ Siddhartha dijo: ‘Iré con usted.’ El llevó al pequeño cordero en sus brazos por todo el camino a la ciudad. Caminando detrás del rebaño de ovejas, Siddhartha alcanzó la ciudad; entonces fue hacia el palacio, donde el sacrificio estaba siendo realizado.

El Rey y un grupo de sacerdotes del culto que adora al fuego cantaban himnos, mientras un gran fuego estaba ardiendo sobre el altar. Estaban a punto de matar a un rebaño de ovejas en sacrificio, pero cuando el líder de los adoradores del fuego levantó su espada para cortar la cabeza de la primera oveja, Siddhartha rápidamente subió y lo detuvo... En forma sería y solemne, Siddhartha... dijo al Rey Bimbisara: ‘Su Majestad, no permita a estos adoradores destruir las vidas de estos pobres animales.’ Entonces habló a la gente que estaba de pie como testigos de este acontecimiento:

Todas las criaturas vivas se adhieren a la vida. ¿Por qué deberían las personas ejercer fuerza brutal sobre estos animales amistosos? El sufrimiento de nacimiento, vejez, enfermedad y muerte naturalmente se llevará sus queridas vidas.’ Siddhartha continuando: ‘Si los seres humanos esperan piedad, ellos deberían mostrar compasión, puesto que, según la ley de Causa y Efecto, los que matan, en su momento, serán matados. Si esperamos la felicidad en el futuro, no debemos hacer daño a ninguna clase de criatura en absoluto. Para cualquiera que siembre las semillas del dolor y la agonía indudablemente cosechará los mismos frutos.’ La manera en que Siddhartha habló era pacífica, solemne y aún llena de compasión, pero al mismo tiempo, enérgica y decidida. El cambió completamente el propósito y la creencia del Rey y los adoradores del fuego.

Entonces el Rey Bimbisara pidió a Siddhartha quedarse en su país para enseñar a la gente a ser misericordiosa... Siddhartha estaba profundamente agradecido, pero ya que aún no había logrado su objetivo de la Completa Iluminación, con gracia rehusó la invitación y se marchó.”

¿QUIEN FUE BUDA?

Por lo general, «Buda» significa 'Ser Despierto', el ser que ha despertado del sueño de la ignorancia y percibe las cosas como son en realidad. Un Buda es una persona que se ha liberado de todas las faltas y obstrucciones de su mente. Muchos seres se convirtieron en Budas en el pasado y muchos otros lo harán en el futuro.

Al Buda que fundó la religión budista se le llama Buda Shakyamuni. «Shakya» es el nombre de la familia real en la que nació y «muni» quiere decir 'Ser Adepto'. Buda Shakyamuni nació en el año 624 a.C. en Lumbini, lugar que por entonces pertenecía a la India y que hoy forma parte del Nepal. Su madre fue la Reina Mayadevi y su padre el Rey Shudhodana.

Una noche, la Reina Mayadevi soñó que un elefante blanco descendía del cielo y entraba en su seno. Esto era una señal de que esa misma noche había concebido a un ser de gran pureza y poder. El que el elefante descendiera del cielo significaba que el niño provenía de Tushita, la Tierra Pura del Buda Maitreya. Meses más tarde, cuando dio a luz, en vez de experimentar dolor, la reina tuvo una maravillosa experiencia en la que se vio agarrándose a la rama de un árbol con su mano derecha, mientras los dioses Brahma e Indra recogían al niño que nacía sin dolor de su costado. Los dioses procedieron a venerar al infante y ofrecerle abluciones.

Cuando el rey vio al niño, sintió como si todos sus deseos se hubieran cumplido y le puso el nombre de «Sidharta». Pidió a un Brahmin que predijera el futuro del príncipe. El adivino examinó al infante con sus poderes de clarividencia y dijo al rey: «Este niño llegará a ser un rey chakravatin –un gobernante del mundo entero– o un ser iluminado, hay señales que así lo indican. Ya que el tiempo de los reyes chakravatines ha pasado, sin lugar a dudas se convertirá en un Buda y su beneficiosa influencia, como los rayos del sol, alcanzará a mil millones de mundos».

De niño el príncipe logró un gran dominio de las artes y ciencias tradicionales sin necesidad de recibir instrucciones. Conocía sesenta y cuatro lenguas distintas, con sus correspondientes alfabetos, y era diestro en las matemáticas. En cierta ocasión reveló a su padre que era capaz de contar todos los átomos del mundo en el tiempo que se tarda en dar un solo respiro. A pesar de que no necesitaba estudiar, lo hizo para complacer a su padre y con la intención de beneficiar a los demás. Cumpliendo el deseo de su progenitor, acudió a una escuela donde, además de estudiar las materias académicas, se adiestró en deportes como las artes marciales y el tiro con arco. El príncipe aprovechaba cualquier oportunidad para revelar el significado del Dharma y alentaba a sus compañeros a seguir un sendero espiritual. En cierta ocasión, mientras participaba en una competición de tiro con arco, dijo: «Con el arco de la concentración meditativa disparo la flecha de la sabiduría y elimino al tigre de la ignorancia de los seres sintientes». A continuación disparó una flecha que atravesó, de una sola vez, cinco tigres de hierro y siete árboles, para hundirse después en la tierra. Al presenciar semejantes demostraciones, millares de personas desarrollaron una profunda fe en el príncipe.

De vez en cuando el Príncipe Sidharta viajaba a la capital del reino para observar cómo vivían sus súbditos. Durante estas visitas vio ancianos y enfermos, y en una ocasión, un cadáver. Estos encuentros dejaron una profunda huella en su mente, y así comprendió que todos los seres sintientes, sin excepción, están sometidos a los sufrimientos del nacimiento, las enfermedades, la vejez y la muerte. Puesto que conocía las leyes de la reencarnación, sabía que estos sufrimientos no los hemos de padecer sólo una vez, sino repetidas veces una vida tras otra sin cesar. Al ver que todos los seres están atrapados en este círculo vicioso de sufrimiento, sintió una profunda compasión por ellos y generó un sincero deseo de liberarlos de su dolor. Al comprender que sólo un Buda, un ser completamente iluminado, posee la sabiduría y el poder necesarios para ayudar a todos los seres de esta manera, decidió retirarse a la soledad de un bosque para dedicarse a la meditación profunda hasta que alcanzara la iluminación.

Cuando las gentes del reino Shakya se enteraron de que el príncipe tenía planeado abandonar el palacio, suplicaron al rey que acordara un matrimonio para su hijo a fin de hacerle cambiar de idea. El rey aceptó y en poco tiempo encontró una joven doncella, hija de una respetada familia Shakya, llamada Yasodhara. El Príncipe Sidharta, no obstante, carecía de apego por los placeres mundanos porque sabía que los objetos de deseo son como flores venenosas; aunque son muy atractivas, pueden producir gran dolor. Su resolución de abandonar el palacio y alcanzar la iluminación seguía inalterable; sin embargo, a fin de satisfacer los deseos de su padre y beneficiar a los Shakyas durante un tiempo, aceptó contraer matrimonio con Yasodhara. A pesar de que permaneció y vivió en el palacio como corresponde a un príncipe, dedicó todo su tiempo y energía a servir al pueblo Shakya de todas las maneras que le fue posible.

Al cumplir los veintinueve años, el príncipe tuvo una visión en la que todos los Budas de las diez direcciones aparecieron ante él y le dijeron al unísono: «En el pasado te comprometiste a alcanzar el estado de un Buda Vencedor para poder ayudar a todos los seres atrapados en el ciclo del sufrimiento. Ahora ha llegado el momento de cumplir tu promesa». El príncipe fue a ver a sus padres de inmediato y les dijo: «Quiero retirarme a un lugar apacible en el bosque, donde pueda dedicarme a la concentración meditativa y alcanzar con rapidez la iluminación total. Cuando haya logrado la Budeidad podré beneficiar a todos los seres y, de este modo, devolver tanto su bondad, como en especial la vuestra, mis bondadosos padres. Por lo tanto, os suplico me concedáis permiso para dejar el palacio». Al oír estas palabras, sus progenitores se sorprendieron y el rey se negó a complacerle. El Príncipe Sidharta contestó al rey: «Padre, si puedes liberarme de manera permanente de los sufrimientos del nacimiento, las enfermedades, la vejez y la muerte, me quedaré a vivir en el palacio; en caso contrario, he de marcharme y utilizar esta vida humana de la manera más significativa posible».

El rey intentó por todos los medios convencer a su hijo de que no abandonara el palacio. Con la esperanza de que cambiara de opinión, le rodeó de un séquito de encantadoras doncellas, danzarinas, cantantes y músicos, que día y noche se dedicaban a entretenerle. Además, para prevenir que el príncipe escapara en secreto, rodeó el palacio de guardianes. No obstante, Sidharta seguía decidido a marcharse del palacio y dedicarse a la meditación. Una noche, por medio de sus poderes sobrenaturales, sumergió en un profundo sueño a los guardianes y sirvientes para poder escapar con la ayuda de un amigo fiel. Al cabo de unos diez kilómetros de viaje el príncipe bajó de su caballo y se despidió de su ayudante. Luego se cortó el cabello y lo lanzó hacia el cielo, y fue recogido por los dioses de la Tierra de los Treinta y Tres Cielos. Uno de ellos le ofreció los hábitos azafranados de un mendicante religioso. El príncipe los aceptó y, a cambio, le entregó sus vestimentas reales. De este modo, él mismo se ordenó monje.

Sidharta continuó su viaje hasta llegar a un lugar cerca de Bodh Gaya, en la India, que encontró apropiado para el recogimiento. Se estableció allí y empezó a practicar la meditación llamada «la concentración, semejante al espacio, del Dharmakaya», con la cual se enfocó de manera convergente en la naturaleza última de todos los fenómenos. Después de ejercitarse en esta práctica durante seis años, se dio cuenta de que estaba muy cerca de alcanzar la iluminación; entonces anduvo hasta Bodh Gaya, donde el día de luna llena del cuarto mes del calendario lunar se sentó en la postura de meditación bajo el Árbol Bodhi, e hizo la promesa de no abandonar su meditación hasta que hubiera alcanzado la iluminación perfecta. Con esta resolución entró de nuevo en la concentración, semejante al espacio, del Dharmakaya.

Al anochecer, el Mara Devaputra, jefe de todos los maras o demonios de este mundo, intentó perturbar la concentración de Sidharta mediante el conjuro de pavorosas apariciones. Manifestó huestes de terribles espíritus demoníacos: unos disparando lanzas y flechas, otros arrojándole bolas de fuego, piedras, rocas y hasta montañas enteras. A pesar de todo, Sidharta permaneció imperturbable en su absorción. Gracias al poder de su concentración, todas aquellas armas, rocas y montañas se transformaron ante él en una refrescante lluvia de flores, y los fuegos feroces en ofrendas de luces de arco iris.

Al ver que no era posible conseguir que Sidharta abandonara su meditación haciendo uso del miedo, el Mara Devaputra intentó distraerle manifestando innumerables doncellas de gran hermosura. No obstante, gracias a ello, Sidharta entró en un estado de concentración aún más profundo. De este modo venció a los demonios de este mundo y, por ese motivo, más tarde recibió el nombre de «Buda Vencedor».

Sidharta continuó meditando hasta el amanecer, cuando alcanzó la concentración semejante al vajra. Con esta concentración, que es la última mente de un ser con limitaciones, disipó de su mente los velos más sutiles de la ignorancia y, al siguiente instante, se convirtió en un Buda, un ser totalmente iluminado o despierto.

No hay nada que Buda no conozca. Debido a que despertó del sueño de la ignorancia y eliminó todas las obstrucciones de su mente, conoce todo lo que existe en el pasado, presente y futuro de manera simultánea y directa. Es más, Buda posee una compasión completamente imparcial que abarca a todos los seres sintientes, sin discriminación. Los beneficia sin excepción, manifestando emanaciones de diferentes formas por todo el universo y bendiciendo sus mentes. Gracias a las bendiciones de Buda, todas las criaturas, hasta el más pequeño de los animales, pueden desarrollar en determinados momentos estados mentales apacibles y virtuosos. Por último, todos los seres, después de haber encontrado una emanación de Buda en el aspecto de un Guía Espiritual, tendrán la oportunidad de entrar en los senderos de la liberación y la iluminación. Nagaryhuna, el gran erudito indio, afirmó que no existe ni un solo ser que no haya recibido ayuda de Buda.

Cuarenta y nueve días después de que Buda hubiera alcanzado la iluminación, los dioses Brahma e Indra le rogaron que impartiera enseñanzas con esta súplica:

¡Oh Buda, Tesoro de Compasión!, los seres sintientes son como ciegos,

en constante peligro de caer en los reinos inferiores.

En este mundo eres el único Protector.

Por ello, te imploramos que surjas de tu absorción meditativa

y gires la Rueda del Dharma.

En respuesta a su súplica, Buda surgió de su meditación estabilizada y giró la primera Rueda del Dharma. Estas enseñanzas, que incluyen el Sutra de las cuatro nobles verdades y otros discursos, constituyen la fuente principal del budismo hinayana o vehículo menor. Más tarde, Buda giró la segunda y tercera Ruedas del Dharma, que están compuestas, respectivamente, por los Sutras de la perfección de la sabiduría y el Sutra que discierne la intención. Estas instrucciones son la fuente del budismo mahayana o gran vehículo. En las enseñanzas hinayanas Buda explica cómo lograr la liberación propia del sufrimiento, y en las mahayanas cómo alcanzar la iluminación total o Budeidad para el beneficio de los demás seres. Ambas tradiciones florecieron en Asia, en un principio en la India y más tarde, de manera gradual, en otros países incluyendo el Tíbet. Hoy en día están empezando a florecer en Occidente.

Las enseñanzas de Buda reciben el nombre de «Rueda del Dharma» por la siguiente razón: Se dice que en tiempos remotos había grandes reyes, llamados «reyes chakravatines», que gobernaban el mundo entero. Estos reyes tenían unas posesiones muy especiales, entre las que destacaba una rueda preciosa con la que podían viajar por todo el mundo. El rey podía dominar cualquier región a la que viajara con la rueda. Se dice que las enseñanzas de Buda son como una rueda preciosa, porque allí donde se difunden aquellos que las ponen en práctica tienen la oportunidad de controlar sus mentes.

«Dharma» quiere decir 'protección'. Con la práctica de las enseñanzas de Buda nos protegemos de problemas y sufrimientos. Todos los problemas que surgen en nuestra vida diaria tienen su origen en la ignorancia, y ésta se elimina a través de la práctica del Dharma.

El adiestramiento en el Dharma es el método supremo para mejorar la calidad de nuestras vidas. Ésta depende no sólo del desarrollo externo o progreso material, sino también del crecimiento interno de paz y felicidad. Por ejemplo, en el pasado muchos budistas vivían en países subdesarrollados y pobres, pero disfrutaban de una felicidad pura e imperecedera porque practicaban lo que Buda enseñó.

Si integramos las instrucciones de Buda en nuestra vida diaria, podemos resolver todos nuestros problemas internos y lograr una verdadera apacibilidad mental. Sin paz interior, la paz externa es imposible. Si establecemos primero la paz en nuestro interior por medio del adiestramiento en el camino espiritual, la paz externa surgirá de forma natural; pero si no lo hacemos así, nunca habrá paz en el mundo por muchas campañas que se organicen en su favor.

El budismo o Budadharma son las enseñanzas de Buda y las experiencias o realizaciones que se obtienen al ponerlas en práctica. Buda impartió ochenta y cuatro mil enseñanzas. Todas ellas, junto con sus respectivas realizaciones, constituyen lo que se llama «budismo».

un camino completo hacia el desarrollo personal

El Budismo es una de las religiones más importantes en el mundo surgida de la inspiración y las enseñanzas de Buda. Es en sí un modo de vida que persigue el desarrollo integral del individuo.

La mejor descripción queda ilustrada en las siguientes palabras pronunciadas por Buda mismo:

Aprende a hacer el bien, cesa de causar daño.

Controla tu mente y beneficia a los demás.

El Budismo nos enseña cómo solucionar nuestros problemas y dificultades por comprender y prevenir las causas a partir de las cuales se originan. Normalmente buscamos dichas causas en las circunstancias externas, mientras que Buda nos enseña a buscarlas dentro de nosotros mismos. El enseñó cómo nuestros sentimientos de insatisfacción surgen de nuestros estados mentales negativos – principalmente el enojo, el apego y la ignorancia- y también ofreció los métodos para eliminarlos, a través de practicar la generosidad, la compasión, la sabiduría y otros estados mentales positivos. Cultivando estas cualidades podremos descubrir un estado de paz y fortaleza interior.

¿Quien fue BUDA?

Por lo general, «Buda» significa 'Ser Despierto', el ser que ha despertado del sueño de la ignorancia y percibe las cosas como son en realidad. Un Buda es una persona que se ha liberado de todas las faltas y obstrucciones de su mente. Muchos seres se convirtieron en Budas en el pasado y muchos otros lo harán en el futuro.

¿Qué es la liberación?

La liberación es el estado de paz interior permanente que se alcanza al abandonar por completo las perturbaciones mentales. Cuando, por medio del adiestramiento en el camino a la liberación, nuestra mente se libere por completo de los engaños, la naturaleza última de la mente se transformará en la liberación o el nirvana. A partir de ese momento estaremos libres del samsara y de todos los sufrimientos que éste conlleva, y nos habremos convertido en un Destructor del Enemigo, un ser que ha eliminado los adversarios internos del apego, el odio y la ignorancia del auto aferramiento.

¿Que es la Meditación?

El corazón de la práctica de Dharma es la meditación. El propósito de la meditación es pacificar y calmar la mente. Si mantenemos una mente apacible, no tendremos preocupaciones ni angustias y disfrutaremos de verdadera felicidad; pero si nuestra mente está alterada, no conseguiremos sentirnos felices aunque estemos rodeados de las mejores condiciones. Si nos adiestramos en la meditación, iremos descubriendo en nuestro interior una paz y una serenidad cada vez mayores y disfrutaremos de una forma de felicidad que se irá volviendo más pura.

LA REENCARNACIÓN SEGÚN EL BUDISMO

Las teorías que conciernen a la supervivencia y a los sujetos que las conocen, y que encontraremos en el Tíbet, no son totalmente extrañas a los occidentales. El Tíbet, cruce donde se encontraron y mezclaron inmigrantes venidos de los cuatro puntos cardinales y también, según ciertas leyendas, de regiones extraterrestres, ofrece una notable diversidad de estas creencias, ya que cada grupo de inmigrantes trajo consigo concepciones sobre el tema capital de la perennidad indefinida, universalmente deseada, de la vida individual.

El budismo no cree de la existencia de un alma individual y eterna.

El ser humano es sólo el transmisor de un incesante flujo, de una energía ininterrumpida, de una corriente, siempre cambiante, de "fuerzas" acumuladas durante existencias anteriores. El sufrimiento proviene del absurdo deseo de querer ser "yo" en el seno de un mundo donde todo es ilusión (maya). Este deseo de permanencia, de estabilidad, de individualidad es la causa de los renacimientos en el mundo del dolor.

Existe un medio de liberación, el que encontró el propio buda.

(Buda significa "el despierto")

Primero es preciso conocer la verdadera naturaleza del mundo, saber que todo es ilusión y suprimir cualquier deseo para alcanzar la liberación y fundirse en lo Absoluto: el Nirvana. Estar libre de pasiones, deseos, de la individualidad, de las ilusiones del mundo, éste es el estado de bienaventurado (bodhisattva) que puede alcanzarse en este mundo y en vida, sin hacer intervenir las nociones de paraíso e infierno. Sin embargo, esta ascesis física e intelectual no basta para la liberación: También deben practicarse un conjunto de obligaciones rituales.

La ley del Karma es, también ahí, fundamental. Es el factor determinante de la existencia de un individuo. El hombre que muere renacerá en un estado agradable o desagradable, según las acciones que haya cometido en su vida aquí abajo. Pero -y es esencial comprenderlo bien- el que renace nada tiene que ver con el muerto, puesto que no hay preservación alguna de la individualidad. Es una entidad espiritual ligada al cuerpo material, pero no enteramente dependiente de él, que se separa cuando éste muere y cesa de ser utilizado por ella. Este Namshes entonces emigra, para ir a vivir a otro cuerpo.

De todas maneras, el Namshes no es libre de elegir a su gusto el nuevo cuerpo en el que vivirá. Este le es impuesto por el juego automático de las causas y de los efectos: el "juego de la acción" (Karma). Sin embargo, el grueso de los tibetanos ha hecho del Namshes un equivalente del Jîva indio, que desempeña el mismo papel. Este Jîva no debe ser considerado como el equivalente del alma de la que hablan las religiones occidentales. No es creada, particularmente, para cada individuo en el momento de su nacimiento.

Ningún poder supremo regula la reencarnación del Jîva-Namshes; éste es automáticamente conducido hacia el nuevo cuerpo que debe habitar. Solo los actos que realizó por intermedio del individuo al que estuvo unido, será la causa de su nueva reencarnación. En esta atmósfera de superstición se lee, el la mayoría de los hogares tibetanos, el Bardo todol, poema simbólico filosófico escrito por letrados para letrados y que sirve todavía, en nuestros días, de tema de estudio y de meditación a ciertos pensadores del alto "País de la nieves".

El Bardo todol indica que el fallecido es un ser liberado si ha sabido reconocer la Luz fundamental y unirse a ella. En el preciso instante en que la fuerza psíquica escapa por la cúspide de la cabeza. El Principio Consciente elige su futuro receptáculo. Eso es, al parecer, lo que ocurre y permite comprender esta reencarnación que sigue siendo tan misteriosa como la vida misma.

Poco, si acaso algo, es lo que se sabe con seguridad sobre él. Según la tradición, recibió el nombre de Siddharta Gautama, fue un príncipe y nació unos seiscientos años antes de Cristo en el reino de los sakya, en el norte de la India. Se le llamó Sakyamuni (sabio de la tribu de los sakya) y también Tathagata, un título de significado incierto; pero lo más probable es que usted solo le conozca por su título más divulgado: el Buda.

Gautama se crió en un ambiente palaciego, pero a la edad de veintinueve años de repente se dio cuenta de las desgracias que le rodeaban. Quiso una explicación, de modo parecido a las personas de hoy que sinceramente se preguntan por qué existen la iniquidad y el sufrimiento. Dejó a su mujer y a su hijo recién nacido, huyó al desierto y allí vivió como un asceta durante seis años. Se tumbaba sobre espinos, y durante un tiempo subsistió con un solo grano de arroz al día; pero eso no le resultó en ninguna iluminación.

Cuando tenía unos treinta y cinco años, Gautama se decidió por un proceder más moderado, al que denominó la Vía o Senda Intermedia. Hizo el voto de permanecer sentado debajo de una higuera hasta que le llegase la iluminación. Finalmente, después de una noche de visiones, pensó que su búsqueda había sido recompensada. A partir de entonces se le conoció como el Buda, que significa “el Iluminado”. Sin embargo, Gautama no afirmaba que este título fuese monopolio suyo, razón por la cual siempre debe usarse con un artículo: un buda o, en el caso de Gautama, el Buda.

La vía hacia la liberación

Se dice que las divinidades hindúes Indra y Brahma rogaron al Buda que comunicase a otras personas las verdades que acababa de encontrar. Gautama emprendió esta tarea. Aunque conservaba la idea tolerante del hinduismo de que todas las religiones tienen cosas buenas, el Buda no estaba de acuerdo con su sistema de castas ni con el énfasis que daba a los sacrificios de animales. Rechazó la afirmación de que los Vedas hindúes eran escritos de origen divino, y aunque no negaba la posible existencia de Dios, sí lo descartaba como Creador. Opinaba que la ley de causa y efecto no tenía un punto de comienzo. Y fue más allá del hinduismo, hasta el punto de, según se afirma, prometer lo siguiente en su primer sermón: “Esto, monjes, es la vía intermedia, cuyo conocimiento lleva al discernimiento, el cual lleva a la sabiduría, la cual conduce a la calma, al conocimiento, a la perfecta iluminación, al nirvana”.

“¿Qué es el nirvana?”, quizás pregunte usted. “Es difícil encontrar una respuesta equivocada a esta pregunta —dice el historiador Will Durant—, pues el Maestro dejó oscuro este punto, y sus seguidores han dado al término todo significado bajo el Sol.” “El budismo no ofrece un concepto único —concuerda The Encyclopedia of Religion—, ya que varía con la cultura, el período histórico, el idioma, la escuela y hasta el individuo.” Un escritor lo llama “la ausencia absoluta de deseo, la infinidad perpetua del vacío, la tranquilidad eterna de la muerte sin renacer”. Otros, con respecto a su raíz sánscrita, que significa “extinguirse”, dicen que es como una llama que se apaga cuando se termina su combustible. Sea como fuere, el nirvana promete liberación.

El Buda resumió la necesidad de alcanzar liberación en las Cuatro Nobles Verdades: la vida es dolor y sufrimiento; ambos son causados por el ansia de existir y por la complacencia de los deseos; el proceder de la sabiduría es suprimir ese ansia; esto se logra siguiendo el Noble Sendero Óctuple, el cual estriba en ideas rectas, intención recta, palabra recta, acción recta, vida recta, esfuerzo recto, meditación recta y contemplación recta.

Se arraiga fuera, pero no en casa

Desde su mismo comienzo, el budismo halló una pronta respuesta. Un grupo de materialistas de aquella época —llamados los Charvakas— ya habían preparado el camino. Rechazaban los escritos sagrados hindúes, se burlaban de la idea de creer en Dios y renunciaban a la religión en general. Ejercieron una considerable influencia y ayudaron a crear lo que Durant llama “un vacío que casi hizo necesario que surgiera una nueva religión”. Este vacío, junto con “la decadencia intelectual de la vieja religión”, contribuyó a la aparición de los dos principales movimientos reformadores de la época: el budismo y el jainismo.

A mediados del tercer siglo antes de la era común, el rey Asoka, cuyo imperio abarcaba la mayor parte del subcontinente indio, contribuyó mucho a difundir el budismo. Fortaleció sus aspectos misionales enviando misioneros a Ceilán (Sri Lanka) y posiblemente también a otros países. Durante los primeros siglos de la era común, el budismo se extendió por toda China, desde donde pasó al Japón a través de Corea. Para los siglos sexto y séptimo de la era común, podía encontrarse en todo el este y sudeste de Asia. Actualmente hay más de trescientos millones de budistas en todo el mundo.

Aun antes de los días del rey Asoka, el budismo ya había empezado a propagarse. “Para finales del siglo cuarto antes de Cristo, se encontraron misioneros budistas en Atenas”, escribe E. M. Layman, quien añade que después de fundarse el cristianismo, los primeros misioneros cristianos se enfrentaron con la doctrina budista en todos los lugares adonde iban. Es más, cuando los misioneros católicos fueron por primera vez al Japón, se les confundió con una nueva secta budista. ¿Por qué?

Por lo visto, las dos religiones tenían muchas cosas en común, algunas de las cuales eran, según el historiador Durant, “la veneración de reliquias, el uso de agua santa, velas, incienso, el rosario, vestiduras clericales, una lengua muerta para los ritos litúrgicos, así como los monjes y las monjas, la tonsura y el celibato monásticos, la confesión, los días de ayuno, la canonización de santos, el purgatorio y las misas para los muertos”. Añade que “parece que todo esto se había manifestado primero en el budismo”. En realidad, se dice que el budismo “llevaba cinco siglos de adelanto a la iglesia católica en cuanto a idear y practicar todas las ceremonias y rituales comunes a ambas religiones”.

Al explicar cómo surgieron esas similitudes, Layman insinúa que tuvieron un origen común. Él escribe: “Para el tiempo de la era cristiana podían verse influencias paganas en los ritos religiosos budistas. Las influencias paganas también fueron responsables de las prácticas religiosas de la iglesia cristiana”.

A pesar del impacto mundial del budismo, no logró echar raíces en la India, su lugar de origen. Hoy día, menos del 1% de la población de la India es budista, mientras que el 83% es hindú. Se desconoce la razón, aunque tal vez sea debido a que, como consecuencia de su carácter tan tolerante, volvió a ser absorbido por el hinduismo, una forma de adoración más tradicional, o a que quizás los monjes budistas dejaron de pastorear a los legos. Sea como fuere, un factor importante fue la penetración del islam en la India. Esto condujo a la gobernación musulmana, bajo la cual muchas personas, en particular en la parte norte de la India, se convirtieron al islam. A finales del siglo trece, aproximadamente una cuarta parte de la población era musulmana. Al mismo tiempo, muchos budistas regresaban al hinduismo, al parecer porque lo encontraban mejor preparado para hacer frente a la irrupción musulmana. Haciendo honor a la tolerancia que lo caracteriza, el hinduismo los recibió de nuevo con los brazos abiertos, e incluso facilitó su regreso mediante proclamar dios al Buda, diciendo que era una encarnación de Visnú.

Los muchos rostros del Buda

“Los griegos hicieron las primeras imágenes del Buda”, escribe E. M. Layman. Los budistas afirman que no adoran a las estatuas, sino que solo son una ayuda para la devoción, y están concebidas con el propósito de mostrar respeto al gran Maestro. Algunas veces se representa al Buda de pie, pero casi siempre aparece sentado con las piernas cruzadas y las plantas de los pies hacia arriba. Cuando tiene una mano sobre la otra, está meditando; cuando la mano derecha esta alzada a la altura del mentón, está bendiciendo, y cuando el pulgar de la mano derecha se toca con el dedo índice o cuando ambas manos están unidas delante del pecho, está enseñando. La posición reclinada representa el momento de pasar al nirvana.

Tal como hay diferencias en sus diversas posturas, también las hay en su doctrina. Se dice que doscientos años después de su muerte, ya existían dieciocho diferentes versiones del budismo. Hoy día, veinticinco siglos después de la “iluminación” de Gautama, son muchas las interpretaciones budistas sobre cómo alcanzar el nirvana.

Erik Zürcher, de la universidad de Leiden (Países Bajos), explica que hay “tres corrientes básicas dentro del budismo, cada una con sus propias ideas doctrinales, prácticas de cultos, escritos sagrados y tradiciones iconográficas”. En la terminología budista, a estos movimientos se les denomina “vehículos”, porque son como transbordadores que transportan a la persona a través del río de la vida hasta que finalmente llega a la orilla de la liberación. En ese momento puede abandonarse el vehículo. El budista le dirá que el método de viajar —la clase de vehículo— no tiene importancia, pues lo que importa es llegar allí.

Los vehículos son los siguientes: el budismo theravada, al parecer muy vinculado a lo que predicó el Buda; se encuentra particularmente arraigado en Birmania, Sri Lanka, Laos, Tailandia y Kampuchea (antes, Camboya). El budismo mahayana, particularmente arraigado en China, Corea, Japón, Tíbet y Mongolia; es más liberal y ha acomodado sus enseñanzas para alcanzar a más personas, razón por la cual se le llama el Gran Vehículo, en contraste con el theravada, que es el Pequeño Vehículo. El budismo vajrayana, el Vehículo del Diamante, comúnmente conocido por el nombre de tantrismo o budismo esotérico; combina los rituales con la práctica del yoga y se supone que acelera el avance de la persona hacia el nirvana.

Estos tres movimientos están divididos en muchas escuelas, cada una de las cuales difiere en la interpretación de ciertos elementos básicos, pues con frecuencia dan especial atención a ciertas secciones de los escritos budistas. Y como, según Zürcher, dondequiera que fuese, “el budismo se veía más o menos influenciado por las creencias y prácticas de la localidad”, estas escuelas pronto dieron origen a muchas sectas locales. Como ocurre con la cristiandad, con sus miles de sectas y subdivisiones que causan confusión, el Buda, en un sentido figurado, tiene muchos rostros.

El budismo y la política

Al igual que el judaísmo y las religiones que profesan ser cristianas, el budismo no se ha limitado a sus actividades religiosas, sino que también ha cooperado en moldear el pensar y el comportamiento políticos. “La primera fusión de budismo y acción política tuvo lugar durante el reinado de Asoka”, dice el autor Jerrold Schecter. El activismo político del budismo continúa hasta nuestro día. A finales de 1987 se arrestó en la ciudad de Lhasa a 27 monjes budistas tibetanos por participar en manifestaciones contra los chinos. Por otro lado, la intervención del budismo en la guerra de Vietnam durante la década de los sesenta hizo que Schecter llegase a la siguiente conclusión: “La senda pacífica de la Vía Intermedia se ha deformado hasta convertirse en la nueva violencia de las manifestaciones callejeras. El budismo de Asia es una fe en llamas”.

Insatisfechas con las deplorables condiciones políticas, económicas, sociales y morales del mundo occidental, algunas personas acuden a las religiones orientales, entre ellas el budismo, en busca de explicaciones. Pero, ¿puede ofrecer respuestas “una fe en llamas”? Si usted aplica el criterio de Emerson de que “lo que determina el valor de una religión es la cantidad de cosas que puede explicar”.

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